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La Cantera (Santa Fe)

Estudios sobre los orígenes del peronismo - Murmis y Portantiero

Crecimiento industrial y alianza de clases en la Argentina (1930-1940)

1. Introducción

Durante la década del ‘30 tiene vigencia en la Argentina políticas y reagrupamientos de fuerzas sociales centrados en el intento de dar respuesta a ese hecho nuevo que es el acelerado crecimiento industrial y sus consecuencias sociales. El supuesto de nivel general es que todo proceso de industrialización por sustitución de importaciones, del mismo modo que plantea características diferentes a las de los modelos clásicos en la estructura económica, promueve también alternativas particulares en la dimensión sociopolítica, sea en el tipo de estratificación, en los reagrupamientos y alianzas de las clases propietarias, en la forma movilización de las clases no propietarias, en el papel del Estado y de los grupos políticos, etc.

Afirmar que el período abierto en 1930 representa una primera respuesta a ese proceso puede tener consecuencias tanto para el análisis de la Argentina como para la aplicación de modelos teóricos para el análisis de los procesos sociales durante el crecimiento industrial.

La teoría más habitual propone un presunto modelo clásico descriptivo:

Los propietarios agropecuarios: calificados como la "oligarquía" cuyo interés está en el mantenimiento de la tierra como fuente de ingresos y poder, con actitudes tradicionales y opuestas al fortalecimiento de nuevas actividades.

Los proletarios industriales: cuyo interés reside en el surgimiento de las nuevas actividades y en la conquista del poder político, rechazando las situaciones "feudales" improductivas.

En un primer paso retengamos de esta caracterización sólo la aceptación o el rechazo de las actividades industriales. Diversas modificaciones de este modelo simplificado aparecen en la literatura:

Se mantiene el modelo en cuanto a la identificación de las oposiciones de estos dos contendores; pero se supone que el sector industrial no tiene conciencia clara de sus intereses. Puede darse incluso, en el modelo, una discontinuidad en el sector industrial, pero la oposición básica de intereses y la línea de tendencia del desarrollo histórico se mantiene.

Otra versión mantiene al modelo en cuanto a la identificación de los contenedores y sus orientaciones, pero en este caso serían los terratenientes quienes, inadvertidamente, habrían favorecido al sector industrial. Parecería suponerse una coincidencia transitoria de intereses muy específicos tales como el control de cambios, pero una oposición de fondo.

Más nos alejamos del modelo clásico cuando, aun manteniendo la imagen del corte, se postulan ciertas discontinuidades dentro de cada uno de los sectores. Así, se admite que el sector terrateniente pasa ya a aceptar cierto tipo de industrialización limitada, liviana y dependiente y que en esa medida consigue aliarse con el sector más concentrado de los industriales, pero que subsisten dentro de los propietarios de industria grupos no monopolistas que aspiran a un desarrollo manufacturero independiente, con crecimiento de industrias de base y expandido en el mercado interno.

El alejamiento del modelo inicial es más neto cuando se postula que la oposición se ha redefinido, en cuanto a su contenido, en la forma en que el enfoque anterior señala, pero que tanto los terratenientes como los industriales en bloque se beneficias con el mantenimiento del desarrollo dependiente de la industrialización, no quedando ningún grupo de origen manufacturero enfrentando la oposición del bloque dominante. Se trata de una virtual fusión de intereses entre sectores terratenientes e industriales, solo enfrentados por la clase obrera.

Nuestro examen rechaza todas las versiones del modelo que se centran sobre una oposición más o menos expresa entre grandes terratenientes y burguesía industrial, incluyendo aquella según la cual no se daría una alianza sino una coincidencia coyuntural entre ambos grupos.

Con los enfoques c) y d) compartiríamos, en cambio, la imagen de una comunidad de intereses entre ambos sectores en esta etapa y también la suposición acerca de las limitaciones que presentaba su propuesta de industrialización. Nos acercaremos a d) en lo que se refiere la ausencia de un proyecto alternativo de industrialización más profundo dentro de las clases dominantes, pero diferimos de este en tanto señalaremos que, incluso ese proyecto limitado, no era percibido desde un comienzo como el proyecto hegemónico indiscutido de la clase dominante. El proceso no podría, por lo tanto, conceptualizarse como una fusión de intereses, sino de alianza entre fracciones de clase.

Encontraremos la oposición más decidida al proyecto de industrialización en un sector subordinado de los terratenientes y una clara expresión de esta actitud en la Unión Cívica Radical. Nuestra imagen es la de un proyecto que no es el indiscutido de la clase dominante. Su puesta en marcha y su posterior mantenimiento exige la constitución de alianzas entre sectores de la clase dominante. No se trata de una situación en que la clase dominante quiere comparar la pasividad de la clase dominada, sino de una situación en la cual la permanencia de uno u otro proyecto está aún en cuestión.

Lo que el análisis de esta década pone de manifiesto es que el apoyo a la industria no puede identificarse ingenuamente con la adopción simultánea de orientaciones sociales y políticas también "progresistas". El corte en cuanto al apoyo o rechazo de la industria no coincide necesariamente con el corte entre fuerzas representantes de un orden nuevo globalmente "progresista" y un viejo orden globalmente retardatario, sino que dentro de los partidarios de la industrialización se darán cortes fundamentales en cuanto a orientaciones sociopolíticas, introduciendo el concepto de alianza de clases, como condición para hacer posible el estudio de las relaciones de la fuerza en la sociedad y de la hegemonía en el Estado.

El caso argentino, a partir de los años 30´ nos servirá como ejemplo de configuración temprana de esta línea de alianza de clase. En lo que sigue trataremos de demostrar:
La existencia de un proceso de alianza de clases en la Argentina durante la década del 30´, y su contenido.

Las condiciones que los hicieron posible.

Los alcances y las limitaciones de esa alianza.

2. Las condiciones de la alianza de clases

Desde 1933 la industria argentina entra en una etapa de crecimiento durante la cual, de una situación postergada, se transformará, en un decenio, en sector líder de la economía. La originalidad del caso argentino consiste en que, precisamente a partir de 1930, quienes controlas en el aparato del Estado son, indiscutiblemente, las fuerzas conservadoras "oligarcas", tras el intervalo abierto en 1916 por el radicalismo y a ellas deben atribuirse, por lo tanto, las medidas y propuestas estatales que favorecieron, de hecho, el progreso de la industria. Esas fuerzas no variaron, por ello, su contenido de clase: siguieron siendo representativas de los hacendados más poderosos, tradicionales beneficiarios de la economía agro exportadora.

Una alternativa para esta constatación sería que las fuerzas conservadoras no hubiese podido resistir las presiones de una oposición marcadamente favorable a los cambios de dirección industrialista, pero como veremos en el trabajo, ello no ocurrió entre 1933 y 1943: durante esos años, ningún grupo social o político poderoso agitó un programa de crecimiento industrial más radical que el de la élite oficialista.

La consideración de estos hechos abre un interrogante acerca de si el crecimiento industrial fue concientemente impulsado por la elite conservadora o si se desarrolló a pesar de ella, como consecuencia no deseada de medidas que buscaban otro fin. Suponiendo la primera de estas dos alternativas cabe preguntarse cuál fue el contenido de la industrialización promovida, a fin de determinar si la misma afectaba de por sí a privilegios fundamentales de los propietarios terratenientes. En este caso se hubiera planteado una contradicción entre orientaciones de la élite política e intereses de la clase dominante, posibilidad que no parece corresponder al desarrollo real del proceso teniendo en cuanta que la única fuente de legitimidad para el poder político de esa élite estuvo en el consentimiento expreso de la "oligarquía" tradicional.

El núcleo de este trabajo tiende a presentar el supuesto de que no hubo en el período contradicción entre una orientación por crecimiento industrial expresada en el Estado, y los intereses de la fracción más poderosa de los terratenientes, aunque sí la hubo con los de un grupo subordinado de propietarios rurales.

La facción más poderosa dentro de la oligarquía mantuvo el control hegemónico dentro de una alianza de clases propietarias, en la que se incluían, por primera vez, los intereses de los grupos industriales. La posibilidad de esta articulación de intereses requería ciertas formas limitadas de industrialización y ellas fueron promovidas a través de una coherente política oficial que hizo crecer enormemente las esferas de la actividad del Estado en la estructura social. Se trata de un claro ejemplo de crecimiento a partir de la sustitución de importaciones. Su resultado será una economía industrial, pero "no integrada", basada en una industria liviana, productora de bienes de consumo no durables.
El proceso se basará en la expansión de una industria preexistente más que en un fomento deliberado de una diversificación que hubiera debido apoyarse sobre una coherente política de inversiones. Las transformaciones se operarán sólo en el sector industrial, manteniéndose inmodificada la estructura agraria, rasgo señalado como característico de la ISI.

Durante el período se intensificaron las inversiones extranjeras, especialmente norteamericanas, en actividades de transformación, lo que aseguró a grupos industriales locales una "protección" especial de sus intereses frente a eventuales medidas del gobierno que pudieran tender a drenar el proceso de crecimiento.

La crisis de 1929 marcará para la Argentina un cambio de rumbo trascendental en su situación económica, al afectar su privilegiado status de país agro exportador. El modelo dejará ya de tener vigencia frente a las respuestas proteccionistas que los países centrales pondrán en práctica como alternativa a la crisis. Un ciclo parecía concluido: el de la economía primaria exportadora como excluyente núcleo de la economía argentina. En medio de una crisis que iluminará crudamente la vulnerabilidad extrema de la Argentina frente al exterior, las élites tradicionales, que han recuperado el control de Estado, se ven favorecidas por la posibilidad de una limitada industrialización, en tanto el desarrollo de ciertas ramas de la manufactura es capaz de permitir un reajuste del sistema a los nuevos términos en que se plantea el comercio mundial.

La oposición principal que enfrentaba a agrarios e industriales alrededor de las políticas de libre cambio o de proteccionismo, pasa a tener una importancia secundaria para la fracción dominante de los terratenientes que no rechazará las medidas tendientes a controlar los importaciones, favoreciendo así el crecimiento de ciertas ramas de la manufactura. En un punto en el que anteriormente se ubicaba el centro del conflicto se establece una posibilidad de coincidencia.

El desarrollo más o menos sostenido de una nueva política sólo puede ubicarse hacia finales de 1933, con el ascenso al poder de un equipo político, encabezado por Federico Pinedo, que influirá decisivamente hasta 1943 y que prolongará su gravitación en los primeros actos del gobierno militar surgido del movimiento del 4 de junio.

Desde 1933 Federico Pinedo y Luis Duhau ocupan los ministerios de hacienda y de agricultura. Su gestión marcará las pautas iniciales para cambios en la política que el Estado propone a las clases dominantes y abrirá, específicamente, un período en el que habrán de articularse nuevas orientaciones. Para la definición de esta nueva política él flamante Pacto Roca-Runciman, suscripto por el gobierno argentino con el de Gran Bretaña en 1933, adquirirá una influencia determinante como nudo central: el sector agrario más poderoso definirá su nuevo ajuste frente a la irreversible situación creada por el Tratado de Ottawa, que firmaron Inglaterra y sus dominios. Esta nueva situación hará participar más al sector industrial, y hará que el papel del Estado sea, a la vez, más importante y también más complejo.

El convenio Roca-Runciman traía aparejado el predominio del grupo ganadero más privilegiado en la orientación de la economía argentina. Se trataba de la consolidación de la supremacía del grupo social que había sido desplazado del poder político en 1916. Esta situación suscitó grandes recelos en la Unión Industrial. El temor más serio derivaba de los compromisos acerca de rebaja de aranceles para la importación de manufacturas inglesas. En mayo del 33 la UIA advertía en un manifiesto sobre "una tendencia económica que sólo contempla los intereses agropecuarios". Un mes después organiza un acto público intentando ampliar las bases para un frente de defensa de la industria.

Hacia fines de 1933, un esbozo de política orgánica comienza a ser elaborado por el nuevo equipo económico que reemplazó a Hueyo. En diciembre se anuncia un Plan de Reestructuración Económica, el primero posterior al replanteo obligado por el Pacto Roca-Runciman. El mismo incluye, básicamente, el Control de Cambios, la creación de Juntas Reguladoras de la Producción y el Desarrollo de un plan de obras públicas. Las medidas propuestas motivan de la UIA "su más cordial apoyo".

El plan traía aparejada una devaluación del peso argentino, pero junto a esa medida se instrumentaba un control de las divisas para la importación. Aquí aparece clara una clara caracterización de la necesidad de la industria, a la que no se postula como enfrentada a la hegemonía "oligárquica". Durante todo el período que arranca a fines de 1933 y culmina con el derrocamiento de los conservadores diez años después, esta solidaridad de orientaciones entre los industriales y el Estado, sometido a la hegemonía del sector más privilegiado, se mantiene.

3. La diferenciación interna en el sector agropecuario y los grupos de oposición

Al menos hasta la segunda guerra mundial, no se producen fragmentaciones significativas en el seno de los industriales y que, en caso de hacerlas en germen, los industriales pequeños y medianos concentran tan poco poder económico y tan escasa fuerza de presión, que la hegemonía dentro del bloque industrial se mantiene, sin alteraciones, vinculados con el capital financiero nacional e internacional, cuya representación corporativa inviste la UIA.

En el sector agrario, el panorama es otro. Allí se produce una diferenciación o, más adecuadamente, se acentúan los términos de una división de interese ya anticipada en la década anterior. En 1927, los "invernadores" logran el control de la Sociedad Rural Argentina, rubricando institucionalmente lo que ya era un dato de la realidad económica: el predominio de sus intereses sobre los de otras capas ganaderas. A partir de ese momento, la subordinación de los "criadores" no hará más que acentuarse. La crisis y sus consecuencias para el comercio exterior argentino rubricadas en los Tratados de Ottawa y en el Pacto Roca-Runciman, gravarán todavía la diferenciación.

Los "invernadores", ligados al frigorífico y dependientes de la venta de "chilled" a Gran Bretaña, consiguen privilegios a través del pacto Roca-Runciman, que les asegura una cuota estable de exportación y los mantiene así integrados a su tradicional fuente de recursos. Pero este reajuste no se produce sin el brusco desplazamiento del grupo de los "criadores" que deben subordinarse totalmente a los acuerdos a que llegan los "invernadores" con los mercados tradicionales.

En lugar de la vieja divisa de los grandes hacendados ligados a Inglaterra que definirían los circuitos necesarios del comercio exterior argentina a partir del "comprar a quien nos compra", el grupo subordinado de los ganaderos levanta una alternativa: "vender a quien nos vende", poniendo el eje de sus objetivos en la ampliación del comercio a nuevos mercados, especialmente a los EE.UU., quien podía transformarse en el proveedor del consumo nacional de manufacturas.

En el juego de presiones económicas sobre el Estado los hacendados subordinados individualizan a los industriales como sus principales rivales, quienes "tienen en la metrópoli la suficiente fuerza para pensar en las decisiones del gobierno", provocando así el cierre de "los mercados extranjeros naturales y en potencia de la producción rural, a quienes no se les permitirá cobrar el precio de su trabajo, aunque fuera con artículos superfluos importados".

4. Agrarios e industriales frente al "Plan Pinedo"

Hacia fines de 1937, los índices de la economía argentina, que parecían indicar un restablecimiento del equilibrio en el nuevo nivel propuesto por la élite hegemónica, comenzaron a caer nuevamente. Las cosechas fueron excepcionalmente malas, los precios de los productos agropecuarios cayeron y las exportaciones bajaron un 44%. En 1938 la balanza de pagos en cuenta corriente arrojó un déficit de 379 millones de pesos: las condiciones de la crisis parecían volver a repetirse. La respuesta elaborada entonces por la élite puede servir como un nuevo indicador del sentido de su estrategia.

Por un lado se devalúa nuevamente el peso y la actitud se encuadra absolutamente dentro de los marcos de una orientación estrechamente "agro exportadora". Pero además se establece por primera vez el requisito de cambio previo para las importaciones. Esta expresa restricción cuantitativa a las importaciones significaba el paso más decidido dado por la élite dentro de una estrategia proteccionista. Para algunos autores, la agudización del sistema de control de cambios a fines de 1938 "representa la supresión de los últimos vestigios del comercio libre".

Salvar la industria, entonces, supone contribuir a mantener el sistema. Este carácter permisivo con que la élite ampara el crecimiento industrial, sin poner en discusión el control del proceso, es la base objetiva de la alianza en la que se integra una clase industrial que no reclama más que su supervivencia.

Tras una apreciable disminución del déficit en 1939, el año 40 se presentaba otra vez particularmente difícil por el cierre de los mercados europeos a las exportaciones argentinas, derivado de la guerra. En esas condiciones el Ministerio de Hacienda elabora un Plan de Reactivación Económica. Desde septiembre de ese año, Federico Pinedo, redactor del proyecto, ocupaba otra vez el ministerio. El plan articulaba una serie de medidas para superar la recesión, contenía disposiciones para la defensa del sector industrial.

El objetivo del plan era mantener a un nivel satisfactorio la actividad económica. Su punto de partida era la compra por el Estado de los excedentes agrícolas que no podían colocarse, medida reclamada unánimemente por las organizaciones de los propietarios rurales.

Aquí vuelve a resumirse con suma precisión el sentido de una política, que manteniéndose dentro de los marcos hegemónicos de la "oligarquía" tradicional convocaba a una ampliación de sus límites para permitir la incorporación de la industria. El "Plan Pinedo" , intentando legislar sobre todo aquello que el grupo representativo de los industriales reclamaba sin haber sido oído, aparece como el mejor testimonio de ese procedimiento de movilización de la manufactura bajo control de la élite tradicional que se produce entre 1933 y 1943. Este plan, que incluía las reivindicaciones largamente reclamadas por los industriales, significaba en realidad un lúcido intento de reforzamiento de la hegemonía "oligárquica".

La Sociedad Rural Argentina, por su parte, no rechaza el plan, pero considera necesario reafirmar la premisa de que "la prosperidad de nuestro país está supeditada a la marcha de los negocios agropecuarios". Lo principal, entonces, para la SRA, es la compra de las cosechas.

Frente a la alianza entre los ganaderos privilegiados y los industriales, cuyos intereses el Estado intenta amortizar, la alternativa que parece promover la UCR es la de una alianza en la que participen los grupos agrarios subordinados y las capas medias urbanas no ligadas a la industria. Así, el eje central de las críticas de la UCR al plan Pinedo está centrado en lo que éste tiene de proteccionista.

5. El papel del Estado: alianza de clases y hegemonía

Uno de los rasgos salientes de la etapa es el crecimiento de los roles asumidos por el Estado en la estructura social. El Estado pasará a ser expresión de la creciente complejidad de las relaciones económicas, reflejando así la diferente articulación de la estructura de ésas, a partir del crecimiento de la industria.

La homogeneidad de la antigua estructura de poder tiende a quebrarse después del 30, arrastrada por las modificaciones que el equilibrio del sistema requiere en el nivel de la estructura económica, como consecuencia de la crisis. El Estado se realiza así como equilibrador dentro de un bloque de poder más complejo; como moderador de una alianza objetivamente estructurada alrededor de los intereses comunes de distintas clases.

Este factor constitutivo de una orientación "universalista" que sintetiza tendencias parciales, es el Estado, controlado por la élite política tradicional que sustituye el yrigoyenismo.

Los mecanismos de esa proyección "universalista" que puede soldar el bloque de poder operan en dos dimensiones: en primer lugar, a través de la instrumentalización de políticas de corto plazo, reservadas a la iniciativa directa del Poder Ejecutivo y cuya dirección es hacia la viabilización de cierto crecimiento industrial, en tanto acentúa barreras de tipo proteccionista. En segundo lugar, por medio del intento de implementar políticas de largo plazo, más integrales (como el Plan Pinedo y sus antecedentes) que necesitan el complicado apoyo legislativo.

1. Heterogeneidad obrera y nacionalismo popular

Los llamados movimientos nacional-populares de América Latina, particularmente en sus subtipos "peronista" y "varguista" -cuya ideología según el modelo europeo suele ser calificada como "fascista"- obtienen el apoyo de vastos sectores de obreros industriales, siendo que esa adhesión no resultaría compatible con el modelo clásico de orientaciones de la clase obrera movilizada.

El punto de partida de ese modelo clásico de actitudes obreras está dado por una proposición según la cual la orientación propia de los trabajadores industriales debe conducir al apoyo a movimientos inspirados en postulados de clase. El apoyo obrero al populismo, frecuente en los países dependientes y periféricos, aparecía así como una desviación de ese modelo. Un modo típico de integrar conceptualmente el apoyo obrero a los movimientos nacional-populares con la teoría clásica de las orientaciones obreras consiste en postular, para aquellos países que se industrializaron tardíamente, la existencia de un corte interno en la clase obrera, originado en los diferentes momentos de integración de los trabajadores a la industria.

Las conductas ajustadas al modelo se atribuyen entonces al sector de trabajadores "viejos" (aquellos que propiamente deben ser considerados como obreros) y las orientaciones desviadas a sectores que de algún modo no serían plenamente obreros. El primer grupo estaría constituido por aquellos trabajadores de origen europeo formados a través de una larga experiencia dentro de la disciplina del trabajo industrial, y el segundo, en cambio, por los obreros más recientes, "nuevos" no sólo para el ámbito de la empresa industrial sino también para la vida urbana, ya que se trataría de migrantes provenientes de las zonas campesinas más atrasadas.

Esta discusión teórica entre "nueva" y "vieja" clase obrera de los países recientemente industrializados se vincula más genéricamente con una conceptualización que propone encontrar las bases sociales del "autoritarismo" y del "totalitarismo" en estratos y clases que, según la etapa del proceso de industrialización en que se hallen las sociedades a las que pertenecen, se transforman en masas "desplazadas" y por lo tanto "disponibles" para su manipulación por una élite.

En el caso del fascismo europeo se acepta que ese sector estuvo constituido por la baja clase media. El "autoritarismo" de los movimientos populistas latinoamericanos, concretamente del "peronismo" y del "varguismo", sería función del proceso de rápida industrialización posterior a 1930, el que tiene lugar "mientras las clases trabajadoras están relativamente mal organizadas en sindicatos y partidos y en las poblaciones rurales existen todavía reductos de conservadorismo tradicional".

A partir de estos supuestos, la explicación de las relaciones entre movimientos populistas y clase obrera será especificada, entonces como relación entre "totalitarismo" y nueva clase obrera.
Los comportamientos de los "viejos" obreros incorporados a la fábrica durante la primera etapa de crecimiento industrial, y su relación con la génesis de los movimientos nacional-populares o es relegada como punto de interés teórico o es conceptualizada explícitamente como opuesta al populismo, cuyo surgimiento queda explicado, por añadidura, como manifestación del trabajo de los "viejos" en sus tentativas de integrar a los "nuevos" en sus orientaciones y en sus estructuras organizacionales.

Estos nuevos obreros, verdaderos y únicos protagonistas del apoyo de masas al populismo, poseían una serie de características distintivas que separarían radicalmente sus orientaciones de las de los obreros "viejos". En primer lugar se trataría de masas populares atraídas más por la vida urbana que por el trabajo industrial, de modo que sus experiencias estarían preferentemente impregnadas por los valores de movilidad ascendente incluidos en su desplazamiento del campo a la ciudad, y no por las notas típicas de la "condición obrera" estructurada a partir del ingreso a la fábrica. Sobre esta base se diseñarían los siguientes rasgos distintivos:

· predominio de un sistema de valores orientado hacia la búsqueda individual de ventajas económicas
· sentimiento de pertenencia a un grupo primario, en lugar de solidaridad de clase conducida por principios "ideológicos"
· conciencia social en términos de "pobres" y no de clases

Esta orientación normativa, como indicadora de una fractura en el interior de la clase obrera definida en términos socioculturales pero estructurada a partir de características situacionales diversas, llega a tener una importancia decisiva para el análisis de las actitudes políticas, en tanto se traduce luego en una separación organizacional entre obreros "viejos" y "nuevos", que no participan de organizaciones comunes, y convierte a los "nuevos" en "masas disponibles" cuya existencia da lugar a la formación de movimientos populistas que las canalizan.

Uno de los puntos centrales para la distinción entre "viejos" y "nuevos" es la dicotomía entre tendencias a la acción autónoma y tendencias a la acción heterónoma (nuevos = casos de manipulación de masas pasivas o heterónomas). La base fundamental para la participación de esas masas en el movimiento populista es la satisfacción de tipo emotivo. Se admite a veces que también intereses o proyectos individuales pueden desempeñar un papel en la adhesión de los obreros "nuevos" al movimiento, pero esos intereses son definidos como inmediatos.

Este énfasis puesto en el corte de los obreros "viejos" y "nuevos" como condición del populismo, no aparece solamente en la literatura más estrictamente sociológica, sino también en la literatura sociopolítica argentina dedicada al tema del peronismo. Aún cuando el punto de partida sea el mismo, las consecuencias que se atribuyen al proceso difieren substancialmente. El punto clave de esta otra argumentación sigue siendo la distinción entre obreros "viejos" y "nuevos", pero los separa rotundamente de la literatura académica la valoración explícita que efectúan acerca de las características de dicho enfrentamiento. En este modelo los "nuevos" son quienes más capacitados están para romper con el inmovilismo y la ligazón con intereses inmediatos propia de los "viejos".

Estas referencias al peso que la literatura política le otorga a los nuevos obreros en la configuración del peronismo, en coincidencia con otros análisis enmarcados dentro de la teoría sociológica tienen la intención de ejemplificar como el papel privilegiado de los migrantes del interior parece ya un dato de sentido común para todo análisis. A partid de esta percepción generalizada nuestro objetivo será poner en duda los supuestos que parecen más obvios como explicación eficiente del proceso de configuración de un movimiento nacional popular en las condiciones propias de la Argentina al promediar la década del 40.

El nivel de las orientaciones

El punto de mayor coincidencia entre ambos enfoques se da en el nivel de las orientaciones que se atribuyen globalmente a los obreros viejos por contraste con las que se adjudican a los nuevos:

Los viejos tendrían definido un marco normativo estable, dentro del cual se encontrarían en condiciones de definir intereses específicos propios y de buscar formas organizativas adecuadas. Sus conductas serán definidas en términos del modelo clásico de orientaciones obreras. Los nuevos serían incapaces de desarrollar un programa propio de reivindicaciones que incluya reclamos de autonomía, así como una programación de metas. La heteronomía y la inmediatez derivadas de la urgencia de un soporte integrador totalizante y del nivel emotivo, junto con la carencia de un marco normativo referencial sólo dejarían abierto el camino de la pasividad.

El populismo se define así a partir de la situación de desplazamiento en que llegan a encontrarse grandes contingentes humanos, lo que los transforma en masas manipulables.

Es necesario destacar una diferencia entre los dos modelos: en el caso Argentino los obreros carecían de ese marco normativo por su situación de cambio reciente, y se supone que tal situación crea una tensión generalizada que los lleva a buscar una oportunidad de adhesión; el otro modelo, ejemplificando a partir del caso brasileño, enfatiza en lugar del estado de anomia, una continuidad de los valores tradicionales que orientan la conducta de los nuevos, lo que los impulsa a buscar una integración con la sociedad y con el poder a través de lazos de tipo primario.

El nivel de la situación

Cuando pasamos al nivel de las condiciones objetivas nos encontramos con que el cambio de situación es caracterizado mediante la utilización de tres dimensiones: trabajo, consumo y participación política.

Relación con el trabajo industrial: coincidencia entre ambos enfoques. Uno y otro enfoque parecen suponer diferencias entre viejos y nuevos en varios niveles:

· en términos de calificación, conceptuando a los nuevos como menos calificados
· en términos de pertenencia a uno u otro sistema de trabajo industrial, lo que daría un tipo de experiencia obrera productiva distinta. El trabajo de los viejos no estaba lejos del típico del productor artesanal, mientras que los nuevos tendrían experiencia sólo en la etapa de especialización. En los viejos se ve una la vigencia de una más fuerte tradición en cuanto a intentos de controlar las propias condiciones; tendencias hacia una mayor autonomía.
· en términos de volumen de experiencia (tiempo de vinculación con el trabajo industrial)
· en términos de tipo de trabajo desempeñado por el obrero antes de su ingreso a la industria.
· en términos de estabilidad en el trabajo.

Relación con el consumo y con la vida urbana: la entrada en el mercado de los nuevos se haría en un momento en que se encuentra más desarrollado el consumo de masas. La experiencia de los viejos en ese aspecto habría sido la de su segregación como consumidores. La distinción operaría centralmente para la formación de una "conciencia de movilidad" distinta: los nuevos percibirían una posibilidad de ascenso social ligada a estructuras ajenas (el Estado, por ejemplo) y los viejos vincularían mucho más la posibilidad del ascenso a sus propias luchas.

Relación con el sistema político: este es un punto central y sobre él la literatura teórica suele discriminar dos situaciones:

Una versión sostiene que los decisivo en ese área para operar un refuerzo del corte entre viejos y nuevos es que el ingreso de estos últimos a la vida urbana se produce sin que reciban ningún tipo de convocatoria política desde el Estado. Por lo tanto, las organizaciones donde se agrupan los obreros no asimilan a los nuevos, quedando estos como masas disponibles susceptibles de ser manipuladas.

Otra versión sostiene que lo decisivo para el corte es un proceso de signo opuesto: los nuevos entran a la vida urbana en un momento de "intervencionismo social" y de expansión de los consumos, lo que favorece una pronta canalización hacia formas de participación subordinadas, que no son aceptadas por los viejos. Ya no se trata de inexistencia de canales, sino de que éstos formas parte del Estado, por lo que la autonomía obrera desaparece.

Las distinciones analíticamente resumidas suponen in mente a dos procesos históricos concretos: el peronismo y el varguismo, sólo diferenciables en cuanto a que en la Argentina se dio la presencia de un momento inicial, cuyos rasgos hicieron que el "estado de disponibilidad" en que habrían de entrar posteriormente las masas obreras pueda ser definido como producto de una falta de coincidencia previa entre movilización e intervencionismo social.

¿Hasta qué punto la existencia o no de ese momento inicial cambia el carácter de la relación que habrá de establecerse entre el movimiento obrero y populismo?

Las hipótesis que manejaremos nos inducen a pensar que la presencia de un período previo de asincronía entre desarrollo económico y participación resulta decisiva para la apreciación de los rasgos específicos que asumirán algunos movimientos populistas, en especial el peronismo, tal cual lo discutiremos en la segunda parte del trabajo.

2. Clase obrera y sindicatos en la génesis del peronismo

Al analizar los orígenes del peronismo, el primer rasgo distintivo que aparece es la importancia que el Sindicalismo tiene en él como factor constituyente. Al minimizar el papel jugado por la organización sindical, se la ha quitado de hecho al peronismo el elemento más nítido de especificación dentro del conjunto de los movimientos populistas. Nuestra intención es contrastar las hipótesis habituales, a partir de un intento de particularización de aquél dato que marcábamos como peculiar para los orígenes del peronismo: la importancia que el sindicalismo organizado adquiere durante su proceso de gestación. Este punto de partida supondrá subrayar la importancia relativa de las organizaciones gremiales en la Argentina a comienzos de la década del 40 y, en segundo lugar, determinar hasta qué punto se dio entre nosotros entre 1943 y 1946 un proceso de crecimiento en los sindicatos como para suponer que en ese período de gestación se produjera una ruptura entre tradiciones ideológicas, organizaciones y dirigentes capaz de explicar al populismo como resultado de un corte interno en la clase trabajadora.

Nuestra conclusión es que en el proceso de génesis del peronismo tuvieron una intensa participación dirigentes y organizaciones gremiales viejas, participación que llegó a ser fundamentalmente a nivel de los sindicatos y de la Confederación General del Trabajo y muy importante en el Partido Laborista. Este acento en la actividad de los dirigentes no supone en absoluto descartar el papel jugado por los obreros recién incorporados, sino relativizarlo en favor de una aproximación alternativa al problema de la participación obrera en el peronismo que, más que subrayar la división de la clase obrera, toma como punto de partida su opuesto: la unidad de la misma, como sector social sometido a un proceso de acumulación capitalista sin distribución del ingreso, durante el proceso de industrialización bajo control conservador que tiene lugar durante la década del 30.

La fuerza sindical antes del peronismo

La tendencia general se orienta hacia minimizar el rol de los sindicatos en el período previo y a subrayar el vertiginoso crecimiento organizativo bajo el aparato del Estado. La experiencia argentina entre 1940 y 1946 no parece confirmar esa imagen. Las cifras de crecimiento a partir de 1941 nos indican que, en líneas generales, el apoyo gremial al populismo fue instrumentado por una estructura sindical en lo esencial preexistente, sin que pueda hablarse de una discontinuidad marcada con el pasado inmediato. Los sindicatos de ramas industriales son los que más crecen, desplazando a los correspondientes a servicios que eran los más numerosos a principios de la década.

Características del sindicalismo peronista

Todos los análisis coinciden en señalar al año 1943 como un momento de ruptura, como el punto en el cual finaliza la etapa del sindicalismo tradicional, minoritario, orientado hacia posiciones izquierdistas y más basado en el oficio que en la industria y nace el sindicalismo de masas, ligado al aparato del Estado, generando a través de un proceso de disolución de toda la experiencia pasada.

Sin embargo, esa discontinuidad recién tomará forma en 1947. La diferencia de 4 años que establecemos con la fecha habitual no es secundaria sino significativa a los efectos de evaluar el peso que el sindicalismo tradicional adquirió en los orígenes del peronismo y aun el impacto que esta influencia inicial tuvo sobre todo el proceso de participación obrera en el nacionalismo popular, durante el paso de este por el gobierno y después de su derrocamiento.

Entre 1930 y 1935, la capacidad negociadora del sindicalismo se vio duramente golpeada por la doble incidencia de las políticas que el capitalismo posee para disciplinar la fuerza de trabajo: una alta tasa de desempleo y otra también alte de represión. Hacia 1935 esa situación empieza a cambiar. El ritmo de la ocupación creció de manera sostenida y la capacidad negociadora del sindicalismo se robusteció. La primera consecuencia de estos cambios fue una modificación en la dirección de la CGT, producto de una crisis. Hacia 1940 la situación del sindicalismo desde el punto de vista de las tendencias predominantes, era la siguiente:

· La CGT, que abarcaba a la mayoría de los trabajadores sindicalizados, en cuya dirección participaban socialistas, comunistas y sindicalistas;
· La USA, liderada por los dirigentes sindicalistas;
· Sindicatos autónomos, también de orientación sindicalista

Las luchas obreras en el período previo al peronismo

En abril del 43 el Departamento Nacional de Trabajo reconocía, en un informe elevado al Ministerio del Interior, que la situación del obrero se había deteriorado pese al auge industrial. Como hemos señalado, la explotación de la fuerza de trabajo estaba acompañada por un aumento constante del nivel de ocupación que se acentúa en el período inmediatamente anterior al cambio de gobierno en 1943. La coincidencia de ambos factores, crecido monto de reivindicaciones gremiales y alta tasa de ocupación, reforzó las posibilidades de acción sindical, lo que se manifestó en el crecimiento sostenido de las organizaciones gremiales y en su capacidad de movilización.

El golpe militar de junio de 1943 encuentra, pues, a una clase trabajadora que, pese a haber intensificado la movilización en defensa de intereses propios, no ha resuelto a su favor las reivindicaciones planteadas.

La orientación del sindicato en los orígenes del peronismo

Institucionalmente, en 1943 la CGT se hallaba nuevamente dividida en dos sectores. Por un lado, la CGT N° 1 que, aunque encabezada por un afiliado socialista, José Domenech, secretario del aUF, buscaba la máxima independencia de la CGT con respecto a los partidos políticos. Por el otro, la CGT N° 2, integrada por los gremios dirigidos por aquellos afiliados socialistas más integrados a la estructura partidaria (Leirós) y por los sindicatos orientados por los comunistas.

El 29 de julio de 1943, la sede de la CGT N° 2 es clausurada por el gobierno La CGT N° 1 habrá de recibir un duro golpe al ser intervenidas, el 24 de agosto, la UY y La Fraternidad. En septiembre del ‘43 los sindicalistas no intervenidos de la CGT N° 1 deciden continuar con la organización. El 27 de octubre Perón es designado Director del Departamento Nacional del Trabajo. A partir de ese momento habría de iniciarse una nueva etapa en las relaciones entre sindicalismo y Estado: se abría el proceso de orígenes del peronismo que, en el plano gremial, se centraría básicamente en las organizaciones que constituyeron la CGT N° 1 y la USA.

Si recién a fines de 1943 el grupo que rodea a Perón comienza a estructurar una estrategia tendiente a lograr un pacto con el sindicalismo, la primera prueba pública acerca de los avances realizados en esa dirección tendrá lugar en julio de 1945. El 16 de junio varias organizaciones patronales dan a conocer un manifiesto llamado "de las Fuerzas Vivas" en protesta contra la política social del gobierno. Cuatro días después comienzan las reacciones sindicales. La movilización obrera a favor de la política estatal y en contra de la actitud de las organizaciones patronales culminó en un mitin callejero el 12 de julio. El lema de la concentración era "en defensa de las mejoras obtenidas por los trabajadores por intermedio de la Secretaría de Trabajo y Previsión".

En todo este proceso -que culminará con los sucesos de octubre de 1945 y con la fundación del Partido Laborista- el punto central sobre el que converge la actividad sindical es el reclamo de participación obrera en las decisiones políticas. La CGT, la USA y los sindicatos autónomos se movilizaron para obtener el derecho de ejercer actividades políticas, lo que obtuvieron a principios de octubre de 1945, a través de la ley 23.852, que establecía como derecho a las organizaciones gremiales el de "participar circunstancialmente en actividades políticas".

Desde el punto de vista organizativo, esta voluntad encontrará su expresión hacia fines de octubre en la fundación del Partido Laborista, percibido por la mayoría de los dirigentes gremiales como la realización de sus reclamos de autonomía en el nivel político.

El esquema organizativo del PL -cuya influencia en la victoria electoral de Perón en febrero de 1946 fue decisiva- trataba de articular la participación autónoma de los sindicatos en la esfera política. De acuerdo con su Carta Orgánica, el PL estaría integrado por:
· sindicatos
· agrupaciones gremiales
· centros políticos
· afiliados individuales. Se colocaba como cláusula expresa que no se aceptaría "el ingreso de personas de ideas reaccionarias o totalitarias ni de integrantes de la oligarquía"
·
El programa del partido era nacionalista-democrático en política y economía, y claramente distribucionista en materia social. Antes de proponer una alianza con otros sectores sociales, el PL era, en sí mismo, el producto de un pacto entre viejos y nuevos dirigentes, aunque con predominio de los primeros, determinado por el mero hecho del mantenimiento de la influencia decisiva de las estructuras sindicales anteriores a 1943.

3. El desarrollo industrial y orientaciones obreras

Los datos presentados hasta ahora, referidos a la situación del movimiento obrero en el período previo al peronismo nos han permitido poner en duda el peso habitualmente atribuido a la distinción entre obreros viejos y obreros nuevos como variable independiente que explica el desarrollo de todo movimiento nacional-popular en sociedades capitalistas dependientes, cuando en éstas tiene lugar un proceso de industrialización.

En Argentina resulta claro que el corte en el interior de la clase obrera es insuficiente para remitir a él como explicación de su surgimiento.

En tanto el predominio de trabajadores y organizaciones nuevas sobre tradicionales, aparece, en las teorías que hemos reseñado en la primera parte de este trabajo, como condición necesaria para la génesis del populismo, y dado que las características que tuvieron los participantes en el peronismo no coinciden con las postuladas por la teoría, ella expresará condiciones suficientes pero no necesarias para el surgimiento de experiencias políticas nacionalistas populares. Esa es nuestra hipótesis.

La teoría que describe a las conductas obreras en el populismo como absolutamente heterónomas y manipuladas no se aplicaría exactamente en aquellas situaciones en las que, a la estructuración política del movimiento y a su ascenso al poder, antecede un momento inicial en el proceso de industrialización en el que tiene lugar un intenso ritmo de acumulación capitalista, sin la vigencia simultánea de políticas distribucionistas que puedan operar una integración rápida de la clase obrera en el sistema.

Para le caso del peronismo creemos poder hablar de una situación en la cual, desde el punto de vista de las conductas obreras, el corte con le modelo no es radical, aunque la alianza de clases en que habrá de expresarse ese comportamiento se acerque más a los modelos elaborados por la sociología política para expresar la participación popular en sociedades de industrialización tardía.

La similitud con el modelo clásico estará dada por la presencia en ambos casos de un momento inicial en el que el crecimiento capitalista se realiza sobre la base un aumento de la explotación de la mano de obra y de una sistemática marginación de las decisiones políticas, lo que provoca un montón crecido de reivindicaciones particulares.

La diferencia habrá que buscarla en el hecho de que la búsqueda de participación obrera se cruzó con fragmentaciones y reagrupamientos en el interior de las clases propietarias y de los grupos que tendían a representarlas, de modo tal que la alternativa para una alianza interclases se abrió rápidamente. Las formas en que se produjo el crecimiento industrial en Argentina trajeron como consecuencia el desarrollo de fuerzas internas no obreras, marginadas también por el sistema de dominación, cuya presencia obligó a cambiar el plano de las coaliciones clásicas y a desplazar momentáneamente el eje de las contradicciones sociales, de una situación de enfrentamiento directo entre trabajadores y propietarios de los medios de producción a un realineamiento de fuerzas que cobró verticalmente a la sociedad y que cristalizó en nuevas formas de alianza de clases, elaboradas a partir de la coincidencia de un proyecto más amplio de política nacional, proyecto que supondría cambios en el sistema.

Nos interesa resumir las consecuencias sociales más importantes de los rasgos que asumió ese proceso de movilización de la manufactura bajo control conservador, como suma de condiciones que permitirán conceptualizar luego al peronismo como nueva forma de alianza de clases que implica, a su vez, el nacimiento de una nueva política:
· En primer lugar la caracterización del bloque de poder previo al peronismo no como oligárquico tradicional "puro" sino como resultado de una alianza entre el sector -el más privilegiado- de la oligarquía ganadera y los propietarios industriales, éstos en una primera etapa escasamente diferenciados internamente;
· La fragmentación que se opera, en cambio, en el sector de propietarios agrarios, de especial significación en el nivel de la política, ya que las orientaciones de los ganaderos desplazados -antiindustrialistas- habrán de gobernar el tono ideológico de los principales partidos de oposición, la UCR y el Partido Demócrata Progresista;
· El crecimiento de la mano de obra ocupada en la industria ("nuevo" proletariado) y el crecimiento de la organización sindical;
· El desarrollo de una capa poderosa de industrias subsidiarias y de mantenimiento, cuyos propietarios se enriquecieron velozmente al amparo del "proteccionismo automático". Si en una primera etapa la sustitución de importaciones se basó en las nuevas empresas o en la ampliación y transformación de las plantas que muchas ya poseían, en una segunda etapa la industrialización sustitutiva se completa a través de estos nuevos industriales que proliferan a partir de la circunstancia excepcional de la guerra, pero que requieren que el Estado siga protegiéndolos una vez finalizada ésta;
· El crecimiento de las funciones del Estado en el área económica, así como la asunción de un papel equilibrador de los intereses particulares de las clases que constituían la alianza de Poder, lo que tendía a acentuar su autonomía relativa.
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