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La Cantera (Santa Fe)

EL RUSO KARAKACHOFF (1939 - 1976) SEMBLANZA DE UN MILITANTE

EL RUSO KARAKACHOFF (1939 - 1976)    SEMBLANZA DE UN MILITANTE Las palabras de FEDERICO STORANI publicadas en septiembre de 1976 en el periódico "En Lucha" reflejan lo que sentimos por "EL RUSO", por eso las tomamos como nuestras para rendirle homenaje.

Cuando se pretende hacer la semblanza de una personalidad, generalmente se recurre a un gran acopio de datos biográficos, plagados de fechas y lugares comunes, que transmiten abrumadamente la imagen de una vida intensa pero no su contenido profundo. Cuando se trata de una personalidad política y más que eso, de un militante revolucionario, es deber de los revolucionarios ser fieles custodios del contenido de sus ideas y divisores de su pensamiento.Es difícil calcular matemáticamente cuánto más de esfuerzo y sacrificio se requiere para ser militante y permanecer en la sociedad que se quiere mejorar, humanizar. Pero mucho más difícil es imaginar a un timorato oportunista y entregado a vivir feliz y con la conciencia tranquila mientras la Patria está sometida. De este simple razonamiento nace el compromiso de los hombres de buena voluntad de los cuales este país, felizmente, tiene grandes reservas. Nuestro compañero Sergio Karakachoff desde siempre sintió este compromiso y lo asumió totalmente. Para ello puso al servicio de la causa de los desposeídos y la liberación de la Patria sus mejores armas: su aguda inteligencia y una férrea voluntad militante. Quienes militamos a su lado sabemos que con la palabra, el gesto o la sonrisa, tenía el don de llegar a lo más profundo, de captar el contenido del pensamiento y de elaborar vertiginosamente una respuesta. En otra persona, quizás estas virtudes se hubiesen perdido o agotado en la experiencia personal, pero en él sirvió para transmitirlos, dejando permanentes enseñanzas a quiénes lo rodeábamos. Porque Sergio, al entender cabalmente nuestra ideología, entendía perfectamente la necesidad de nuestra organización, de la discusión colectiva, y aportaba todo de sí para mejorarla y enriquecería. Era un compañero orgánico y disciplinado que, a pesar de estar en los niveles de dirección, mantenía la frescura de los primeros pasos. Esta actitud le permitió ganarse el respeto de todos y poseer una capacidad creativa indispensable para una organización como la nuestra. Como todo militante cumplió distintas etapas que, en caso particular, están signadas por una nota común: en todas ellas se destacó por su gran madurez de razonamiento. En la universidad y en el radicalismo dejó huellas por las cuales se puede transitar con claridad. Frecuentemente se mide a los hombres a su muerte por el dolor que causa su desaparición entre los allegados, amigos y familiares. Queremos, en este caso, dejar de lado el profundo sentimiento de quiénes lo conocieron o estuvieron a su lado con los suyos -lo que es obvio- y mantener la imagen que nos da la verdadera talla de nuestro compañero: el respeto de sus adversarios y el temor de sus enemigos. Una vida comprometida necesariamente implica la permanente toma de posiciones: o se lucha por una educación al servicio del pueblo y sus necesidades o se avala la educación, supuestamente neutra, elitista y aristocratizante, o se trabaja por un radicalismo militante que de respuestas a las aspiraciones del pueblo o se lo deja morir lentamente sabiendo que con él se muere una posibilidad real de aportar en la lucha por la liberación de la Patria. En la Universidad o en el Partido estas definiciones tuvieron en Sergio a un abanderado, no a un crítico meramente reflexivo sino a una voz sonora, clara y arriesgada, que impone respeto entre sus adversarios y temor entre sus enemigos..... los enemigos del pueblo. En su vida privada y profesional también fue un ejemplo - como no podía ser de otra manera - porque los revolucionarios no dividen su vida en partes. Fue un fiel defensor de los derechos humanos en cada ocasión que le tocó actuar como ahogado, prefiriendo arriesgar su seguridad personal antes que violentar su conciencia. Compañeros: para un militante no hay nada que produzca mayor satisfacción que tener conciencia de por qué y para qué se lucha Esta conciencia es la que renueva las fuerzas y da voluntad para seguir. Sergio Karakachoff sabía para qué vivía y también sabía para qué moría. Este no es un simple consuelo; es la reafirmación de que vale la pena correr el riesgo cuando hay un profundo convencimiento. Su vida ejemplar como militante del radicalismo es la que debe perdurar en nuestra memoria. Su voz en las asambleas, su palabra en las reuniones es la que seguirá oyendo mientras viva un militante de la Juventud Radical. Ya hemos asumido un compromiso militante; la muerte de Sergio lo fortalece y renueva. Si él viviera nos diría como el poeta: ... ten el tesón del clavo enmohecido que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo, no la cobarde intrepidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido Compañeros: se ha producido el primer "ruido", no debemos bajar los brazos.

BIOGRAFIA Y ALGUNAS ANECDOTAS

Una de las características del Siglo XX, para la historia de nuestro país, ha sido la sucesión de golpes militares destinados a interrumpir procesos democráticos, con su perverso efecto de proscripciones, ilegalidad, corrupción, violencia, tortura, secuestros, muertes.

Uno de los golpes militares que más consternó a toda una generación, fue el de 1966 que derrocó a Arturo Umberto Illia del poder constitucional, cuyas sobradas muestras de austeridad, modestia, libertades públicas y eficacia han sido revalorizadas incluso por los más acérrimos detractores. Sergio Karakachoff que había nacido el 27 de Junio de 1939, en La Plata, Provincia de Buenos Aires, fue uno de los que, con mayor visión asumió el problema: recuperar el espacio popular que la democracia debía como respuesta.

Su fuerte convicción y militancia, lo habían ido preparando desde sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Rafael Hernández, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata, donde fundó y participó en el “Centro de Estudiantes Democráticos del Colegio Nacional”. Posteriormente cursó estudios superiores en la misma Universidad Nacional de La Plata, graduándose como abogado en 1965.

En esta última integró el Centro de Estudiantes de Derecho al que llegó a integrar a través de la agrupación “Unión” compuesta por militantes radicales, socialistas e independientes, la que sería más tarde el germen de “Franja Morada”.

También realizó estudios de periodismo en la misma Universidad y más adelante, producto de esa vocación editó “El Sureño” en la Ciudad de Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires. Participó además en “Correo de la Tarde” un periódico argentino conocido y fue un destacado columnista del diario “La Calle” que clausuró la dictadura militar. Pero, tal vez fue el diario “En Lucha – Órgano de la militancia radical” donde se pueden encontrar sus más encendidas notas en defensa del sistema democrático.

La dictadura militar instaurada en 1976, lo encontró atento, preocupado, aumentando su abnegada militancia, actuando como profesional en amparo de presos sindicales en defensa de los derechos humanos y de la democracia como único camino. Por tal razón, fue víctima expresamente elegida de la dictadura. Su cadáver, después de su secuestro y tortura, el 10 de Septiembre de 1976 fue encontrado en las cercanías de su ciudad natal La Plata, junto al de su amigo – el dirigente socialista Domingo Teruggi (ex presidente de la Federación Universitaria Argentina, cofundador de la Franja Morada y ex presidente del Centro de Estudiantes de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata) con el que compartía su estudio jurídico, ejerciendo su profesión principalmente en defensa de presos por causas políticas y gremiales.

Desde muy joven, afiliado a la Unión Cívica Radical, luchó por el ideario partidario en cada uno de los cargos que ocupó. Entre 1963 y 1964 fue secretario legislativo del Honorable Consejo Deliberante de la Municipalidad de La Plata, Convencional Nacional por su Provincia en 1972 y candidato a Diputado Nacional en 1973.

De sólida formación intelectual, excelente oratoria y carácter muy jovial, amante de la música ciudadana – nuestro tango – era un incondicional admirador del cantante Edmundo Rivero, un intérprete con un particular estilo, también lo apasionaba el fútbol y simpatizaba con el Club Estudiantes de la Plata. Pudo formar una familia junto a María Inés Arias – Marimé – de la que nacieron dos hijas: Matilde y Sofía, y por cualidad personal y heredada, fue excelente padre e inmejorable hermano de Gustavo, Diego y Carlos Karakachoff.

Con la palabra como arma invencible, visionario como pocos en su tiempo de la situación política argentina, defendió las libertades públicas, pagando con su propia vida.

Sergio o “el Ruso” como lo llamaban sus amigos, no hubiese elegido terminar como mártir, probablemente para él había que luchar desde la convicción, para no terminar como aquélla frase del célebre Bertold Brecht: “Desgraciados los pueblos que necesitan héroes”.

Creemos que algunas anecdotas que agradecemos a la Juventud Radical nos sirven para conocer un poco más a El Ruso:

EL GOLPE

Sergio no tuvo un cumpleaños feliz. Ese 27 de junio cumplía veintisiete, y a la tarde le llegaron las primeras noticias del golpe contra don Arturo. Hacía diez meses que se había estrenado como jefe de redacción de El Sureño y las teletipos de las agencias no dejaban lugar para la duda. El golpe estaba cantado. Esa noche, Sergio fue el último en irse del diario. Agarró el sobretodo y la bufanda y se los cargó al hombro. El portero de noche estaba medio adormilado.
-Abríguese doctor, que esta noche hiela. Bueno, hasta mañana.
-¿Hasta mañana? Esteban, ¿quién dijo que llegaremos a mañana?
Sergio Karakachoff se fue caminando por el centro de Bahía Blanca, frío y neblinoso. Cuando llegó, esa ciudad había sido un sueño; ahora le parecía un espanto. En el último mes habían denunciado las maniobras golpistas y le habían sacado lectores a La Nueva Provincia, el diario promilitar de la familia Massot, pero ahora parecía que todo se derrumbaba. Se sacó los zapatos a la entrada del departamento para no despertar a Elsa, su mujer. Se acostó pero no podía dormirse; a las siete de la mañana cuando todavía no había amanecido, seguía moviendo la perilla de la radio entre Nacional y LV2. En la radio oficialista había música y noticias con cuentagotas, todas a confirmar; en la de los Massot, en cambio, parecía la liberación de París. Lo sobresaltó la campanilla del teléfono:
-Señor, desde Buenos Aires le van a hablar.
-Ruso, ¿me oís?
-Si, Ricardo, ¿qué carajo pasa?
-Estoy acá, frente a la Plaza de Mayo. Ya está, Ruso.
Su amigo Ricardo Cornaglia , asesor en la Dirección nacional de Justicia, se había cruzado hasta una oficina del Banco Nación para tener un buen panorama de la chirinada, y ahora la contaba su bronca cuando los coroneles Premoli y Perlinger, subían por la explanada de la Rosada desalojando a Illia.
-Ruso, a las once van a dar un comunicado. Ahora están reunidos en el Comando en Jefe del Ejército, después se cruzan a la Rosada. Están Alsogaray, López Aufranc, todos esos hijos de puta...
Mientras lo oía, Sergio pensaba que ni siquiera había un final con drama: era una caída sin el menor estrépito.
-¿El Viejo está bien?
-Si, salió con Zabala Ortíz y se fue en un auto para la casa del hermano, en Martínez. Ahora empieza otra etapa, Ruso.
El Ruso ya era abogado, periodista y ahora se sumaba a los desplazados del gobierno. Trató de consolarse pensando que siempre había sido un poco así.
-...En el tren que va a Madrid, se engancharon dos vagones, uno para los fusiles y otro para los cojones...-canturreaba poco después, frente al espejo del baño, mientras se afeitaba, como cada vez que las cosas se ponían feas.
Elsa le acercó un café bien cargado y Sergio decidió que era mejor irse al diario. En el camino, pensó que el golpe era el desenlace de lo que ya percibía unos meses antes: por un lado la sociedad que miraba con bastante indiferencia la alianza entre grandes empresas, curas y sindicalistas que depositaban su esperanza en algún general de la Nación; por el otro, una conducción radical que no se jugaba por defender su propio gobierno. La semana anterior, el diario El Día había publicado un plan de la SIDE con todos los detalles de las acciones emprendidas para voltear a Illia y nadie había reaccionado.
Al mediodía habló con su hermano Diego y se enteró de que en La Plata el golpe había sido casi un trámite. A las siete y media el general Federico von Stecher le dijo en tono muy prusiano al gobernador radical Anselmo Marini que su hora había llegado. Marini, antes de cruzar la plaza a pié hasta la Legislatura, cantó el Himno con sus amigos y colaboradores.
Al rato pasaron por el diario el Gordo Mugica y Juan Caribón, también radicales. Karakachoff y Mugica vivían en el mismo edificio. El Ruso tenía tanta cara de desconcierto como el Gordo, pero bastante mejor humor.
-Perdimos por puntos, Gordo. No es para tanto, ya se nos va a ocurrir algo.
El 29, a la tarde, después de consultar con amigos y de escuchar la opinión de los dueños de El Sureño, Sergio se sentó frente a la Olivetti, y escribió el editorial para el otro día. Trató de que la prudencia primara sobre la bronca. El artículo se titulaba ¨ La hora actual ¨: era corto y ambiguo, y terminaba diciendo que: ¨...la sensación a la que nos referimos es la de una general expectación. Se percibe la urgente necesidad de encontrar de una vez el camino de la comprensión y de la armónica convivencia en un plano de razonable y concreto equilibrio, de respeto a todos los derechos, de vigencia cabal de la justicia y de imperio pleno de las libertades. En una palabra: garantizar y lograr la seguridad, la paz y el bienestar material y espiritual de todos los habitantes , que es la suprema aspiración de una comunidad organizada. Sin esas condiciones y sin esas vivencias efectivas, el futuro no se nos mostrará a nosotros y a las nuevas generaciones con los rasgos deseables.
Quienes, por propio designio y a los impulsos de sus sentimientos y preocupaciones expuestos en documentos públicos que invocan el patriotismo y el porvenir de la Nación, han asumido la grave responsabilidad de interrumpir una legalidad muy esforzadamente conseguida, tienen frente a sí un país expectante. Mensajes y proclamas de este movimiento revolucionario han expuesto en términos generales objetivos que exaltan la necesidad de una vigorosa transformación en los principales aspectos de nuestra vida nacional, con especial acento en lo económico y social. Los actos concretos encaminados a esos resultados, que comportan aspiraciones por todos compartidas, dirán sobre la forma en que quedará salvada aquella responsabilidad. Su satisfacción, dentro de un clima de libertad, es asimismo fundamental para que la Argentina deje de vivir en tan permanente angustia, en tanta incertidumbre, en tantas frustraciones y en tan renovada como riesgosa inestabilidad institucional. ¨
Para ser editorial de una víctima del golpe, era bastante moderado. Quince años antes, cuando Ricardo Balbín era un preso del gobierno peronista, el Ruso voceaba el periódico radical Adelante, con voz de canillita: ¡Desde la cárcel de Olmos, escribe Ricardo Balbín...! Ahora, de Balbín lo separaba un abismo y él era un periodista a punto de quedarse sin diario, a ochocientos kilómetros de su lugar.

RUPTURA CON BALBÍN

-Mire, nosotros necesitamos armar un nuevo radicalismo en la provincia de Buenos Aires, de lo contrario no habrá ninguna clase de cambios. Hay que darse cuenta hasta que punto el Chino Balbín tiene controlada la estructura partidaria. Mientras el siga presidiendo el Comité Nacional, vamos a ser un partido para la componenda. Nosotros creemos que la única manera es sacar a los radicales a la calle. Por eso, doctor Karakachoff, necesitamos que usted tome un rol activo en este proyecto.
Tras gruesos anteojos, con tono cordobés y catedrático, hablaba Conrado Storani. Hasta el golpe, un año antes, Storani, que se sentía uno de los herederos del sabattinismo, había sido secretario de Energía del gobierno de Illia. Sus frases eran ceremoniosas:
-Nosotros tenemos que marcar claramente la diferencia. El plan de Krieger es la entrega del patrimonio y contra eso hay que levantar a todos los sectores. Cuando nosotros anulamos los contratos petroleros que firmó Frondizi a espaldas del país, sabíamos que nos oponíamos a los monopolios. Ahora que somos perseguidos, necesitamos debatir ideas y unificar la acción.
Tomaban café en la casa de un correligionario de La Plata. Aunque Sergio no veía muchas salidas, sabía que se necesitaban caudillos y le parecía que Storani era un hombre firme y de un pensamiento profundo. Con él estaba otro viejo cordobés radical, Carlos Becerra. Días después, Karakachoff supo que los dos cordobeses hablaron con Juan Carlos Ciani, un ex diputado provincial, bastante fogueado pero que no se sentía en condiciones de salir a hacer punta en Buenos Aires, dominada por Balbín. También supo que barajaron el nombre de Alfonsín, pero los cordobeses desconfiaban.
-No se olvide que Balbín sigue apostando a Chascomús -dijo Becerra.
Alfonsín difundía su línea en los editoriales de la revista Inédito, que dirigía. Y solía eludir las definiciones tajantes:
Debemos alistarnos todos para un combate en el que triunfaremos sobre el escepticismo, la sumisión y la nueva moral deformada al gusto de los que viven de acuerdo a una moderna psicología del éxito ¨, escribía Alfonsín a un año del golpe y, como muchos recomendaba ¨ negarnos a aceptar la realidad de hoy como una fatalidad de un proceso histórico, porque lo niega, y porque importaría intentar justificar tras un conformismo negligente la renuncia a defender los fundamentos mismos del ser nacional ¨.
Hacia fines de Julio, Sergio Karakachoff, Pepe Pozzio, Ricardo Cornaglia, Federico Storani, Juan Cavalari, Luis Menucci, Juan Carlos Cabirón, Horacio Palacios, entre otros, lanzaron el Movimiento de Afirmación Popular (MAP). El Ruso fue uno de los redactores del manifiesto:
Hay que terminar con la antinomia peronismo-antiperonismo que troza al pueblo ¨ decía la propuesta, que se definía contra el imperialismo y la oligarquía, por una Universidad del pueblo y para el pueblo, por la reforma agraria y la independencia económica. La cúpula radical supuso que el nuevo grupo era un poco extremo, y temió que la policía decidiera intervenir. Los jóvenes del MAP fueron convocados a una reunión con el propio Balbín. Durante más de seis horas estuvieron encerrados en la casa de Jorge Astino, en 48 y 14. El Chino trató de ir desarmando uno a uno los argumentos de los desafiantes:
-Vean, con Perón no se puede llegar a ningún lado. Hablarle a través de interlocutores como Paladino es perder el tiempo, hoy lo designa, mañana lo desautoriza.
El médico Jorge Daniel Paladino había sido nombrado delegado personal de Perón y mantenía diálogos infructuosos con la conducción radical. Pero el Ruso sabía que en la reunión tenía que lograr dos cosas: imagen de decisión frente a sus compañeros y una censura no muy grande de la cúpula.
-En los sindicatos, donde estamos defendiendo a cientos de trabajadores cuyos derechos han sido conculcados, saben que somos radicales. Los que están al frente, que son peronistas en la mayoría de los casos, están tan marginados como nosotros... La cuestión es sacar el partido de los comités. Esa en la manera de lograr la unidad: en la acción. ¨
Balbín los escuchó, cara de póker, pero empezaba a quedar en claro que sus posiciones ya no tenían muchos puntos de contacto. Sus caminos se separaban definitivamente.

ABOGADO LABORALISTA

En el Partido Radical todo sucedía vertiginosamente. En Abril habían sido las elecciones internas para renovar autoridades en la Provincia de Buenos Aires y Balbín le había ganado a Alfonsín por mil votos sobre un total de cien mil. En ese proceso, Sergio Karakachoff había consolidado su liderazgo en Renovación y Cambio en La Plata y tenía dos batallas por delante. La primera era la Convención Nacional Radical que se reunía en Junio, donde iría como convencional. La segunda, en Noviembre, eran las elecciones internas para elegir la fórmula presidencial.
La convención se hizo en la Casa Radical en la calle Tucumán al 1600. Después de la sesión maratónica, de acuerdo al estatuto, tenían que votar la plataforma electoral y elegir al comité nacional. Para los jóvenes de la Franja y algunos militantes de origen sindical o del interior que estaban en la barra, el Ruso se destacaba por varias cosas: era el más joven de los convencionales, era el más desprolijo en su aspecto y el que había planteado que en esa reunión se enfrentaban dos radicalismos. Cosechó algunos aplausos y, sobre todo, influyó para que se votaran varios puntos en el programa.
La convención decidió incluir en su plataforma la nacionalización de la banca y el comercio exterior, un nuevo marco regulatorio para las inversiones extranjeras y límites a la injerencia del FMI y el resto de los organismos de crédito internacional. Pero a la hora de elegir la conducción, Balbín consiguió que los votos se volcaran a su favor y siguió presidiendo el partido y controlando el Comité Nacional.
Llegó agosto y, en la primera reunión del flamante comité, Balbín planteó que la plataforma votada por la convención iba a espantar a parte del electorado y que, además, dificultaría las relaciones con el gobierno. Para indignación de los renovadores, sugirió que tenían que atenuar los puntos que sonaran demasiados nacionalistas. Además, insistió en que el radicalismo tenía que llevar una fórmula de unidad.
Dos días después, el sábado 19, la Juventud Radical había convocado a asamblea nacional en Tucumán. Alfonsín era el orador de fondo y cuando subió al escenario, la barra quería una réplica a Balbín.
-¡Ricardo, seguro, al Chino dale duro!
El líder de Renovación y Cambio gesticuló con decisión:
-...Hemos elaborado un programa de gobierno capaz de remover la situación de dependencia en que se encuentra la economía nacional. Alrededor de esta plataforma girarán las formas de defensa de los intereses populares...
La militancia juvenil estaba eufórica:
-¡Radicalismo es antimperialismo!
Una semana después, aunque las posiciones entre los dos radicales parecían irreconciliables, Balbín seguía haciendo esfuerzos para seducir al abogado de Chascomús y lograr una fórmula de unidad. Del otro lado, los renovadores cordobeses, que eran muy fuertes, se reunieron reservadamente con Alfonsín y barajaron una fórmula con Conrado Storani en segundo término.
La conducción renovadora platense sabía que no tenía la fuerza de los cordobeses, pero querían jugarse a fondo, Karakachoff, Horacio Palacios, Miguel D´Elía, Albino González Colombo, Carlos Cherkoff y Fredi Storani, coincidieron en llevar el debate afuera del partido.
El Ruso hizo punta:
-Bueno, salgamos a desarmar la galleta. Hay que promover la candidatura de Alfonsín, con él o sin él. Y hacerlo públicamente.
A los pocos días pidieron el local de la junta central de la calle 48. El 31 de agosto, con la sala colmada por unas trescientas personas y la barra estudiantil en la calle, el Ruso subió al escenario con el documento en la mano y pidió silencio. Atrás se veían los retratos de Alem e Yrigoyen, pero Alfonsín no estaba en el acto.
-Nosotros lanzamos la precandidatura de Raúl Alfonsín en el marco de la lucha por la liberación nacional, para arrebatar el poder político y económico a los grandes monopolios internacionales y al imperialismo, y transferirlos al pueblo. Además, proponemos la reforma agraria, exigimos la libertad de todos los presos políticos y gremiales sin excepciones...
-¡Grande, Ruso!
Pasó menos de un mes y, en Rosario, el binomio Alfonsín-Storani se lanzó al podio. Era el domingo 24 de setiembre y los dos candidatos subieron al escenario del Teatro Real, de riguroso traje, mientras unos tres mil radicales llegados de todo el país los vitoreaban. Alfonsín exaltó a esa nueva militancia:
-...Ustedes reverdecen y llenan de pueblo al viejo radicalismo...
La barra entusiasmada, intentaba raras amalgamas:
-¡Y luche, luche, no deje de luchar...por un gobierno obrero, obrero y radical!

ESTUDIANTES CAMPEÓN

-Despertate, Sergio, que es la final del mundo...
Gustavo Karakachoff zamarreaba a su hermano Sergio en el medio de la popular de Boca. Sergio se restregó los ojos y con voz de trueno empezó a alentar a Estudiantes.
-¡Pincha campeóón... Pincha campeóón...!
-¿Cómo te podes quedar apolillado? Hijo de puta, nunca vi a nadie que se durmiera en plena tribuna. Mirá, mirá. ¡Vamos, Verón, carajo!
La tribuna retomó uno de los cantos habituales:
-Si ven una bruja, montada en una escoba, ese es Verón, Verón que está de joda...
-Si casi no duermo, Gustavo, ando todo el día como loco.
Ese miércoles 25 de setiembre. Estudiantes le ganó al Manchester por uno a cero en el partido de ida y acariciaba la copa del mundo. Los trenes que volvían a La Plata iban cargados hasta la maceta y Sergio le hacía acordar a Gustavo cuando, en el ´54, se hacían la plata del pasaje vendiendo caramelos en el tren que iba a Santa Fe, cuando Estudiantes se mataba por volver a primera.
Al otro día, temprano, ronco y con las venas del cuello que se le hinchaban cada vez que abría la boca, el Ruso leía la carta que Raúl Alfonsín le había hecho llegar a Raimundo Ongaro. Estaban en la CGTA de La Plata frente a un auditorio de sindicalistas y militantes mayoritariamente peronistas. El Ruso estaba flaqueado por otros dos abogados radicales, Pablo Pinto y Ricardo Cornaglia:
-...Quiero hacer llegar mis expresiones de solidaridad a usted y a los muchachos dirigentes gremiales que han sabido defenderse con valentía contra la dictadura. Ustedes han sido leales al mandato de las bases y se colocan junto al pueblo...
Cuando terminó, sabía que con los muchachos tenía que ir al grano:
-Bueno, acá en La Plata, nosotros estamos con ustedes. Y no sólo para los juicios laborales, acá estamos todos en la misma...
A los sindicalistas, el apoyo del abogado de Chascomús les importaba más o menos, pero Sergio y su grupo trataban de mover el partido, sacar la militancia radical a la calle, a las fábricas.
-Estuviste bien, Ruso, pocas palabras, nada de guitarra.
-Si, Pablo, pero si estos te ven como un changuito humilde que viene a ayudar; cagaste.
Pablo Pinto y el Ruso se habían ganado un lugar entre los abogados de la CGTA La Plata y hasta atendían a veces en su sede, el Sindicato de la Sanidad, en 5 y 53. Ese mismo día se largaba la huelga petrolera, así que el local hervía de expectativas y tenían que ir a cosas concretas. Arreglaron para llevar a Conrado Storani a participar de un debate sobre el petróleo y la racionalización, que era lo que interesaba en el momento.
-Esta es la manera de acercarse a la masa sudorosa y dejarse de joder con la retórica de comité.
Les decía Karakachoff a algunos militantes del MAP, radicales de tradición familiar que se iban habituando a esta nueva versión del partido. Sergio los llevó a una reunión con los delegados del Taller Naval de YPF, en una casa en Ensenada. Mientras iban, les advertía:
-Hay que coordinar, centralizar, sin organización se nos dispersa todo. La cosa está en la calle.

ESCONDIENDO GENTE

-Sergio, me va a tener que hacer un favor.
-Si, Hipólito, lo que diga.
-Vea, le he sugerido a Ongaro que tome algunas precauciones; y me gustaría que usted tenga la gentileza de acompañarlo... No se, a algún lugar donde la policía no lo encuentre.
-Cómo no, Hipólito.
Los modales de Hipólito Solari Yrigoyen eran tan sobrios, tan caballerescos, que ese 30 de mayo infundían tranquilidad. Sergio Karakachoff y Ricardo Cornaglia estaban en el estudio de Jorge Garland, en Viamonte y Suipacha, impresionados con los sucesos de Córdoba. Solari Yrigoyen, que era abogado de los gráficos y de la CGTA, se había llevado de la sede de Paseo Colón a Raimundo Ongaro y a Antonio Scipione y los tenía en un barcito a la vuelta del estudio.
Scipione era secretario general de la Unión Ferroviaria, radical. Honesto, combativo, querido por los peronistas y mirado con recelo por la cúpula partidaria cuando se largaban los conflictos. En una mesa del fondo, Scipione estaba escondido detrás del diario La Nación; el camuflaje de Ongaro eran una par de anteojos negros. Los dos se subieron con Cornaglia y Karakachoff al Citroen del Ruso y encararon para el sur. Al cruzar a la provincia, el vigilante de la garita del puente Pueyrredón les puso el ojo, pero el Ruso hizo rugir el motor del 2CV y lo metió atrás de un camión con acoplado. Cuando llegaron a una casa en Quilmes, Scipione lo sorprendió:
-El que quedó muy conforme con usted, Karakachoff, fue Cachito.
-La ley de contrato de trabajo es muy clara...
Sergio había defendido a un delegado ferroviario echado con los planes de racionalización. Presentó su demanda amparado en los fueros gremiales y Cachito Pérez recuperó su puesto de trabajo. Pero con las condenas de los tribunales militares de Córdoba y el pedido de captura que pesaba sobre la dirigencia de la CGTA, Scipione sabía que las cosas se habían puesto mucho más pesadas.
-Sí, pero ahora no hay Ley ni Cristo que nos ampare.
Ongaro tampoco la veía fácil:
-Si al Gringo Tosco le dieron más de ocho años, ¿a nosotros qué te creés que nos van a hacer?
Karakachoff y Cornaglia escuchaban en silencio y sabían que no era momento para intentar consuelos. La tarde se hizo larga, hablaron de fútbol y de caballos, pero Ongaro no se prendía mucho en cosas triviales y se mantenía bastante callado. Los abogados al rato se fueron y los dejaron en la habitación del fondo, con promesas de que les iban a llevar una muda de ropa limpia. Cuando Cornaglia se despidió del amigo de Quilmes que escondió a Ongaro y Scipione, le recomendó el más estricto silencio.
-Ojo, que nadie se entere. Mañana acompañalos a la estación.
Tres días después, Ongaro, Scipione y Ricardo De Luca, del gremio naval y secretario de prensa de la CGTA, decidieron afrontar las consecuencias de la represión sin pasar a la clandestinidad. Una comisión policial, de civil, los detuvo cerca de la sede de Paseo Colón. Los soltaron pocos días después.

UN JUICIO LABORAL

-¿De parte de quién?
-De Jacinto Gaibur
-Un momento, doctor.
-Yo no soy doctor, pibe....
-Sergio, teléfono.
Diego Karakachoff tenía que dar los turnos en el estudio de su hermano Sergio, pero la mayoría de los llamados eran un embrollo de militantes, sindicalistas, algunos intrigantes. El Gordo Gaibur era peronista y había dado unas cuantas materias de Derecho en la misma época de Sergio. Y ahora lo llamaba urgente porque le habían librado orden de captura al Gallego Héctor Garay, dirigente ferroviario y secretario general de la CGTA La Plata, donde él también colaboraba:
-Che Ruso, al Gallego ya lo guardamos, pero hay que armar quilombo...
En ese momento, la Unión Ferroviaria estaba intervenida y varios dirigentes estaban presos en Villa Devoto.
-Bueno Gordo, llamá vos a los de El Día, que yo voy a tribunales a ver qué pasa.
Sergio se fue con otros dos del estudio, Domingo Teruggi y el Colorado Luis Menucci eran estudiantes de Derecho y militantes de Unión Universitaria, la agrupación formada por Sergio años atrás. Mingo era el presidente de el Centro de Estudiantes. Aunque Terruggi venía de una familia socialista y tenía muy buena relación con los del peronismo de base, seguía los pasos de Karakachoff. El Colorado sí era radical, pero del lado más tradicional. Los tres miraron la causa, presentaron un recurso de amparo y se fueron a la confitería París a tomar un café.
Unos meses atrás, las agrupaciones estudiantiles radicales de todo el país se habían unificado con el nombre de Franja Morada. El Colorado y Mingo no estaban entusiasmados con la idea de perder la identidad de Unión. Aunque Sergio había sido el padre de Unión, trataba de convencerlos de que la Franja estaba bien:
-Pero Mingo, es lógico, ahora hay que ir aglutinando fuerzas. Además, ¿sabés de dónde salió Franja Morada?
-Qué se yo, Ruso...
-Ah, ¿no sabés? En el 18 en Córdoba, cuando los estudiantes de la reforma se subían a los techos de las facultades tomadas, hacían flamear las estolas moradas de los obispos.
-¿Las que se ponen alrededor del cuello? a Teruggi le salió una sonrisa de anarquista y le parecía cómico que, cincuenta años después, para recuperar la autonomía universitaria, los radicales le dedicaran el nombre a las estolas de los monseñores.
La Franja de ahora se había aliado con los reformistas que seguían a Guillermo Estévez Boero para las primeras elecciones de la FUA. Estévez Boero había presidido la FUA una década atrás, cuando era legal, pero estas elecciones se hacían en plena intervención: la FUA estaba prohibida y los favoritos para ganarlas eran los de la FAUDI (Frente de Agrupaciones Universitarias de Izquierda), que respondían al PCR.
-Miren muchachos, si no consolidamos una fuerza universitaria nacional, tampoco vamos a poder presentar una alternativa dentro del partido. Hay que meterle con la Franja todo lo que sea necesario, ponerse en serio con eso.
-Los de Capital buscan apoyo por arriba... -dijo Menucci refiriéndose a que recibían el espaldarazo de Alfonsín-.
-Sí, Colorado, y a nosotros nos mira Moisés desde abajo -retrucó el Ruso-.
Hablaba de Moisés Lebenson, modelo del radicalismo antipersonalista de los años 30 y fundador del grupo FORJA, con Antonio Jauretche, Raúl Scarabini Ortíz y Homero Manzi. Sergio tenía que cortar la charla universitaria, porque en el estudio había gente esperando. Llegó, se metió en su despacho y su hermano Diego le dijo que los del Taller Naval de YPF habían llegado hace rato. Los petroleros entraron disimulando la molestia de la espera.
-Señores, café, mate...
Diego era un asistente muy prolijo y respetuoso.
-Deciles muchachos que no se van a ofender... Pasen, pasen.
El sistema que había ideado Sergio parecía muy astuto. La empresa había empezado a reincorporar despedidos, con cuentagotas y condiciones. Una de ellas era la de renunciaran al juicio y a la consiguiente indemnización. Para la mayoría de los abogados laboralistas, la reincorporación ya era un triunfo, pero el Ruso quería más.
-¡Minga! Ustedes no van a renunciar a nada.
Los del taller naval miraban azorados. La huelga había sido larguísima y plagada de traiciones de la burocracia. Un año con el único apoyo del fondo de huelga era demasiado. Los petroleros querían trabajar y miraban a Karakachoff como si los mandara al muere.
-Va a salir bien. Esto es así: ustedes van y firman que renuncian al juicio, pero antes me venden el juicio a mí ¿entienden? No hay ninguna cláusula que les impida vender el juicio antes. Después voy yo y lo cobro.
-¿Usted?
-No, todo eso se hace con testaferros.
Al miedo se sumo la confusión. El Ruso les explicaba que era una piratería muy menor para las cosas que se ventilaban en los tribunales. Elsa Marchese, la novia de su hermano Gustavo, era la que figuraba como compradora del juicio. Todo en regla, con escritura pública.
-Es lo mismo que cuando un gitano compra bronce o un usurero compra relojes de oro. Pero también firmamos un contradocumento para que ustedes no pierdan la plata de la indemnización... Cuando le digan que ustedes renunciaron al juicio, ella les dice ¨¿cómo que renunciaron? Si me los vendieron, no tenían un mango y me los vendieron¨.
-¿Y no le puede traer problemas, doctor?
-¿Problemas? No querido, yo voy a cobrar los honorarios por la reincorporación y por el juicio. Gano el doble.
Un mes después de la reincorporación. Elsa se presentó a YPF como la titular de los juicios. El método resultó y hasta Gustavo y Elsa se ganaron unos pesos. Sergio juntó lo suficiente para arreglar el Citroen y se fue a Río Cuarto con su hermano Diego. Tenía que ocuparse de la sucesión y el almacén de ramos generales del abuelo Martín Karakachoff.
-Me vas a tener que aguantar un día en Córdoba, le dijo Sergio a Diego.
El Ruso quería saber detalles, anécdotas, precisiones del Cordobazo y apretó varias citas en pizzerías del centro con gente de todo pelaje. Se sentó con sindicalistas, estudiantes, radicales, marxistas, peronistas, jóvenes, no tan jóvenes. Al fin de la jornada, Diego le preguntó qué había sacado en limpio:
-Que se yo. Por la décima parte de lo que me contaron, ardió Troya. Acá todos quemaron colectivos, todos corrieron a la montada, todos lo echaron a Caballero. Cuando hay que sumar estos te mandan la tercera potencia... Pero me parece que la mayoría no tienen idea del real quilombo en el que estuvieron metidos.

CIERRAN LA REVISTA ¨INÉDITO¨

-A García Lorca le hicieron fama los republicanos y los comunistas pero por cuestiones políticas, no literarias, Marimé. Te lo dice el mismo Borges: era un andaluz profesional.
-Mirá Diego, Borges lo bastardeaba porque fue un poeta que vivío y murió por sus ideas mientras que el se la pasa mirando a Londres y a Ginebra, dejame de joder.
-Pará, ¿de que hablamos?, ¿de política o literatura?
María de las Mercedes -Marimé- Arias Noriega estaba en un ping-pong con Diego Karakachoff. Sergio Miraba a su novia y a su hermano discutir y no se le movía ni una arruga. Era domingo en la casa familiar: padres, hermanos, arroz con pollo y vino con soda. El contrapunto seguía. Cuando Marimé defendió la cantidad de spunik que mandaban los soviéticos, Diego le dijo que los satélites norteamericanos eran más pequeños y versátiles, que estaban mejor programados.
-Además el combustible norteamericano es mejor.
-No me digas que la nafta soviética es mala, Diego...
-Nafta rusa, no me vengas con eso de soviética.
Aunque Sergio se adormilaba con esas discusiones, esos días se sentía reconfortado. Tres años atrás había enviudado. Ahora tenía ganas de casarse de nuevo. Marimé era linda, atrevida, comprometida. Y no le preocupaba que hubiera sido la esposa de su amigo Raúl Kaiselburd. Primero porque ya se había separado hacía un tiempo; se habían casado muy jóvenes y casi por negocios: los Aria Noriega eran los otros dueños del diario El Día. Segundo, porque Raúl ahora andaba en la pavada -chicas bonitas, coche deportivo- mientras que a ellos los unía la pasión de la política, por más que ella fuera de izquierda y él radical. Además, el padre de Marimé y el de Sergio habían sido compañeros de la primaria en Río Cuarto, casi como un presagio. En eso pensaba cuando lo llamaron por teléfono:
-¿La cerraron?
-Si, Ruso. Le pusieron la faja y secuestraron la edición. Raúl está a las puteadas, que quienes se creen que son, que a él no se la van a hacer de arriba. Venite, quiere que vos estés...
Ricardo Cornaglia le contaba que habían cerrado Inédito, la revista de Alfonsín. Mario Monteverde, el jefe de redacción, le hizo un reportaje a Agustín Tosco no bien salió de la cárcel, donde el cordobés proclamaba a los cuatro vientos que iba a seguir luchando. Los de la revista temían por las consecuencias: se rumoreaba que además iban a meter preso a Monteverde.
Esa noche, una barra grande de radicales se encontró con Alfonsín en un bar de Moreno y Entre Ríos y, desde ahí caminaron hasta el departamento de Policía. Ahí los esperaban Karakachoff y Cornaglia. Alfonsín estaba serio, engominado, con traje gris topo, pañuelo blanco en el bolsillo del saco y la corbata metida adentro del pantalón. Con pasos muy resueltos cruzó entre los guardias de infantería. Al cabo de un par de horas salió más distendido.
-Bueno, a Mario no lo van a detener, en eso yo me puse firme; dentro de todo se pudo negociar algo. Lo que dicen es que secuestran la edición, no que cierran la revista...
Alfonsín los invitó a seguir conversando al estudio de un arquitecto amigo en la esquina de Pueyrredón y Santa Fe. Como ya estaban distendidos, la charla giraba en especulaciones sobre el futuro de Onganía y, por supuesto, de Inédito. Cornaglia habló con confianza:
-Mire, Raúl, ellos quieren provocar la autocensura. Saben manejar las cosas: primero represión, después lo dejan actuar solo pero con miedo, ¿no? Lo que digo es que no hay que aceptar la amenaza y si la volvieran a cerrar, hay que sacarla clandestinamente.
La cara de Alfonsín, que ya estaba marcada por las ojeras de la madrugada, empeoró:
-Vea, nosotros no vamos a caer en lo que hacen esos grupos sin historia, que no tienen una verdadera vocación democrática. Por favor, no volemos.
Alfonsín les dijo que se iba a presentar ante la Justicia, a la Sociedad Interamericana de Prensa, y Cornaglia y Karakachoff entendieron que no era el momento ni el lugar para proponer esas cosas. Al mes siguiente, como siempre, Alfonsín escribió la editorial:
...Inédito -el lector lo sabe- tiene una línea definida en la política argentina: democracia integral, Estado justo, promoción del cambio, nacionalismo defensivo, desarrollo por vías no capitalistas, son los parámetros de su prédica modesta y difícil. Fácil es suponer entonces cuán distante se halla de un régimen que liquidó la democracia, ampara la injusticia, sirve al privilegio, conduce al atraso y a extranjerizar el país.¨
Pero también a Inédito le ocurre lo que a cada habitante de la República. En el episodio del secuestro de su número setenta y uno no le irrita la arbitrariedad, supuesto indispensable de todo régimen autoritario. Le ofende y humilla, en cambio, la grotesca teoría que sobre el desenvolvimiento de la prensa sostiene y hace pública el gobierno a través de sendas manifestaciones del ministro del Interior y del titular del Poder Ejecutivo... (esta opinión se vio) al tomar estado público los conceptos vertidos por el general Onganía en ula entrevista concedida al ex presidente de la SIP, John O´Rourke. En efecto, según el diálogo aparecido en distintas publicaciones, no deja lugar a dudas acerca de su concepción sobre las relaciones de la prensa y el gobierno.¨
Sostuvo: ¨Las revistas clausuradas son subversivas. Y nada más que subversivas. No publican lo que es cierto. Estas revistas perturban a mi gobierno. De hecho toda cosa que perturbe la estabilidad gubernamental es subversiva. Si no beneficia a mi gobierno, entonces beneficia a los comunistas (...) Los oficiales del Ejército, desgraciadamente, dedican mucho tiempo a leer tales publicaciones, no entiendo cómo la SIP las acepta. (...) Sigo sin entender la actitud de la SIP a favor de las revistas que perjudican a mi gobierno. Y que favorecen al comunismo.¨
Al final, el editorial hablaba de la existencia de otra Argentina:
Por el otro lado está el país de veras. El que por encima de toda falsedad muestra su fuerza, su miedo y su ira. El que no aguanta más. El de los que luchan. El que resiste. El que triunfará. Nuestro país. Para servirlo, salió Inédito. Por sobrevivir, no lo traicionará.
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