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La Cantera (Santa Fe)

EL FUTURO DE LA DEMOCRACIA - Norberto Bobbio

UNA DEFINICIÓN MÍNIMA DE DEMOCRACIA

Hago la advertencia de que la única manera de entenderse cuando se habla de democracia, en cuanto contrapuesta a todas las formas de gobierno autocrático, es considerarla caracterizada por un conjunto de reglas (primarias o fundamentales) que establecen quién está autorizado para tomar las decisiones colectivas y bajo qué procedimientos. Todo grupo social tiene necesidad de tomar decisiones obligatorias para todos los miembros del grupo con el objeto de mirar por la propia sobrevivencia. Tanto en el interior como en el exterior. Pero incluso las decisiones grupales son tomadas por individuos (el grupo como tal no decide). Así pues, con el objeto de que una decisión tomada por individuos (uno, pocos, muchos, todos) pueda ser aceptada como una decisión colectiva es necesario que sea tomada con base en reglas (no importa si son escritas u consuetudinarias) que establecen quiénes son los individuos autorizados a tomar las decisiones obligatorias para todos los miembros del grupo y con qué procedimientos. Ahora bien, por lo que respecta a los sujetos llamados a tomar (o a colaborar en la toma de) decisiones colectivas, un régimen democrático se caracteriza por la atribución de este poder (que en cuanto autorizado por la ley fundamental se vuelve un derecho) a un número muy elevado de miembros del grupo. Me doy cuenta de que fue un "número muy elevado" es una expresión vaga. Pero por encima del hecho de que los discursos políticos se inscriben en el universo del "más o menos" o del "por lo demás", no se puede decir "todos", porque aun en el más perfecto de los regímenes democráticos no votan los individuos que no han alcanzado una cierta edad. Como gobierno de todos la omnicracia es un ideal límite. En principio, no se puede establecer el número de quienes tienen derecho al voto por el que se pueda comenzar a hablar de régimen democrático, es decir, prescindiendo de las circunstancias históricas y de un juicio comparativo: solamente se puede decir que en una sociedad, en la que quienes tienen derecho al voto son los ciudadanos varones mayores de edad, es más democrática que aquella en la que solamente votan los propietarios y, a su vez, es menos democrática que aquella en la que tienen derecho al voto también las mujeres. Cuando se dice que en el siglo pasado en algunos países se dio un proceso continuo de democratización se quiere decir que el número de quienes tienen derecho al voto aumentó progresivamente.

Por lo que respecta a la modalidad de la decisión la regla fundamental de la _democracia es la regla de la mayoría, o sea, la regla con base en la cual se consideran decisiones colectivas y, por canto, obligatorias pan todo el grupo, las decisiones aprobadas al menos por la mayoría de quienes, deben de tomar la decisión. Si es válida una decisión tomada por la mayoría, con mayor razón es válida una decisión tomada por unanimidad. Pero la unanimidad es posible solamente en un grupo restringido u homogéneo, y puede ser necesaria en dos casos extremos y contrapuestos: en unta decisión muy grave en la que cada uno de los participantes tiene derecho de veto o en una de poca importancia en la que se declara condescendiente quien no se opone expresamente (es el caso del consenso tácito). Obviamente la unanimidad es necesaria cuando los que deciden solamente son dos, lo que distingue netamente la decisión concordada de la decisión tomada por ley (que normalmente es aprobada por mayoría).

Por lo demás, también para una definición mínima de democracia, como es la que adopto, no basta ni la atribución del derecho de participar directa o indirectamente en la toma de decisiones colectivas para un número muy alto de ciudadanos ni la existencia de reglas procesales como la de mayoría (o en el caso extremo de unanimidad). Es necesaria una tercera condición: es indispensable que aquellos que están llamados a decidir o a elegir a quienes deberán decidir, se planteen alternativas reales y estén en condiciones de seleccionar entre una u otra. Con el objeto de que se realice esta condición es necesario que a quienes deciden les sean garantizados los llamados derechos de libertad de opinión, de expresión de la propia opinión, de reunión, de asociación, etc... los derechos con base en los cuales nació el Estado liberal y se construyó la doctrina del Estado de derecho en sentido fuerte, es decir, del Estado que no sólo ejerce el poder sub lege, sino que lo ejerce dentro de los límites derivados del reconocimiento constitucional de los llamados derechos "inviolables" del individuo. Cualquiera que sea el fundamento filosófico de estos derechos, ellos son el supuesto necesario del correcto funcionamiento de los mismos mecanismos fundamentalmente procesales que caracterizan un régimen democrático. Las normas constitucionales que atribuyen estos derechos no son propiamente reglas del juego: son reglas preliminares que permiten el desarrollo del juego.

De ahí que el Estado liberal no solamente es el supuesto histórico sino también jurídico del Estado democrático. El Estado liberal y el Estado democrático son interdependientes en dos formas: 1) en la línea que va del liberalismo a la democracia, en el sentido de que son necesarias ciertas libertades para el correcto ejercicio del poder democrático; 2) en la línea opuesta, la que va de la democracia al liberalismo, en el sentido de que es indispensable el poder democrático para garantizar la existencia y la persistencia de las libertades fundamentales. En otras palabras: es improbable que un Estado no liberal pueda asegurar un correcto funcionamiento de la democracia, y por otra parte es poco probable que un Estado no democrático sea capaz de garantizar las libertades fundamentales. La prueba histórica de esta interdependencia está en el hecho de que el Estado liberal y el Estado democrático cuando caen, caen juntos.

LOS IDEALES Y LA "CRUDA REALIDAD”

Esta referencia a los principios me permite entrar en materia, de hacer, como dije, alguna observación sobre la situación actual de la democracia. Se trata de un tema que tradicionalmente se debate bajo el nombre de "transformaciones de la democracia". Si se reuniese todo lo que se ha escrito sobre las transformaciones de la democracia o sobre la democracia en transformación se podría llenar una biblioteca. Pero la palabra "transformación" es tan vaga que da lugar a las más diversas interpretaciones: desde la derecha (pienso por ejemplo en el libro de Pareto, Trasformazione della democrazia, 1920, verdadero arquetipo de una larga e ininterrumpida serie de lamentaciones sobre la crisis de la civilización), la democracia se ha transformado en un régimen semi anárquico que tendrá como consecuencia la "destrucción" del Estado; desde la izquierda (pienso por ejemplo en un libro como el de Jhannes Agnoll Die Transformationen der Democratie, 1967, típica expresión de la crítica extraparlamentaria), la democracia parlamentaria se está transformando cada vez más en un régimen autocrático. Me parece más útil para nuestro objetivo concentrar nuestra reflexión en la diferencia entre los ideales democráticos y la "democracia real" (uso esta expresión en el mismo sentido en el que se habla de "socialismo real"), que en la transformación. No hace muchos días un interlocutor me recordó las palabras conclusivas que Pasternak hace decir a Gordon, el amigo del doctor Zivago: "Muchas veces ha sucedido en la historia. Lo que fue concebido como noble y elevado se ha vuelto una cruda realidad, así Grecia se volvió Roma, la Ilustración rusa se convirtió en la Revolución rusa. De la misma manera agrego, el pensamiento liberal y democrático de Locke, Rousseau, Tocqueville, Bentham, John Stuart Mill, se volvió la acción de... (pongan ustedes el nombre que les parezca, no tendrán dificultad en encontrar más de uno). Precisamente es de esta "cruda realidad" y no de lo que fue concebido como "noble y elevado" que debemos hablar o, si ustedes quieren, del contraste entre lo que había sido prometido y lo que se realizó efectivamente.

Señalo seis de estas falsas promesas.

1. EL NACIMIENTO DE LA SOCIEDAD PLURALISTA

La democracia nació de una concepción individualista de la sociedad, es decir de aquella concepción para la que –contrariamente a la orgánica, dominante en la antigüedad y en la Edad Media, según la cual el todo es antes que las partes- la sociedad, toda forma de sociedad, especialmente la política, es un producto artificial de la voluntad de los individuos.

A la formación de la concepción individualista de la sociedad y del Estado y a la disolución de la orgánica contribuyeron tres acontecimientos que caracterizan la filosofía social de la edad moderna:

a) el contractualismo de los siglos XVII y XVIII que parte de la hipótesis de que antes que la sociedad civil existe el estado natural en el que son soberanos cada uno de los individuos libres e iguales, los cuales pactan entre ellos para dar vida a un poder común al que incumbe la función de garantizar sus vidas y sus libertades (así como sus propiedades);

b) el nacimiento de la economía política, es decir de un análisis de la sociedad y de las relaciones sociales cuyo sujeto sigue siendo el individuo, el homo oeconomicus (y no el politikón zoon de la tradición, que no es considerado por sí mismo sino sólo como miembro de una comunidad), que, según Adam Smith, “persiguiendo su propio interés, a menudo promueve el de la sociedad de forma más eficaz de lo que pretende realmente promoverlo” (es conocida, por lo demás, la reciente interpretación de Macpherson según la cual el Estado natural de Hobbes y de Locke es una prefiguración de la sociedad de mercado);
b) la filosofía utilitarista desde Bentham a Mill, según la que el único criterio para fundamentar una ética objetivista, y por tanto para distinguir el bien del mal sin recurrir a conceptos vagos como “naturaleza” y similares, es el de partir de la consideración de estados esencialmente individuales como el placer y el dolor y resolver el problema tradicional de bien común en la suma de los bienes individuales o, según la fórmula benthamiana, en la felicidad de la mayoría.

Partiendo de la hipótesis del individuo soberano que, al pactar con otros individuos en igual medida soberanos, crea la sociedad política, la doctrina democrática imaginó un Estado sin cuerpos intermedios, una sociedad política en la que entre el pueblo soberano compuesto por muchos individuos (un hombre, un voto) y sus representantes no existiesen las sociedades particulares desaprobadas por Rousseau y privadas de autoridad por la ley Le Chapelier (abolida en Francia en 1887). Lo que ha sucedido en los estados democráticos es lo opuesto totalmente: los grupos, grandes organizaciones, asociaciones de la más diversa naturaleza, sindicatos de las más heterogéneas profesiones y partidos de las más diferentes ideologías se han convertido cada vez más en sujetos políticamente relevantes, mientras que los individuos lo han hecho cada vez menos. Los grupos y no los individuos son los protagonistas de la vida política en una sociedad democrática, en la cual ya no hay un soberano –el pueblo o nación, compuesto por individuos que han adquirido el derecho a participar directa o indirectamente en el gobierno, el pueblo corno unidad ideal (o mística)-, sino el pueblo dividido, de hecho, en grupos contrapuestos y en competencia entre sí, con su autonomía relativa respecto al gobierno central (autonomía que los individuos han perdido o no han tenido nunca si no es en un modelo ideal de gobierno democrático que siempre ha sido desmentido por los hechos).

El modelo ideal de la sociedad democrática era una sociedad centrípeta. La realidad que tenemos a la vista es una sociedad centrífuga, que no tiene un solo centro de poder (la voluntad general de Rousseau), sino muchos, y que merece el nombre, en el que concuerdan los estudiosos de política, de sociedad policéntrica o poliárquica (con expresión más rotunda pero no del todo incorrecta, policrática). El modelo del Estado democrático fundamentado en la soberanía del príncipe era una sociedad monista. La sociedad real, bajo los gobiernos democráticos, es pluralista.

2. LA REIVINDICACIÓN DE LOS INTERESES

De esta primera transformación (primera en el sentido de que afecta a la distribución del poder) ha derivado la segunda, relativa a la representación. La democracia moderna, nacida como democracia representativa, en contraposición a la democracia de los antiguos, habría debido estar caracterizada por la representación política, es decir por una forma de representación en la que el representante, llamado a perseguir los intereses de la nación, no puede estar sujeto a un mandato vinculado. El principio sobre el que se fundamenta la representación política es la antítesis exacta de aquel sobre el que se fundamenta la representación de los intereses, en la que el representante, al tener que perseguir los intereses particulares del representado, está sujeto a un mandato vinculado (propio del contrato de derecho privado que prevé la revocación por exceso de mandato). El mandato libre había sido una prerrogativa del rey, el cual, al convocar a los Estados generales, pretendía que los delegados de los distintos estamentos no fuesen enviados a la asamblea con pouvoirs restrictifs. Expresión clara de la soberanía, el mandato libre fue transferido de la soberanía del rey a la soberanía de la asamblea elegida por el pueblo. Desde entonces la prohibición de mandato imperativo se ha convertido en una regla constante de todas las constituciones de democracia representativa, y la defensa a ultranza de la representación política ha encontrado siempre convencidos sustentadores en los partidarios de la democracia representativa contra los intentos de sustituirla o de integrarla en la representación de los intereses.

Nunca una norma constitucional ha sido más violada que la prohibición del mandato imperativo. Nunca un principio ha sido más desatendido que el de la representación política. Pero, ¿en una sociedad compuesta por grupos relativamente autónomos que luchan por su supremacía, por hacer valer sus propios intereses contra otros grupos, una tal norma, un tal principio, podían alguna vez ser llevados a la práctica? Aparte del hecho de que cada grupo tiende a identificar el interés nacional con el interés del propio grupo, ¿existe algún criterio general que pueda permitir distinguir el interés general del interés particular de éste o aquel grupo, o de la combinación de intereses particulares de grupos que se ponen de acuerdo entre ellos en detrimento de otros? Quien representa intereses particulares tiene siempre un mandato imperativo. ¿Y dónde podemos encontrar un representante que no represente intereses particulares? Seguro que no en los sindicatos, de los cuales por otra parte depende la estipulación de acuerdos, como son los acuerdos nacionales sobre organización y el costo del trabajo que tienen una enorme importancia política. ¿En el parlamento? Pero, ¿qué representa la disciplina de partido sino una abierta violación de la prohibición de mandato imperativo? Los que a veces se escapan de la disciplina de partido a través del voto secreto, ¿no son acaso señalados como “francotiradores”, es decir como réprobos dignos de ser entregados al rechazo público? Aparte de todo, la prohibición de mandato imperativo es una regla no sancionada. Es más, la única sanción temida por el diputado cuya reelección depende del apoyo del partido es la que se traduce de la trasgresión de la regla opuesta que le impone considerarse vinculado al mandato que ha recibido del propio
partido.

Una prueba más de la reivindicación, me atrevería a decir que definitiva, de la representación de los intereses sobre la representación política es el tipo de relación que ha ido instaurándose en la mayor parte de los Estados democráticos europeos entre los grandes grupos de intereses contrapuestos (representantes respectivamente de los industriales y de los obreros) y el parlamento, una relación que ha dado lugar a un nuevo tipo de sistema social que ha sido llamado, con o sin razón, neocorporativo. Este sistema está caracterizado por una relación triangular en la que el gobierno, idealmente representante de los intereses nacionales, interviene únicamente como mediador entre las partes sociales y todo lo más como garante (generalmente impotente) de la observancia del acuerdo. Los que elaboraron, hace cerca de diez años este modelo, que ocupa hoy el centro del debate sobre las “transformaciones” de la democracia, definieron la sociedad neocorporativa como una forma de solución de los conflictos sociales que se sirve de un procedimiento, el del acuerdo entre grandes organizaciones, que no tiene nada que ver con la representación política, y es, por el contrario, un exponente típico.

3. PERSISTENCIA DE LAS OLIGARQUÍAS

Considero como tercera promesa incumplida la derrota del poder oligárquico. No necesito insistir mucho sobre este punto porque es un tema muy tratado y poco controvertido, al menos desde que a finales de siglo Gaetano Mosca expuso la teoría de la clase política que fue llamada, por influencia de Pareto, teoría de las élites. El principio inspirador del pensamiento democrático siempre ha sido la libertad entendida como autonomía, es decir como capacidad de darse leyes a sí mismos, según la famosa definición de Rousseau, que debería tener como consecuencia la perfecta identificación entre quien establece y quien recibe una regla de conducta, y por tanto, la eliminación de la distinción tradicional, sobre la que se ha fundamentado todo el pensamiento político, entre gobernados y gobernantes. La democracia representativa, que es la única forma de democracia que existe y funciona, es ya por sí misma una renuncia al principio de libertad como autonomía. La hipótesis de que la futura computercracia, como ha sido llamada, permita el ejercicio de la democracia directa, es decir que dé a cada ciudadano la posibilidad de trasmitir su voto a un cerebro electrónico, es pueril. A juzgar por las leyes que aparecen cada año en Italia, el buen ciudadano debería ser llamado a expresar su voto al menos una vez al día. El exceso de participación, que produce el fenómeno que Dahrendorf ha denominado, desaprobándolo, del ciudadano total, puede tener como efecto la saciedad de la política y el aumento de la apatía electoral. El precio que debe pagarse por el compromiso de pocos es a menudo la indiferencia de muchos. Nada hay más peligroso para la democracia que el exceso de democracia.

Naturalmente la presencia de élites en el poder no borra la diferencia entre regímenes democráticos y regímenes autocráticos. Lo sabía incluso Mosca, que sin embargo era un conservador que se declaraba liberal pero no demócrata, el cual ideó una compleja tipología de las formas de gobierno con el fin de mostrar que, aun no faltando nunca las oligarquías en el poder, las diversas formas de gobierno se distinguen en base a su distinta formación y organización. Puesto que he partido de una definición de democracia fundamentalmente procedimental no se puede olvidar que uno de los defensores de esta interpretación, Joseph Schumpeter, dio en la diana cuando sostuvo que la característica de un gobierno democrático no es la ausencia de élites sino la presencia de varias élites que compiten entre sí por la conquista del voto popular. En el reciente libro de Macpherson, The Life and Times of Liberal Democracy, se distingue cuatro fases en el desarrollo de la democracia desde el siglo pasado hasta hoy: la fase actual, definida como “democracia de equilibrio”, corresponde a la definición de Schumpeter. Un elitista italiano, intérprete de Mosca y Pareto, distinguió de forma sintética y, a mi modo de ver, incisiva, las élites que se imponen de las que se proponen.

4. EL ESPACIO LIMITADO

Si la democracia no ha logrado acabar del todo con el poder oligárquico, menos todavía ha conseguido ocupar todos los espacios en los que se ejercita un poder que toma decisiones vinculantes para todo un grupo social. En este punto la distinción que entra en juego ya no es entre poder de pocos y de muchos, sino entre poder ascendente y poder descendente. Por otra parte, en este terreno se debería hablar más de inconsecuencia que de no actuación, ya que la democracia moderna nació como método de legitimación y de control de las decisiones políticas en sentido estricto, o del “gobierno” propiamente dicho, sea nacional o local, donde el individuo se toma en consideración en su rol general de ciudadano y no en la multiplicidad de sus roles específicos de fiel de una iglesia, trabajador, estudiante, soldado, consumidor, enfermo, etc. Tras la conquista del sufragio universal, si puede hablarse todavía de una extensión del proceso de democratización, éste se debería dar no tanto en el paso de la democracia política a la democracia social, no tanto en la respuesta a la pregunta: “¿quién vota?”, sino en la respuesta a este pregunta: “¿dónde se vota?” En otras palabras, cuando se quiere conocer si ha habido un desarrollo de la democracia en un país dado, habría que ver no si ha aumentado el número de los que tienen el derecho a participar en las decisiones que les afectan sino los espacios en los que pueden ejercitar este derecho. Mientras los dos grandes bloques de poder que existen en las sociedades avanzadas, la empresa y el aparato administrativo, no se vean afectados por el proceso de democratización -aparte de que esto sea, además de posible, también deseable-, éste no puede darse por acabado.
Creo, sin embargo, de un cierto interés observar que en algunos de estos espacios no políticos (en el sentido tradicional de la palabra), por ejemplo en la fábrica, se ha dado alguna vez la proclamación de algunos derechos de libertad en el ámbito del específico sistema de poder, a semejanza de lo que sucedió con las declaraciones de los derechos del ciudadano respecto al sistema del poder político: me refiero, por ejemplo, al estatuto de los trabajadores que se dictó en Italia en 1970, y a las iniciativas en curso para la proclamación de una carta de los derechos del enfermo. También respecto a las prerrogativas del ciudadano frente al Estado, la concesión de los derechos de libertad ha precedido a la de los derechos políticos. Como ya he dicho cuando he hablado de la relación entre Estado liberal y Estado democrático ha sido una consecuencia natural de la concesión de los derechos de libertad, porque la única garantía del respeto de los derechos de libertad está en el derecho a controlar el poder a que corresponde esta garantía.

5. EL PODER INVISIBLE

La eliminación del poder invisible es la quinta promesa no cumplida por la democracia real respecto a la ideal. A diferencia de la relación entre democracia y poder oligárquico, sobre la cual hay una muy rica literatura, el tema del poder invisible ha sido hasta ahora muy poco explorado (entre otras razones porque escapa a las técnicas de investigación empleadas normalmente por los sociólogos, como entrevistas, sondeos de opinión, etc.). Puede ser que yo esté particularmente influenciado por lo que sucede en Italia, donde la presencia del poder invisible (mafia, camorra, logias masónicas anómalas, servicios secretos incontrolados y protectores de los subversivos a los que deberían controlar), es, permítaseme el juego de palabras, visibilísima. Ocurre, sin embargo, que el tratamiento más amplio del tema hasta este momento lo he encontrado en un libro de un estudioso americano, Alan Wolfe, The Limits of Legitimacy, que dedica un capítulo muy documentado a lo que él llama el “doble Estado”, doble en el sentido de que junto a un Estado visible existiría un Estado invisible. Que la democracia naciese con la perspectiva de hacer desaparecer para siempre de las sociedades humanas el poder invisible para dar vida a un gobierno cuyas acciones habrían debido ser llevadas a cabo en público au grand jour (por usar la expresión de Maurice Joly), es bien sabido. Modelo de la democracia moderna fue la democracia de los antiguos, de forma particular la de la pequeña ciudad de Atenas, en los felices días en que el pueblo se reunía en el ágora y tomaba libremente, a la luz del sol, las decisiones propias después de haber escuchado a los oradores que ilustraban los diferentes puntos de vista. Platón para denigrarla (pero Platón era un antidemócrata) la llamó “teatrocracia” (palabra que se encuentra, no por casualidad, también en Nietzsche). Una de las razones de la superioridad de la democracia frente a los estados absolutos que habían revalorizado los arcana imperii y defendían con argumentos históricos y políticos la necesidad de que las grandes decisiones políticas fueran tomadas en los gabinetes secretos, lejos de las miradas indiscretas de la gente, fue la convicción de que el gobierno democrático podría finalmente dar vida a la transparencia del poder, al “poder sin máscara”.

En el Apéndice a la Paz Perpetua Kant enunció e ilustró el principio fundamental según el cual “todas las acciones relativas al derecho de otros hombres, cuyo enunciado no sea susceptible de publicidad, son injustas”, queriendo decir que una acción que estoy obligado a mantener en secreto es ciertamente una acción no sólo injusta sino de una naturaleza tal que, si fuese hecha pública, suscitaría tal reacción que haría imposible su realización: por poner el ejemplo aducido por el mismo Kant, ¿qué Estado podría declarar públicamente, en el mismo momento en qué se estipula una tratado internacional, que no lo observará?, ¿qué funcionario puede declarar abiertamente que usará el dinero público para intereses privados? De este planteamiento del problema resulta que la obligación de la publicidad de los actos de gobierno es importante no sólo, como se suele decir, para permitir al ciudadano conocer los actos de quien detenta el poder y por tanto controlarlos, sino también porque la publicidad es ya por sí misma una forma de control, es un expediente que permite distinguir lo que es lícito de lo que no lo es. No es casualidad que la política de los arcana imperii avanzase pareja con las teorías de la razón de Estado, es decir con las teorías según las cuales es lícito para el Estado lo que no es lícito para los ciudadanos particulares y por tanto el Estado se ve obligado, para no producir escándalo, a actuar en secreto. (Para dar una idea del poderío excepcional del tirano, Platón dice que sólo al tirano le es lícito hacer en público actos escandalosos que los comunes mortales imaginan realizar únicamente en sueños.) No hace falta decir que el control público del poder es mucho más necesario en una época, como la nuestra, en que los instrumentos técnicos de los que puede disponer quien detenta el poder para conocer todo lo que hacen los ciudadanos han aumentado enormemente, son prácticamente ilimitados. Si he manifestado alguna duda de que la computercracia pueda ayudar a la democracia gobernada, no tengo ninguna sobre el servicio que puede prestar a la democracia gobernante. El ideal del poderoso ha sido siempre ver cada gesto y oír cada palabra de sus subordinados (a ser posible sin ser visto ni oído): este ideal es hoy alcanzable. Ningún déspota de la antigüedad, ningún monarca absoluto de la edad moderna, aun rodeado por miles de espías, logró jamás conseguir sobre sus súbditos todas las informaciones que el más democrático de los gobiernos puede obtener con el uso de cerebros electrónicos. La vieja pregunta que recorre toda la historia del pensamiento político: “¿quién vigila a los vigilantes?”, hoy puede repetir con esta otra fórmula: “¿quién controla a los controladores?” Si no se consigue encontrar una respuesta adecuada a esta pregunta, la democracia, como advenimiento del gobierno visible, está pérdida. Más que de una promesa incumplida se trataría en este caso incluso de una tendencia contraria a las premisas: la tendencia no hacia el máximo control de súbditos por parte del poder.

6. EL CIUDADANO NO EDUCADO

La sexta promesa incumplida está relacionada con el aprendizaje de la ciudadanía. En los discursos apologéticos sobre la democracia, de dos siglos a esta parte, no falta nunca el argumento según el cual el único modo de hacer de un súbdito un ciudadano es atribuirle aquellos derechos que los autores de derecho público del siglo pasado llamaron activae civitatis, y el aprendizaje de la democracia se desarrolla con el ejercicio mismo de la práctica democrática. No antes: no antes según el modelo jacobino por el que primero se da la dictadura revolucionaria y después, sólo en un segundo período, el reino de la virtud. No, para el buen demócrata el reino de la virtud (que para Montesquieu constituía el principio de la democracia en contraposición al miedo, principio del despotismo) es la democracia misma que de la virtud, entendida como amor por la cosa pública, no puede prescindir sino que al mismo tiempo la promueve, la alimenta y la refuerza. Uno de los fragmentos más ejemplares a este respecto es el que se encuentra en el capítulo sobre la forma mejor de gobierno de las Consideraciones sobre la democracia representativa de John Stuart Mill, donde distingue entre ciudadanos activos y pasivos y precisa que en general los gobernantes prefieren a los segundos porque es mucho más fácil tener en un puño a los súbditos dóciles o indiferentes, pero que la democracia necesita de los primeros. Si tuviesen que prevalecer los ciudadanos pasivos, concluye, los gobernantes por su gusto harían de sus súbditos un rebaño de ovejas puestas únicamente a pacer la hierba una al lado de otra (y a no lamentarse, añado yo, aunque la hierba sea escasa). Esto le inducía a proponer la ampliación del sufragio a las clases populares en base al argumento de que uno de los remedios a la tiranía de la mayoría radica en hacer participar en las elecciones, además de a las clases acomodadas que constituyen siempre una minoría de la población y tienden naturalmente a procurar por sus propios intereses exclusivos, también a las clases populares. Decía: la participación electoral tiene un gran valor educativo; es a través de la discusión política como el obrero, cuyo trabajo es repetitivo en el angosto horizonte de la fábrica, consigue comprender la relación entre acontecimientos lejanos y su interés personal, establecer relaciones con ciudadanos diferentes de aquellos con los que tiene un trato cotidiano y convertirse en miembro consciente de una comunidad. El aprendizaje de la ciudadanía ha sido uno de los temas preferidos por la ciencia política americana de los años cincuenta, un tema tratado bajo la etiqueta de la “cultura política”, sobre el que se han vertido ríos de tinta que pronto se ha descolorido: entre las muchas distinciones, recuerdo aquella entre cultura de súbditos, es decir orientada hacia los outputs del sistema, hacia los beneficios que el elector espera sacar del sistema político, y cultura participante, esto es orientada hacia los inputs, que es propia de los electores que se consideran potencialmente comprometidos en la articulación de la demandas y en la formación de las decisiones.

Miremos a nuestro alrededor. En las democracias más consolidadas se asiste impotente al fenómeno de la apatía política, que afecta a menudo a cerca de la mitad de los que tienen derecho al voto. Desde el punto de vista de la cultura política son personas que no están orientadas ni hacia los outputs ni hacia los inputs. Simplemente no están interesadas por lo que sucede, como se dice en Italia, con feliz expresión, en el palazzo. Sé bien que pueden darse también interpretaciones benévolas de la apatía política. Pero incluso las interpretaciones más benévolas no pueden hacerme olvidar que los grandes escritores democráticos tendrían dificultades para reconocer en la renuncia a usar el propio derecho un fruto benéfico del aprendizaje de la ciudadanía. En los regímenes democráticos, como el italiano, en los que el porcentaje de votantes es todavía muy alto (pero va disminuyendo en cada elección), hay buenas razones para pensar que iría descendiendo el voto de opinión y aumentando el de intercambio, el voto, por usar la terminología aséptica de los political scientists, orientado hacia los outputs o, por usar una terminología más cruda pero quizás menos mistificadora, clientelista, fundamentado, aunque a menudo ilusoriamente, en el do ut des (apoyo político a cambio de favores personales).

También para el voto de intercambio pueden darse interpretaciones benévolas. Pero no puedo dejar de pensar en Tocqueville, que en un discurso en la Cámara de los Diputados (el 27 de enero de 1848), lamentando la degeneración de las costumbres públicas, por lo que “las opiniones, los sentimientos y las ideas comunes con sustituidas cada vez más por intereses particulares”, se preguntaba, mirando a sus colegas, “si no ha aumentado el número de los que votan por intereses personales y no ha disminuido el voto de quien vota sobre la base de una opinión política”, y calificaba esta tendencia como expresión de “moral baja y vulgar”, siguiendo la cual “quien disfruta de los derechos políticos procura... hacer de ellos un uso personal en interés propio”.

EL GOBIERNO DE LOS TÉCNICOS

Falsa promesas. Pero acaso eran promesas que se podían cumplir. Yo diría que no. Incluso dejando a un lado la diferencia natural, que indique al inicio, entre lo que fue concebido como "noble y elevado" y la "cruda realidad", el proyecto democrático fue pensado para una sociedad mucho menos compleja que la que hoy tenemos. Las promesas no fueron cumplidas debido a los obstáculos que no fueron previstos o que sobrevinieron luego de las "transformaciones" (en este caso creo que el término "transformaciones" sea correcto) de la sociedad civil. Indico tres.

Primero: conforme las sociedades pasaron de una economía familiar a una economía de mercado, y de una economía de mercado a una economía protegida, regulada, planificada, aumentaron los problemas políticos gire requirieron capacidad técnica. Los problemas técnicos necesitan de expertos, de un conjunto cada vez más grande de personal especializado. De esto ya se había dado cuenta hace más de un siglo Saint-Simon quien era favorable al gobierno de los científicos y no de los juristas. Con el progreso de los instrumentos de cálculo que Saint-Simon no pudo ni remotamente imaginar, y que sólo los expertos son capaces de usar, la exigencia del llamado gobierno de los técnicos ha aumentado considerablemente.

La tecnocracia y la democracia son antitéticas: si el protagonista de la sociedad industrial es el experto, entonces quien lleva el papel principal en dicha sociedad no puede ser el ciudadano común y corriente. La democracia se basa en la hipótesis de que todos pueden tomar decisiones sobre todo; por el contrario, la tecnocracia pretende que los que tomen las decisiones sean los pocos que entienden de tales asuntos. En los tiempos de los Estados absolutos, como dije, el vulgo debía ser alejado de los arcana imperii porque se le consideraba demasiado ignorante; ciertamente hoy el vulgo es menos ignorante pero los problemas que hay que resolver, como la lucha contra la inflación, el pleno empleo, la justa distribución de la riqueza, ¿no se han vuelto cada vez más complejos?, ¿no son estos problemas tan complicados que requieren conocimientos científicos y técnicos que el hombre medio de hoy no puede tener acceso a ellos (aunque esté más instruido)?

EL AUMENTO DEL APARATO

El segundo obstáculo imprevisto y que sobrevino es el crecimiento continuo del aparato burocrático, de un aparato de poder ordenado jerárquicamente, del vértice a la base, y en consecuencia diametralmente opuesto al sistema de poder democrático. Si consideramos el sistema político como una pirámide bajo el supuesto de que en una sociedad existan diversos grados de poder, en la sociedad democrática el poder fluye de la base al vértice; en una sociedad burocrática, por el contrario. se mueve del vértice a la base.

Históricamente, el Estado democrático y el Estado burocrático están mucho más vinculados de lo que su contraposición pueda hacer pensar. Todos los Estados que se han vuelto más democráticos se han vuelto a su vez más burocráticos, porque el proceso de burocratización ha sido en gran parte una consecuencia del proceso de democratización. La prueba está en que hoy el desmantelamiento del Estado benefactor que ha necesitado de un aparato burocrático que nunca antes se había conocido, esconde el propósito, no digo de desmantelar sino de reducir, bajo límites bien precisos, el poder democrático. Es conocido el porqué jamás la democratización y la burocratización pudieron caminar juntas; asuntos que por lo demás ya había visto Max Weber. Cuando los que tenían el derecho de votar eran solamente los propietarios, era natural que pidiesen al poder público que ejerciera una sola función fundamental, la protección de la propiedad. De aquí nació la doctrina del Estado limitado, del Estado policía. o, como hoy se dice, del Estado mínimo, y la configuración del Estado como asociación de los propietarios para la defensa de aquel supremo Derecho natural que era precisamente para Locke el Derecho de propiedad. Desde el momento en que el voto fue ampliado a los analfabetos era inevitable que éstos pidiesen al Estado la creación de escuelas gratuitas, y, por tanto, asumir un gasto que era desconocido para el Estado de las oligarquías tradicionales y de la primera oligarquía burguesa. Cuando el derecho de votar también fue ampliado a los no propietarios, a los desposeídos, a aquellos que no tenían otra propiedad más que su fuerza de trabajo, ello trajo como consecuencia que éstos pidiesen al Estado la protección contra la desocupación y, progresivamente, seguridad social contra las enfermedades, contra la vejez, previsión en favor de la maternidad, vivienda barata, etc. De esta manera ha sucedido que el Estado benefactor, el Estado social, ha sido, guste o no guste, la respuesta a una demanda proveniente de abajo, a una petición, en el sentido pleno de la palabra, democrática.

EL ESCASO RENDIMIENTO

El tercer obstáculo está íntimamente relacionado con el tema del rendimiento del sistema democrático en su conjunto: un problema que en estos últimos años ha dado vida al debate sobre la llamada "ingobernabilidad" de la democracia. ¿De qué se trata? En síntesis, primero el Estado liberal y después su ampliación, el Estado democrático, han contribuido a emancipar la sociedad civil del sistema político. Este proceso de emancipación ha hecho que la sociedad civil se haya vuelto cada vez más una fuente inagotable de demandas al gobierno, el cual para cumplir correctamente sus funciones debe responder adecuadamente pero, ¿cómo puede el gobierno responder si las peticiones que provienen de una sociedad libre y emancipada cada vez son más numerosas, cada vez más inalcanzables, cada vez más costosas? He dicho que la condición necesaria de todo gobierno democrático es la protección de las libertades civiles: la libertad de prensa, la libertad de reunión y de asociación, son vías por medio de las cuales el ciudadano puede dirigirse a sus gobernantes para pedir ventajas, beneficios, facilidades, una más equitativa distribución de la riqueza, etcétera. La cantidad y la rapidez de estas demandas son tales que ningún sistema político, por muy eficiente que sea, es capaz de adecuarse a ellas. De aquí deriva el llamado "sobrecargo" y la necesidad en la que se encuentra el sistema político de tomar decisiones drásticas; pero una alternativa excluye a la otra. El tomar una alternativa no satisface sino crea descontento.

Además, la rapidez con la que se presentan las demandas al gobierno por parte de los ciudadanos, está en contraste con la lentitud de los complejos procedimientos del sistema político democrático, por medio de los cuales la clase política debe tomar las decisiones adecuadas. De esta manera se crea una verdadera y propia ruptura entre el mecanismo de recepción y el de emisión, el primero con un ritmo cada vez más acelerado, el segundo con uno cada vez más lento. Precisamente, al contrario de lo que sucede en un sistema autocrático que es capaz de controlar la demanda habiendo sofocado la autonomía de la sociedad civil, y es mucho más rápido en la respuesta en cuanto no tiene que respetar los complejos procedimientos decisionales como los del sistema parlamentario. En conclusión, en la democracia la demanda es fácil y la respuesta difícil; por el contrario, la autocracia tiene la capacidad de dificultar la demanda y dispone de una gran facilidad para dar respuestas.

SIN EMBARGO

Después de lo dicho hasta aquí, cualquiera podría esperarse una visión catastrófica del porvenir de la democracia. Nada de esto. Con respecto a los años comprendidos entre la primera y la segunda Guerra Mundial, que Elle Halévy llamó la "era de los tiranos" en su famoso libro que lleva tal nombre, en estos últimos cuarenta años el espacio de los regímenes democráticos ha aumentado progresivamente. Ejemplo de lo antes expuesto lo podemos encontrar en el libro de Juan Linz titulado “La caduca de¡ regimi democratici”, que toma los datos informativos principalmente de los años posteriores a la primera Guerra Mundial, y el de Julián Santamaría, Transizione alla democrazia nell'Europa del sud e nell'America Latina, que los toma de los años posteriores a la segunda. Al terminar la segunda Guerra Mundial bastaron pocos años a Italia -diez a Alemania- para derribar el Estado parlamentario; después que la democracia fue restaurada, pasada la segunda guerra, no ha vuelto a ser derrotada, al contrario, en algunos países fueron derrocados los gobiernos autoritarios. Incluso en un país con democracia no gobernante o mal gobernante, como Italia, la democracia no corre serios peligros, aunque digo esto con un cierto temor.

Se comprende que hablo de los peligros internos, de los peligros que pueden venir del extremismo de derecha o del de izquierda. En la Europa oriental, donde los regímenes democráticos fueron sofocados al nacer y todavía no logran nacer, la causa fue y continúa siendo externa. En mi análisis me he ocupado de las dificultades internas de la democracia, no de las externas que dependen de la colaboración de los diversos países en e sistema internacional. Ahora bien, mi conclusión es que las falsas promesas y los obstáculos imprevistos de los que me he ocupado no ha sido capaces de "transformar" un régimen democrático en un régimen autocrático. La diferencia sustancial entre unos y otros permanece. El contenido mínimo del Estado democrático no ha decaído: garantía de los principales derechos de libertad, existencia de varios partidos en competencia, elecciones periódicas y sufragio universal, decisiones colectivas o concertadas (en las democracias coasociativas o en el sistema neocorporativo) o tomadas con base en el principio de mayoría, de cualquier manera siempre después del debate libre entre las partes o entre los aliados de una coalición de gobierno. Existen democracias más sólidas o menos sólidas, más vulnerables o menos vulnerables; hay diversos grados de aproximación al modelo ideal, pero aun la más alejada del modelo no puede ser de ninguna manera confundida con un Estado autocrático y mucho menos con uno totalitario.

No hablé de los peligros externos, porque el tema que se me asignó se refería al porvenir de la democracia. no al de la humanidad, sobre el que debo confesar que no estoy dispuesto a hacer ninguna apuesta. Parodiando el título de nuestro congreso: - “Ya comenzó el futuro", alguien con humor negro podría preguntarse: "¿y si en cambio el futuro ya hubiese terminado?"-

Pero al menos me parece que puedo hacer una constatación final, aunque sea un poco arriesgada hasta ahora ninguna guerra ha estallado entre los Estados que tienen un régimen democrático, lo que no quiere decir que los Estados democráticos no hayan hecho guerras, sino que hasta ahora no las han hecho entre ellos. He dicho, la observación es temeraria, pero espero una réplica. ¿Tuvo razón Kant cuando proclamó como primer artículo definitivo de un posible tratado para la paz perpetua que "la Constitución de todo Estado debe ser republicana? Ciertamente el concepto de "república" al que Kant se refiere no coincide con el actual de "democracia"; pero la idea de que la construcción interna los Estados fuese obstáculo para la guerra, entre ellos es una idea fuerte, fecunda, inspiradora de muchos proyectos pacifistas que se han presentado desde hace dos siglos, aunque no han tenido una aplicación práctica. Las objeciones contra el principio de Kant siempre han derivado del no haber entendido que tratándose de un principio universal, éste tiene validez solamente si todos los Estados y no pocos o algunos asumen la forma de gobierno requerida para el logro de la paz perpetua.

APELO A LOS VALORES

Para terminar, es necesario dar una respuesta a la pregunta fundamental, a la pregunta que he oído repetir frecuentemente, sobre todo entre los jóvenes, tan fáciles a las ilusiones como a las desilusiones: si la democracia es principalmente un conjunto de reglas procesales ¿cómo creer que pueda contar con "ciudadanos activos"? Para tener ciudadanos activos ¿no es necesario tener ideales? Ciertamente son necesarios los ideales. Pero ¿cómo es posible que no se den cuenta de cuáles han sido las grandes luchas ideales que produjeron esas reglas? ¿Intentamos enumerarlas?

El primero que nos viene al encuentro por los siglos de crueles guerras de religión es el ideal de la tolerancia. Si hoy existe la amenaza contra la paz del mundo, ésta proviene una vez más, del fanatismo, o sea, de la creencia ciega en la propia verdad y en la fuerza capaz de imponerla. Es inútil dar ejemplos, los tenemos frente a nosotros todos los días. Luego tenemos el ideal de la no violencia, jamás he olvidado la enseñanza de Karl Popper, de acuerdo con la cual, lo que esencialmente distingue a un gobierno democrático de uno no democrático es que solamente en el primero los ciudadanos se pueden deshacer de sus gobernantes sin derramamiento de sangre.

Las frecuentemente chuscas reglas formales de la democracia introdujeron, por primera vez en la historia de las técnicas de convivencia, la resolución de los conflictos sociales sin recurrir a la violencia. Solamente allí donde las reglas son respetadas el adversario ya no es un enemigo (que debe ser destruido), sino un opositor que el día de mañana podrá tomar nuestro puesto. Tercero, el ideal de la renovación gradual de la sociedad mediante el libre debate de las ideas y el cambio de la mentalidad y la manera de vivir: únicamente la democracia permite la formación y la expansión de las revoluciones silenciosas, como ha sido en estas últimas décadas la transformación de la relación entre los sexos, que es quizá la mayor revolución de nuestro tiempo. Por último, el ideal de la fraternidad (la fraternité de la Revolución francesa). Gran parte de la historia de la humanidad es la historia de las luchas fratricidas. Hegel (y de esta manera termino con el autor con el que comencé) en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia, definió la historia como un "inmenso matadero". ¿Podemos contradecirlo? En ningún país del mundo el método democrático puede durar sin volverse una costumbre. ¿Pero puede volverse una costumbre sin el reconocimiento de la fraternidad que une a todos los hombres en un destino común? Un reconocimiento, tan necesario hoy, que nos volvemos cada vez más conscientes de este destino común y deberíamos, por la poca luz de razón que ilumina nuestro camino, actuar en consecuencia.

DERECHA E IZQUIERDA - Norberto Bobbio

Razones y significados de una distinción política
Editorial TAURUS – junio de 1995

Capítulo V – Otros criterios de distinción.

1. Entre los estudiosos italianos, el que ha vuelto con mas frecuencia sobre el tema y merece por lo tanto atención dado su sutil espíritu analítico, es Dino Cofrancesco, según el cual si con la desacralización del Marxismo-Leninismo se acabo para siempre la lectura maniquea de la oposición derecha izquierda, ésta no resulta del todo carente de sentido: “La liberación del hombre del poder injusto v opresivo [...] sigue siendo, pensándolo bien, el quid de la cuestión de la izquierda como "categoría de lo político" capaz de resistir a cualquier proceso de desmitificación. Además, también la derecha representa una modalidad de lo humano puesto que expresa el “arraigo en la base de la naturaleza y de la historia", la “defensa del pasado, de la tradición, de la herencia”. No es lo sagrado, según Laponce, sino la tradición lo que asume una función preeminente en la definición de la derecha propuesta en esta nueva interpretación, mientras que el rasgo característico de la izquierda sería el concepto, que es a la vez un valor (y, corno «tradición», un valor positivo) de emancipación. La referencia a la tradición entendida de manera diversa, y analizada en sus distintos significados, sería, entonces, un rasgo constante de la dicotomía derecha-izquierda.

Sobre lo que el autor insiste, a mi parecer justamente, es sobre la legitimidad de la dicotomía, en contra de todos los detractores viejos y nuevos, y sobre lo que se detiene, especialmente en un contexto histórico, donde ha sido discutida la derecha más que la izquierda, es en la búsqueda de una redefinición, antes que de la izquierda, de la derecha. Una definición para ser no contingente, no ocasional, no subordinable a la variedad de posiciones históricamente determinadas, debe moverse, según el autor, hacia la determinación de la actitud mental, de la idea inspiradora, en una palabra del «alma» de quien se declara de derechas (lo que naturalmente es válido, incluso para el que se declara de izquierdas). El alma de la derecha puede ser expresada sintéticamente con el lema: «Nada fuera ni en contra de la tradición, todo en y por la tradición». Si después se constata la existencia de distintas modalidades de la derecha, esto depende de los distintos significados de «tradición». Cofrancesco indica seis de ellos: como arquetipo, como asunción ideal de una época axial, o decisiva, en la historia de la humanidad, como fidelidad a la nación, como memoria histórica, como comunidad de destino, y finalmente como conciencia de la complejidad de lo real. Detrás de estas distintas acepciones del término se vislumbran distintos movimientos, o también tan sólo distintas tomas de posición personal, pero el alma común puede explicar cómo puede producirse históricamente el paso, según los distintos momentos, de la una a la otra. Por poner un ejemplo, el trasvase «en los años entre las dos guerras mundiales, de no pocos militantes políticos de la derecha conservadora a la tradicionalista y de ésta a la totalitaria».

A lo que apunta Cofrancesco no es tanto a la recopilación de un repertorio de opiniones, que son en su mayoría interesadas, pasionales, marcadas ideológicamente, de personas o grupos que se declaran de derecha o de izquierda, como a la elaboración de una distinción «crítica» de los dos conceptos, entendiendo por crítica un análisis valorativo, o puramente descriptivo, capaz de renunciar o cargar los términos en cuestión de significados de valor que se excluyen mutuamente, y que tenga bien presente que derecha e izquierda no son conceptos absolutos sino históricamente relativos, o sea «sólo dos maneras posibles de catalogar los distintos ideales políticos», y por lo tanto «ni los únicos ni siempre los más relevantes». El «uso crítico» de los dos conceptos es posible, según Cofrancesco, sólo si se renuncia a concebirlos como indicadores de totalidades históricas concretas, y se los interpreta como actitudes de fondo, como intenciones, según la definición de Karl Mannheim. En otras palabras, se pueden explicar ciertas confusiones, o superposiciones, que inducen a considerar que la distinción sea originariamente inexacta, o resulte inútil en un determinado contexto histórico, donde hombres de derecha y de izquierda se encuentran en el mismo campo de batalla, sólo si los dos términos se utilizan en sentido débil para designar una actitud política, y, en cambio, no se interpretan como la expresión de una vocación que permanece constante más allá de los sistemas de gobierno adoptados, me atrevería a decir -aunque la palabra no es utilizada por nuestro autor pero ha llegado a ser usada ampliamente en una cierta historiografía- de una «mentalidad».

Desde el punto de vista, así precisado, «el hombre de derecha es el que se preocupa, ante todo, de salvaguardar la tradición; el hombre de izquierda, en cambio, es el que entiende, por encima de cualquier cosa, liberar a sus semejantes de las cadenas que les han sido impuestas por los privilegios de raza, de casta, de clase, etcétera». «Tradición» y «emancipación» pueden ser interpretadas también como metas últimas o fundamentales, y como tales irrenunciables, tanto por una parte como por la otra: se pueden alcanzar con distintos medios según los tiempos y las situaciones. Ya que los mismos medios pueden ser adoptados unas veces por la izquierda y otras por la derecha, resultaría consecuentemente que derecha e izquierda pueden encontrarse e incluso intercambiarse las partes, sin que por eso tengan que dejar de ser lo que son. Sin embargo, a raíz de este posible encuentro sobre el uso de ciertos medios, nacen las confusiones de las que sacan motivo los que se oponen a la distinción.

Con apropiados ejemplos históricos, Cofrancesco examina algunos temas que, en contra de afirmaciones apresuradas y perjudicadas, no son por sí mismos ni de derecha ni de izquierda, ya que pertenecen a las dos partes, incluso en su esencial contraposición que no queda anulada por dicha pertenencia: el militarismo, el laicismo, el anticomunismo, el individualismo, el progreso técnico, el recurso a la violencia. Se trata, como se puede ver, de una distinción entre la diferencia esencial que es la que concierne a la inspiración ideal, la intención profunda, la mentalidad, y a una serie de diferencias no esenciales o sólo presuntamente esenciales, a menudo utilizadas como armas polémicas en la lucha política contingente, que, tomadas por esenciales, se utilizan para dar falsas respuestas a la pregunta sobre la naturaleza de la díada, y para negarla cuando parece momentáneamente fallar en una situación específica. Que la relación entre diferencia esencial y diferencias no esenciales pueda solventarse en la distinción entre un valor final constante y valores instrumentales variables, y por lo tanto intercambiables, se puede deducir de la afirmación que «libertad y autoridad, bienestar y austeridad, individualismo y antiindividualismo, progreso técnico e ideal artesano, se consideran, en los dos casos, como valores instrumentales, o sea que hay que promover y rechazar según la contribución que ellos pueden dar, respectivamente, al fortalecimiento de la tradición y a la emancipación de algún privilegio».

A esta distinción basada en la mentalidad, Cofrancesco añade, sin contraponerla, otra distinción basándose en dos actitudes no valorativas sino cognoscitivas, llamando a una romántica o espiritualista, y a la otra clásica o realista. Esta última es la actitud del espectador crítico, mientras que la primera es la del que vive la política sentimentalmente. De las seis grandes ideologías nacidas entre los siglos XIX y XX, tres son clásicas, el conservadurismo, el liberalismo, el socialismo científico; tres son románticas, el anarco-libertarismo, el fascismo (y el radicalismo de derechas), el tradicionalismo.

Una vez precisado que estas seis ideologías agotan el campo de acción, por lo menos como tipos ideales, el paso siguiente que da nuestro autor es la constatación de que la distinción entre derecha e izquierda y la que se da entre tipos clásicos y románticos no coinciden. Poniendo a prueba su posible combinación, se llega a la conclusión de que son de derechas dos ideologías románticas, el tradicionalismo y el fascismo, y una clásica, el conservadurismo; son de izquierdas una romántica, el aparco - libertarismo, una clásica, el socialismo científico; mientras que la restante clásica, el liberalismo, es de derechas y de izquierdas según los contextos.

Mientras que frente a la díada derecha-izquierda Cofrancesco no toma posición, y parece juzgarla imparcialmente como historiador y analista político, no oculta su preferencia por la manera clásica de ponerse frente a la díada derecha-izquierda, respecto a la romántica. Parece casi querer decir: a mí no me importa tanto la contraposición entre derecha e izquierda, como la elección de la posición en el ámbito del modo clásico y no del romántico. Sobre todo, cuando se trata de tomar posición en el concreto debate político italiano, y elegir la parte o las partes donde debería situarse el intelectual.

También en las páginas de un autor que rechaza el discurso ideológico para profundizar en un discurso crítico y analítico, aflora y, añado yo, no puede dejar de aflorar, en el tratamiento de un tema tan comprometido políticamente como es este de la contestadísima, pero siempre inminente, díada un diseño ideal: «La cultura política italiana debe volver a acostumbrarse al sentido de las distinciones, a la pasión analítica, al gusto de las clasificaciones y debe perder, en cambio, la predisposición a firmar manifiestos, a comprometerse abiertamente incluso cuando los objetos de la disputa son confusos y los datos de que dispone inciertos y controvertidos». Es como decir que la manera misma de abordar el tema de la díada, con método analítico y no con espíritu partidista, es ya de por sí índice de una orientación política, que es algo diferente de la distinción entre derecha e izquierda, pero que es por sí misma una toma de posición política, un definirse, y una sugerencia de definición por una parte en lugar de por la otra.

Cabe preguntarse si el binomio, tal y cono ahora se ha vuelto a definir (por un lado la tradición, por otro la emancipación), es verdaderamente un binomio de contrarios, como debería ser si el binomio debe servir para representar el universo antagónico de la política. El opuesto de tradición debería ser no ya emancipación, sino 'innovación. Y, recíprocamente, el opuesto de emancipación debería ser no ya tradición o conservación sino orden impuesto desde lo alto, gobierno paternalista o similares. Desde luego, los dos binomios de contrarios, tradición-innovación, y conservación-emancipación, acabarían proponiendo la distinción habitual, no muy original, entre conservadores y progresistas, considerada por lo menos idealmente como propia del sistema parlamentario, como división principal entre dos grupos parlamentarios contrapuestos. Sin embargo, el desplazamiento hacia la derecha sobre un término noble como tradición, en vez de conservación y orden jerárquico, y, hacia la izquierda, sobre un término igualmente noble como emancipación, en vez de innovación, se puede considerar un indicador de aquella actitud crítica, intencionadamente no ideológica, que el autor se ha impuesto desde el comienzo de su investigación, aunque le haya hecho correr el riesgo de utilizar dos términos axiológicamente positivos en vez de poner en duda la contraposición y hacer así de dos términos, más que dos opuestos, dos distintos, uno positivo y uno negativo1.

2. Mientras Cofrancesco parte de la necesidad de distinguir el elemento esencial del binomio de los no esenciales, Elizabeth Galeotti parte de la exigencia preliminar de distinguir los contextos en los que el binomio se utiliza, que serían los cuatro siguientes: el lenguaje ordinario, el de la ideología, el análisis histórico-sociológico, el estudio del imaginario social (incluyendo aquí la obra de Laponce, ampliamente comentada).

El punto de vista donde se mueve esta nueva intérprete de la distinción es el del análisis ideológico, y una vez más el fin del análisis es el de encontrar los conceptos más comprensivos y exhaustivos que permitan clasificar con la máxima simplificación, y al mismo tiempo amplitud, las ideologías dominantes de los últimos dos siglos. Volviendo en parte a las conclusiones de Laponce, los dos términos elegidos son «jerarquía» para la derecha, «igualdad» para la izquierda. Incluso en este caso la oposición no es lo que cabría esperar. ¿Por qué «jerarquía» y no «desigualdad»?

La autora se preocupa por el hecho de que el uso del término menos fuerte «desigualdad», antes que el más fuerte «jerarquía», traslade sin razón hacia la derecha la ideología liberal, que, pese a no acoger todas las ideas de igualdad que habitualmente caracterizan la izquierda, y pudiendo así ser llamada bajo ciertos aspectos antiigualitaria, no se puede confundir con las ideologías según las cuales la desigualdad entre los hombres es natural, intrínseca, no eliminable, y que por lo tanto deben ser llamadas más correctamente «jerárquicas», y no «no igualitarias». Sería como decir que existen distintos tipos de desigualitarismo: depende del género de desigualdades que cada uno acepte y rechace. Las desigualdades sociales que el liberalismo tolera serían cualitativamente distintas de las desigualdades a las que hace referencia el pensamiento jerárquico. Una sociedad liberal, donde la libertad de mercado genera desigualdades, no es una sociedad rígidamente jerarquizada.

La distinción entre desigualitarismo liberal y desigualitarismo autoritario está clara, y es bueno haberla puesto de relieve. Que esta distinción tenga que ver con la distinción entre derecha e izquierda, en mi opinión es más discutible. No tanto discutible como opinable. Un lenguaje como el político es ya de por sí poco riguroso, al componerse en gran parte de palabras sacadas del lenguaje común, y además poco riguroso desde el punto de vista descriptivo, está compuesto de palabras ambiguas y quizás incluso ambivalentes, respecto a su connotación de valor. Piénsese en las distintas cargas emotivas a las que corresponde, ya sea en quien la pronuncia ya sea en quien la recibe, la palabra «comunismo», según aparezca en el contexto de un discurso de un comunista o de un anticomunista. En toda discrepancia política la opinión, entendida como expresión de un convencimiento, no importa si privado o público, individual o de grupo, tiene sus raíces en un estado de ánimo de simpatía o de antipatía, de atracción o de aversión, hacia una persona o hacia un acontecimiento: como tal es ineliminable, y se insinúa en todas las partes, y si no se percibe siempre es porque intenta esconderse y permanecer escondido a veces incluso para quien lo manifiesta. Que se haga una injusticia al liberalismo si se lo coloca a la derecha en lugar de a la izquierda es una opinión que deriva, en quien la expresa, de un uso axiológicamente positivo de «liberalismo» y al mismo tiempo de un uso axiológicamente negativo de «jerarquía».

El discurso sobre derecha e izquierda que estoy analizando nació en el ámbito de una investigación sobre la nueva derecha radical, llevado a cabo por estudiosos que sienten hacia ella una profunda (e, incluso en mi opinión, bien justificada) aversión. Al mismo tiempo la autora no ha escondido nunca sus simpatías por el pensamiento liberal. Mientras que el contexto de la investigación es tal que induce a acentuar los aspectos negativos de la derecha, la actitud de quien interroga es la de considerar al liberalismo como una ideología positiva. Puede surgir la sospecha de que el desplazamiento del criterio de distinción entre derecha e izquierda desde el concepto de «desigualdad» al de «jerarquía» sea una estratagema, aunque inconsciente, para evitar que caiga sobre el liberalismo la condena que se suele hacer recaer, en una determinada situación histórica, sobre la derecha.

De las opiniones no se discute. Sólo se puede observar históricamente que desde que surgieron los partidos socialistas en. Europa las ideologías y los partidos liberales están considerados en el lenguaje común ideologías y partidos o de derecha (distinto sería el caso de los liberales americanos), como en Italia y en Francia, o de centro como en Inglaterra o Alemania. Por eso podría llegar a la conclusión de que habría que poner en duda la oportunidad de sustituir un criterio de contraposición simple y claro como el de igualdad-desigualdad, por un criterio menos comprensivo y por lo tanto menos convincente como igualdad jerarquía, únicamente para salvar de un juicio negativo la ideología predilecta. Éste me parece otro caso, interesante y bastante significativo, de la combinación de una actitud analítica con una ideológica, de la que se ha hablado en el párrafo anterior. Un caso que muestra, una vez más, suponiendo que hiciese falta, la dificultad intrínseca del problema, y las muchas razones de la inadmisibilidad de la díada, de la que hemos discutido en el primer capítulo.

Más que discutir de una opinión, quizás es útil intentar comprender sus motivaciones. Ya que la causa principal de la correlación estriba, en mi opinión, en el haber restringido el espacio de la derecha a la derecha desestabilizadora, la salvación, si así puede decirse, de la ideología liberal se hubiera podido conseguir con una estratagema diferente, es decir, distinguiendo una derecha desestabilizadora de una derecha moderada, a la cual por otra parte corresponderían una izquierda moderada y una desestabilizadora: una solución que tendría la doble ventaja de no forzar el lenguaje común y de no usar un criterio de distinción, en mi opinión, desequilibrado.

Galeotti afronta otro problema de gran interés, sobre el cual el escaso espíritu analítico con que habitualmente se abordan los problemas políticos ha producido gran confusión: el problema de la «diferencia». Se dice que el descubrimiento de «lo distinto», tema por excelencia de los movimientos feministas, habría puesto en crisis el binomio derecha-izquierda. La autora observa justamente que no es así: la presencia de lo distinto es compatible tanto con la ideología de derechas, como es natural, como con la de izquierdas, ya que el igualitarismo, o sea la nivelación de toda diferencia, es sólo el límite extremo, más ideal que real, de la izquierda. La igualdad de la que habla la izquierda es casi siempre una igualdad «secundum quid», pero nunca es una igualdad absoluta.

Es increíble cuán difícil resulta dar a entender que el descubrimiento de una diversidad no tiene ninguna relevancia respecto al principio de justicia, que, afirmando que los iguales deben ser tratados de manera igual y los desiguales de manera desigual, reconoce que junto a los que se consideran iguales existen los que se consideran desiguales o distintos. Por lo cual preguntarse quiénes son los iguales, y quiénes los desiguales, es un problema histórico, imposible de resolver de una vez por todas, ya que los criterios que se adoptan en cada momento para unir los distintos en una categoría de iguales o separar los iguales en una categoría de distintos, son variables. El descubrimiento de lo distinto es irrelevante con respecto al problema de la justicia, cuando se demuestre que se trata de una diversidad que justifica un tratamiento distinto. La confusión es tal que la revolución igualitaria más grande de nuestra época, la femenina, gracias a la cual en las sociedades más avanzadas las mujeres han adquirido la igualdad de derechos en muchísimos campos, empezando por la esfera política hasta llegar a la familiar, y acabando con la laboral, ha sido realizada por movimientos que ponían especialmente en evidencia, de una manera muy polémica, la diversidad de las mujeres.

La categoría de «lo distinto» no tiene ninguna autonomía analítica respecto al tema de la justicia por la simple razón de que no sólo las mujeres son distintas a los hombres, sino que cada mujer y cada hombre son distintos entre sí. La diversidad se hace relevante cuando está en la base de una discriminación injusta. Pero, que la discriminación sea injusta, no depende del hecho de la diversidad sino del reconocimiento de la inexistencia de buenas razones para un tratamiento desigual.

3. También las diversas reflexiones históricas y críticas sobre la derecha-izquierda de Marco Revelli nacen, como las de Elizabeth Galeotti, con ocasión del debate sobre la «nueva derecha».

La amplitud del horizonte histórico que ha explorado Revelli y la amplitud de las elaboraciones sobre el argumento considerado no tienen precedentes. Como ya he dicho en otras ocasiones, una de las razones de la crisis de la díada está en la refutación que de ella han hecho los restauradores de una derecha que después de la derrota del fascismo parecía estar en dificultades. En realidad, el nacimiento de una nueva derecha era de por sí una confirmación de la vieja díada: el término «derecha» designa la parte de un binomio cuya otra parte es «izquierda». Como ya he repetido muchas veces, no hay derecha sin izquierda, y viceversa.

También Revelli se interroga sobre las diferentes argumentaciones que se han adoptado para negar la distinción: y son argumentaciones históricas, políticas, conceptuales y así sucesivamente. Convencido de la complejidad del problema, examina los distintos puntos de vista desde los que se puede observar la diferencia y distingue oportunamente los diversos criterios basándose en los cuales puede ser afirmada, y que han sido adoptados históricamente4.

Su amplio conocimiento de los complejos acontecimientos del debate le lleva a examinar el problema bajo todos los aspectos que hasta ahora han sido considerados y a proponer una fenomenología completa. Por lo que concierne a la naturaleza de la distinción, que es un problema preliminar, sobre el cual también los precedentes autores han dado su opinión, Revelli insiste sobre un punto que merece comentarse.

Los dos conceptos «derecha» e «izquierda» no son conceptos absolutos. Son conceptos relativos. No son conceptos substantivos y ontológicos. No son calidades intrínsecas del universo político. Son lugares del «espacio político». Representan una determinada topología política, que no tiene nada que ver con la ontología política: «No se es de derecha o de izquierda, en el mismo sentido en que se dice que se es –comunista", o "liberal" o "católico». En otros términos, derecha e izquierda no son palabras que designen contenidos fijados de una vez para siempre. Pueden designar diferentes contenidos según los tiempos y las situaciones. Revelli pone el c ejemplo del trasvase de la izquierda del siglo XIX desde el movimiento liberal al democrático y al socialista. Lo que es de izquierda lo es con respecto a lo que es de derecha. El hecho de que derecha e izquierda representen una oposición quiere decir simplemente que no se puede ser al mismo tiempo de derecha y cíe izquierda. Pero no quiere decir nada sobre el contenido de las dos partes contrapuestas. La oposición permanece, aunque los contenidos de los dos opuestos puedan cambiar.

Llegados a este punto se puede incluso afirmar que izquierda y derecha son términos que el lenguaje político ha venido adoptando a lo largo del siglo XIX hasta nuestros días, para representar al universo conflictivo de la política. Sin embargo este mismo universo puede ser representado, y de hecho ha sido representado en otros tiempos, por otros binomios de opuestos, de los cuales algunos tienen un fuerte valor descriptivo, como «progresistas» y «conservadores», otros tienen un valor descriptivo débil, como «blancos» y «negros». También el binomio blancos-negros indica únicamente una polaridad, o sea significa sólo que no se puede ser a la vez blancos y negros, pero no deja entrever en absoluto cuáles son las orientaciones políticas de unos y de otros. La relatividad de dos conceptos se demuestra también observando que la indeterminación de los contenidos, y por tanto su posible movilidad, hace que una cierta izquierda respecto a una derecha pueda convertirse, con un desplazamiento hacia el centro, en una derecha respecto a la izquierda que se ha quedado parada, y, simétricamente, una cierta derecha que se desplaza hacia el centro se convierte en una izquierda respecto a la derecha que no se ha movido. En la ciencia política se conoce el fenómeno del «izquierdismo», como el simétrico del «derechismo», según el cual la tendencia al desplazamiento hacia las posiciones extremas tiene como efecto, en circunstancias de especial tensión social, la formación de una izquierda más radical a la izquierda de la izquierda oficial, y de una derecha más radical a la derecha de la derecha oficial: el extremismo de izquierda traslada más a la derecha la izquierda, así como el extremismo de derecha traslada más a la izquierda la derecha.

La insistencia, por otra parte bien justificada, sobre la imagen espacial del universo político que surge del uso metafórico de «derecha» e «izquierda», requiere una nueva observación: cuando se dice que los dos términos del binomio constituyen una antítesis, dando por válida esta metáfora, nos viene a la mente una medalla y su reverso, sin que resulte perjudicada la colocación de la derecha en el anverso y de la izquierda en el reverso, o viceversa. Las expresiones familiares que se utilizan para representar esta colocación son «de aquí», y «de allá», «de una parte» y «de la otra», «por una parte», «por otra». Los ejemplos que se han dado antes de desplazamiento de la izquierda hacia la derecha y viceversa, sitúan, sin embargo, la derecha y la izquierda no la una en contra de la otra, sino la una después de la otra en una línea continua que permite pasar de la una a la otra gradualmente. Como observa Revelli, la única imagen que no permite la díada es la de la esfera, o la del círculo: de hecho, si se dibuja el círculo de izquierda a derecha, cada punto está a la derecha del siguiente y a la izquierda del anterior; inversamente, si de derecha a izquierda. La diferencia entre la metáfora de la medalla y la del círculo es que la primera representa el universo político dividido en dos, o dual; la segunda permite una imagen plural, hecha de varios segmentos alineados en una misma línea. Revelli observa justamente que un sujeto que ocupara todo el espacio político cancelaría toda distinción entre derecha e izquierda: lo que en realidad ocurre en un régimen totalitario, en cuyo interior no es posible ninguna división. Puede ser, como mucho, considerado de derecha o de izquierda cuando se lo compare con otro régimen totalitario.

Una vez se haya considerado y aceptado que derecha e izquierda son dos conceptos espaciales, que no son conceptos ontológicos, y que no tienen un contenido determinado, específico y constante en el tiempo, ¿hay que sacar la conclusión de que son cajas vacías que se pueden llenar con cualquier mercancía?

Examinando las interpretaciones anteriores, no podemos evitar constatar que, a pesar de las diversidades de los puntos de partida y de las metodologías utilizadas, existe entre ellos cierto aire familiar, que a menudo los hace aparecer como variaciones de un único tema. El tema que reaparece en todas las variaciones es el de la contraposición entre visión horizontal o igualitaria de la sociedad, y visión vertical o no igualitaria. De los dos términos, el primero es el que ha mantenido un valor más constante. Casi se diría que el binomio gira alrededor del concepto de izquierda y que sus variaciones están principalmente de la parte de las distintas contraposiciones posibles al principio de igualdad, entendido bien como principio no igualitario bien como principio jerárquico o autoritario. El propio Revelli, después de haber propuesto cinco criterios de distinción entre derecha e izquierda -según el tiempo (progreso-conservación), respecto al espacio (igualdad-desigualdad), respecto a los sujetos (autodirección - heterodirección), respecto a la función (clases inferiores-clases superiores), respecto al modelo de conocimiento (racionalismo-irracionalismo)- y después de haber observado que la convergencia de estos elementos sólo se ha manifestado raras veces, finalmente parece asignar un lugar de especial relieve al criterio de la igualdad-desigualdad, como el criterio que bajo ciertos aspectos es «fundador de los otros», los cuales resultarían, en cambio, «fundados». Como principio fundador, la igualdad es el único criterio que resiste al paso del tiempo, a la disolución que han sufrido los demás criterios, hasta el punto de que, como ya se ha dicho otras veces, la misma distinción entre derecha e izquierda se ha puesto en tela de juicio. Sólo así sería posible una «recreación» de la díada, es decir una «revalorización» de los criterios derivados «partiendo del valor fijo de la igualdad» o de lo «crucial de la igualdad como valor».

Capítulo VI - IGUALDAD Y DESIGUALDAD

1. De las reflexiones realizadas hasta aquí, a las que, creo al menos, no se les puede negar actualidad, y del minucioso examen de periódicos y revistas que he llevado a cabo en estos años, resultaría que el criterio más frecuentemente adoptado para distinguir la derecha de la izquierda es el de la diferente actitud que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad, que es, junto al de la libertad y al de la paz, uno de los fines últimos que se proponen alcanzar y por los cuales están dispuestos a luchar5. En el espíritu analítico con el que he conducido la investigación prescindo totalmente de cualquier tipo de juicio de valor, si la igualdad es preferible a la desigualdad, también porque estos conceptos tan abstractos son interpretables, v han sido interpretados, de las maneras más diferentes y su mayor o menor preferibilidad depende también de la manera con la cual se interpretan. El concepto de igualdad es relativo, no absoluto. Es relativo por lo menos en tres variables a las que hay siempre que tener en cuenta cada vez que se introduce el discurso sobre la mayor o menor deseabilidad, y/o sobre la mayor o menor viabilidad, de la idea (le igualdad: a) los sujetos entre los cuales nos proponernos repartir los bienes o los gravámenes; b) los bienes o gravámenes que repartir; c) el criterio por el cual repartirlos.

Con otras palabras, ningún proyecto de repartición puede evitar responder a estas tres preguntas: «Igualdad sí, pero ¿entre quién, en qué, basándose en qué criterio?».

Combinando estas tres variables se puede conseguir, como es fácil imaginar, un enorme número de distintos tipos de repartición que se pueden llamar todas igualitarias, aunque siendo muy diferentes entre ellas. Los sujetos pueden ser todos, muchos o pocos, o incluso uno solo; los bienes a repartir pueden ser derechos, ventajas o facilidades económicas, posiciones de poder; los criterios pueden ser la necesidad, el mérito, la capacidad, la clase, el esfuerzo, y otros más y como mucho la falta de cualquier criterio, que caracteriza el principio igualitario en grado sumo, que propongo llamar «igualitarista»: «lo mismo para todos6.

Ninguno de estos criterios tiene valor exclusivo. Hay situaciones donde se pueden atemperar el uno con el otro. Pero no se puede ignorar que existen situaciones donde el uno tiene que ser aplicado por exclusión de cualquier otro. En la sociedad familiar el criterio que prevalece en la distribución de los recursos es la necesidad más que el mérito, pero el mérito no está excluido, ni está excluido en familias ordenadas autoritariamente como las de clase. En la fase final de la sociedad comunista, según Marx, tendría que valer el principio «a cada uno según sus propias necesidades», basándose en el juicio según el cual en lo que los hombres son naturalmente más iguales es en las necesidades. En la escuela, que tiene que tener una finalidad selectiva, es exclusivo el criterio del mérito; de igual manera en las oposiciones para cualquier empleo, no importa si público o privado. En una sociedad por acciones, los dividendos están asignados basándose en las cuotas de propiedades poseídas por cada accionista, así como en la sociedad política los escaños en el parlamento se asignan basándose en los votos conseguidos por cada una de las fuerzas políticas, aunque a través de cálculos que varían según la ley electoral adoptada. El criterio de clase se adopta para asignar los sitios en una ceremonia o en una comida oficial. A veces el criterio de la antigüedad prevalece sobre el de clase o se utiliza en la elección entre dos opositores de igual nivel. La máxima en sí misma vacía «a cada uno lo suyo», se tiene que rellenar no sólo especificando a cuáles sujetos se refieren; y cuál es el bien a distribuir, sino también cuál es el criterio exclusivo o predominante, con respecto a aquellos sujetos y a aquel bien, que tiene que ser aplicado.

Según la mayor o menor extensión de los sujetos interesados, la mayor o menor cantidad y valor de los bienes a distribuir, y basándose en el criterio adoptado para distribuir un cierto tipo de bien a un cierto grupo de personas, se pueden distinguir doctrinas más o menos igualitarias. Respecto a los sujetos el sufragio universal masculino y femenino es más igualitario que aquél sólo masculino; el sufragio universal masculino es más igualitario que el sufragio masculino limitado a los hacendados o a los no analfabetos. Respecto a los bienes, la democracia social que extiende a todos los ciudadanos, además de los derechos de libertad, también los derechos sociales, es más igualitaria que la democracia liberal. Respecto al criterio, la máxima «a cada uno según las necesidades» es, como ya se ha dicho, más igualitaria que aquella «a cada uno según su clase», que caracteriza el estado dé clases al que se ha contrapuesto el estado liberal.

2. Estas premisas son necesarias, porque, cuando se dice que la izquierda es igualitaria y la derecha no igualitaria, no se quiere decir en absoluto que para ser de izquierda sea preciso proclamar el principio de que todos los hombres deben ser iguales en todo, independientemente de cualquier criterio discriminatorio, porque ésta sería no sólo una visión utópica -a la cual, hay que reconocerlo, se inclina más la izquierda que la derecha, o quizás sólo la izquierda- sino, peor, una mera declaración de intenciones a la cual no parece posible dar un sentido razonable. En otras palabras, afirmar que la izquierda es igualitaria no quiere decir que sea también igualitarista. La distinción tiene que ser destacada porque demasiado a menudo, como ha ocurrido a todos aquellos que han considerado la igualdad como carácter distintivo de la izquierda, ha ocurrido que han sido acusados de ser igualitaristas, a causa de un insuficiente conocimiento del abecé de la teoría de la igualdad.

Otra cosa distinta es una doctrina o un movimiento igualitarios, que tienden a reducir las desigualdades sociales y a convertir en menos penosas las desigualdades naturales, otra cosa es el igualitarismo, cuando se entiende, como «igualdad de todos en todos». Ya me ha pasado una vez citar el párrafo de los Demonios de Dostoievski: «Sigalev es un hombre genial, un genio del tipo de Fourier, pero más atrevido que Fourier, más fuerte que Fourier Él inventó la igualdad» y comentarlo observando que siendo la sociedad ideal la codiciada por aquel personaje y por aquella donde tenía que valer el principio «Es necesario sólo lo necesario», él había inventado no la igualdad, que es un concepto vacío en sí mismo, rellenable con los más variados contenidos, sino una especial aplicación de la idea de igualdad, o sea el igualitarismo. Desde luego el igualitarismo tiene que ver con la igualdad. Pero, ¿qué doctrina política no tiene que ver en mayor o menor medida con la igualdad?

La igualdad en su formulación más radical es el trato común de las ciudades ideales de los utopistas, así como una feroz desigualdad es el signo amonestador y premonitorio de las utopías al revés, o «distopías» («todos los hombres son iguales, pero algunos son más iguales que otros»7. Igualitarista es tanto la fundadora de las utopías, la de Tomás Moro, según el cual «hasta que ella (la propiedad) perdure, cargará siempre sobre la parte mucho mayor y mucho mejor de la humanidad el fardo angustioso e inevitable de la pobreza y la desventura», como la de Campanella, cuya ciudad del sol está poblada por filósofos «que se decidieron a vivir en común de una manera filosófica». Inspira tanto las visiones milenarias de las sectas heréticas que luchan por el advenimiento del reino de Dios, como las rebeliones campesinas guiadas por Thomas Münzer que, según Melantone, enseñando que todos los bienes se tendrían que convertir en comunes «había convertido la muchedumbre en tan malvada que ya no tenía ganas de trabajar». Enciende de pasión revolucionaria las invectivas de Winstanley que predicaba ser el gobierno del rey «el gobierno de los escribas y de los fariseos que no se consideran libres si no son dueños de la tierra y de sus hermanos», al que se contrapone el gobierno de los republicanos como «el gobierno de la justicia y de la paz que no hace distinción entre las personas». Constituye el núcleo de pensamiento de los socialistas utópicos, desde el Código de la Naturaleza de Morelly hasta la sociedad de la «gran armonía» de Fourier. Llega hasta Babeuf que declara: «Somos todos iguales, ¿no es verdad? Este principio es incontestable porque, sólo estando locos, se podría decir que es de noche cuando es de día. De manera que también pretendemos vivir y morir iguales, como hemos nacido: queremos la igualdad efectiva o la muerte». Mientras Babeuf considera «loco» a quien rechaza el igualitarismo extremo, aquellos que razonan basándose en el sentido común han afirmado mil veces en el curso de la historia que locos son los igualitarios a ultranza que sostienen doctrinas tan horribles teóricamente como (afortunadamente) inviables en la práctica. Sin embargo, la persistencia del ideal utópico en la historia de la humanidad -¿podemos olvidar que también Marx codiciaba y pronosticaba el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad?- es una prueba irrefutable de la fascinación que el ideal de la igualdad, además de los de la libertad, de la paz, del bienestar (el «país de jauja»), ejerce sobre los hombres de todos los tiempos y de todos los países.

3. Las desigualdades naturales existen y si algunas se pueden corregir, la mayor parte de ellas no se puede eliminar. Las desigualdades sociales también existen y, si algunas se pueden corregir e incluso eliminar, muchas, especialmente aquellas de las cuales los mismos individuos son responsables sólo se pueden no fomentar. Aunque reconociendo la dificultad de distinguir las acciones de las cuales un individuo tiene que ser juzgado responsable, como sabe cualquier juez llamado a decidir si aquel individuo tiene que ser considerado culpable o inocente, hay que admitir de todas formas que el estatus de una desigualdad natural o de desigualdad social que depende del nacimiento en una familia y no en otra, en una región del mundo y no en otra, es distinto de aquello que depende de las diferentes capacidades, de la diversidad de los fines a conseguir, (le la diferencia del esfuerzo empleado para conseguirlos. Y la diversidad del estatus no puede no tener una influencia sobre el tratamiento de las unas y de las otras por parte de los poderes públicos.

Consecuentemente cuando se atribuye a la izquierda una mayor sensibilidad para disminuir las desigualdades no se quiere decir que ésta pretenda eliminar todas las desigualdades o que la derecha las quiera conservar todas, sino como mucho que la primera es más igualitaria y la segunda es más desigualitaria.

Considero que esta distinta actitud frente a la igualdad y, respectivamente, frente a la desigualdad tiene sus raíces y por lo tanto la posibilidad de una explicación, en un hecho determinado, comprensible por cualquiera, difícilmente contestable, aunque de igual manera difícilmente averiguable. Me refiero no a este o aquel criterio de repartición, no a la aplicación de un criterio en lugar de otro o a este o a aquel grupo de personas, de la preferencia por la partición de ciertos bienes en lugar de otros; en lo que yo pienso es más bien en una actitud muy general esencialmente emotiva, pero racionalizable, o una predisposición -cuyas raíces pueden ser, conjuntamente, familiares, sociales, culturales- irreductiblemente alternativa a otra actitud o a otra predisposición igual de general, de la misma manera emotivamente inspirada.

El dato que considero como el punto de partida de mi razonamiento es éste: Los hombres son entre ellos tan iguales como desiguales. Son iguales en ciertos aspectos y desiguales en otros. Queriendo poner el ejemplo más obvio: son iguales frente a la muerte porque todos son mortales, pero son desiguales frente a la manera de morir porque cada uno muere de una manera distinta a cualquier otro. Todos hablan pero hay miles de idiomas distintos. No todos sino millones y millones tienen una relación con un más allá desconocido, pero cada uno adora o reza a su manera al propio Dios o a los propios dioses. Se puede dar cuenta de este hecho inopinable precisando que son iguales si se consideran como género y se les compara con un género distinto como el de los otros animales y de los otros seres vivientes de los que lo distingue algún carácter específico y especialmente relevante, coleo aquello que durante una larga tradición ha permitido definir al hombre como animal rationale. Son desiguales entre ellos si se les considera uti singuli o sea, tomándolos uno por uno. Entre los hombres, tanto la igualdad como la desigualdad son de hecho verdaderas porque la una y la otra se confirman con pruebas empíricas irrefutables. Sin embargo la aparente contradicción de las dos proposiciones «Los hombres son iguales» y «Los hombres son desiguales» depende únicamente del hecho de que, al observarlos, al juzgarlos y al sacar consecuencias prácticas, se ponga el acento sobre lo que tienen en común o más bien sobre lo que los distingue. Se puede, pues, llamar correctamente igualitarios ,a aquellos que, aunque no ignorando que los hombres son tan iguales como desiguales, aprecian mayormente y consideran más importante para una buena convivencia lo que los asemeja; no igualitarios, en cambio, a aquellos que, partiendo del mismo juicio de hecho, aprecian y consideran más importante, para conseguir una buena convivencia, su diversidad8.

Se trata de un contraste entre últimas elecciones de las cuales es difícil saber cuál es su origen profundo. Sin embargo es precisamente el contraste entre estas últimas elecciones lo qué logra, en mi opinión, mejor que cualquier otro criterio, señalar las dos opuestas alineaciones a las que ya nos hemos acostumbrado por larga tradición a llamar izquierda y derecha. Por una parte están los que consideran que los hombres son más iguales que desiguales, por otra los que consideran que son más desiguales que iguales.

A este contraste de elecciones últimas le acompaña también una distinta valoración de la relación entre igualdad-desigualdad natural e igualdad-desigualdad social. Lo igualitario parte de la convicción de que la mayor parte de las desigualdades que lo indignan, y querría hacer desaparecer, son sociales y, como tales, eliminables; lo no igualitario, en cambio, parte de la convicción opuesta, que son naturales y, como tales, ineliminables. El movimiento feminista ha sido un movimiento igualitario. La fuerza del movimiento dependió también del hecho de que uno de sus argumentos preferidos siempre ha sido, independientemente de la veracidad de los hechos, que las desigualdades entre hombre y mujer aunque teniendo raíces en la naturaleza, han sido el producto de costumbres, leyes, imposiciones, del más fuerte sobre el más débil y son socialmente modificables. En este ulterior contraste se manifiesta el llamado «artificialismo», considerado una de las características de la izquierda. La derecha está más dispuesta a aceptar lo que es natural, y aquella segunda naturaleza que es la costumbre, la tradición, la fuerza del pasado. El artificialismo de la izquierda no se rinde ni siquiera frente a las patentes desigualdades naturales, las que no se pueden atribuir a la sociedad: piénsese en la liberación de los locos del manicomio. Al lado de la naturaleza madrastra está también la sociedad madrastra. Pero desde la izquierda se tiende generalmente a considerar que el hombre es capaz de corregir tanto la una como la otra.

4. Este contraste en la distinta valoración de las igualdades naturales y de las sociales se puede documentar de manera ejemplar haciendo referencia a dos autores que pueden ser elevados a representar respectivamente el ideal igualitario y el no igualitario: Rousseau y Nietzsche, el anti - Rousseau.

El contraste entre Rousseau y Nietzsche se puede ilustrar bien, precisamente, por la distinta actitud que el uno y el otro asumen con respecto a la naturalidad y artificialidad de la igualdad y de la desigualdad. En el Discurso sobre el origen de la desigualdad, Rousseau parte de la consideración de que los hombres han nacido iguales, pero la sociedad civil, o sea, la sociedad que se sobrepone lentamente al estado de naturaleza a través del desarrollo de las artes, los ha convertido en desiguales. Nietzsche, por el contrario, parte del presupuesto de que los hombres son por naturaleza desiguales (y para él es un bien que lo sean porque, además, una sociedad fundada sobre la esclavitud como la griega era, y justamente en razón de la existencia de los esclavos, una sociedad avanzada) y sólo la sociedad con su moral de rebaño, con su religión de la compasión y la resignación, los ha convertido en iguales. Aquella misma corrupción que para Rousseau generó la desigualdad, generó, para Nietzsche la igualdad. Allí donde Rousseau ve desigualdades artificiales, y por lo tanto que hay que condenar y abolir por su contraste con la fundamental igualdad de la naturaleza, Nietzsche ve una igualdad artificial, y por lo tanto que hay que aborrecer en cuanto tiende a la benéfica desigualdad que la naturaleza ha querido que reinase entre los hombres. La antítesis no podría ser más radical: en nombre de la igualdad natural, lo igualitario condena la desigualdad social; en nombre de la desigualdad natural, el no igualitario condena la igualdad social. Baste esta cita: la igualdad natural «es un gracioso expediente mental con que se enmascara, una vez más, a manera de un segundo y más sutil ateísmo, la hostilidad de las plebes para todo cuando es privilegiado y soberano».

5. La tesis aquí formulada, según la cual la distinción entre izquierda y derecha retoma el distinto juicio positivo o negativo sobre el ideal de la igualdad, y éste deriva en última instancia de la diferencia de percepción y de valoración de lo que hace a los hombres iguales o desiguales, se pone a tal nivel de abstracción que puede servir como mucho para distinguir dos tipos de ideales.

Descendiendo a un nivel más bajo, la diferencia entre los dos tipos de ideales se resuelve concretamente en el contraste de valoración sobre lo que se considera relevante para justificar una discriminación. La regla de oro de la justicia «Tratar a los iguales de una manera igual y a los desiguales de una manera desigual» requiere para no ser una mera fórmula vacía que se responda a la pregunta: « ¿Quiénes son los iguales, quiénes son los desiguales?». La disputa entre igualitarios y no igualitarios se desarrolla, por una parte y por la otra, aportando argumentos en pro o en contra para sostener que ciertos rasgos característicos de los individuos que pertenecen al universo tomado en consideración justifican o no justifican un tratamiento igual. El derecho de voto a las mujeres no ha sido reconocido hasta que se consideró que entre los hombres y las mujeres existían diferencias, como la mayor pasionalidad, la falta de un interés específico en participar en la vida política, su dependencia del hombre, etcétera, tales como para justificar una diferencia de tratamiento respecto a la atribución de los derechos políticos. Por poner otro ejemplo de gran actualidad, en una época de crecimiento de flujo inmigratorio de los países pobres a los países ricos, y por lo tanto de encuentros y desencuentros entre gentes distintas por costumbres, idioma, religión, cultura, el contraste entre igualitarios y no igualitarios se revela en el mayor o menor relieve otorgado a estas diferencias para justificar una mayor o menor igualdad de tratamiento. También en este caso, como en muchos otros, la mayor o menor discriminación se funda en el mayor o menor relieve otorgado por parte de los unos y de los otros a rasgos característicos de lo diferente, que para unos no justifican, y para otros justifican la diferencia de tratamiento. Sería superfluo añadir que este contraste en una situación específica tiene sus raíces en la contrastante tendencia, ilustrada anteriormente, a tomar más lo que une a los hombres que lo que divide a los hombres entre ellos. Igualitario es quien tiende a atenuar las diferencias; no igualitario, quien tiende a reforzarlas.

Una formulación ejemplar del principio de la relevancia es el artículo tercero de la Constitución Italiana. Este artículo es una suerte de síntesis de los resultados a los que han llegado luchas seculares inspiradas en el ideal de la igualdad, resultados conseguidos eliminando paulatinamente las discriminaciones fundadas en las diferencias que se consideraban relevantes y que poco a poco se caen por múltiples motivos históricos: resultados de los que se hacen reivindicadores, intérpretes y promotores, doctrinas y movimientos igualitarios9.

Si además se considera que hoy, ante estos resultados adquiridos y recibidos constitucionalmente, no hay lugar para distinguir la derecha de la izquierda, no quiere decir en absoluto que derecha e izquierda hayan contribuido de igual manera, ni que una vez que se ha convertido en ilegítima una discriminación, derecha e izquierda la consientan con la misma fuerza de convicción.

Una de las conquistas más clamorosas, aunque hoy empieza a ser discutida, de los movimientos socialistas que han sido identificados al menos hasta ahora con la izquierda, desde hace un siglo, es el reconocimiento de los derechos sociales al lado de los de libertad. Se trata de nuevos derechos que han hecho su aparición en las constituciones a partir de la primera posguerra y han sido consagrados también por la Declaración universal de los derechos del hombre y por otras sucesivas cartas internacionales. La razón de ser de los derechos sociales como el derecho a la educación, el derecho al trabajo, el derecho a la salud, es una razón igualitaria. Las tres tienden a hacer menos grande la desigualdad entre quien tiene y quien no tiene, o a poner un número de individuos siempre mayor en condiciones de ser menos desiguales respecto a individuos más afortunados por nacimiento y condición social.

Repito una vez más que no estoy diciendo que una mayor igualdad es un bien y que haya que preferir siempre, en cualquier caso, una mayor desigualdad con respecto a otros valores como la libertad, el bienestar, la paz. A través de estas referencias a situaciones históricas quiero simplemente recalcar mi tesis de que el elemento que mejor caracteriza las doctrinas y los movimientos que se han llamado «izquierda», y como tales además han sido reconocidos, es el igualitarismo, cuando esto sea entendido, lo repito, no como la utopía cíe una sociedad donde todos son iguales en todo sino como tendencia, por una parte, a exaltar más lo que convierte á los hombres en iguales respecto a lo que los convierte en desiguales, por otra, en la práctica, a favorecer las políticas que tienden a convertir en más iguales a los desiguales.

Capítulo VII - LIBERTAD Y AUTORIDAD

1. La igualdad como ideal sumo, o incluso último, de una comunidad ordenada, justa y feliz, y por lo tanto, por una parte, como aspiración perenne de los hombres que conviven, y, por otra, como tema constante de las teorías e ideologías políticas, se acopla habitualmente con el ideal de la libertad, considerado éste también como supremo o último.

Los dos términos tienen un significado emotivo muy fuerte, también cuando se utilizan, como ocurre sobre todo, con un significado descriptivo impreciso como en el famoso trinomio «liberté, egalité, fraternité» (donde además el más indeterminado es el tercero). Se ha dicho que el popular postulado «todos los hombres deben ser iguales» tiene un significado puramente sugestivo, tanto que cualquier problema concerniente a la igualdad no se puede plantear correctamente si no se contesta a las tres preguntas: « ¿Entre quién? ¿En qué? ¿Con qué criterio?»; de la misma manera tiene un significado puramente emotivo el postulado «Todos los hombres tienen que ser libres», si no se contesta a la pregunta: « ¿Todos, absolutamente todos?», y si no se ofrece una justificación a las excepciones, como los niños, los locos, o quizás los esclavos por naturaleza según Aristóteles. En segundo lugar, si no se precisa qué es lo que se entiende por «libertad», puesto que la libertad de querer es otra cosa, a la cual se refiere la disputa sobre el libre arbitrio, otra cosa es la libertad de actuar en la que está particularmente interesada la filosofía política, que distingue distintos sentidos como la libertad negativa, la libertad de actuar propiamente dicha y la libertad como autonomía u obediencia a las leyes que cada uno se prescribe a sí mismo.

2. Además, sólo la respuesta a todas estas preguntas permite entender por qué hay situaciones donde la libertad (pero, ¿qué libertad?) y la igualdad (pero, ¿qué igualdad?) son compatibles y complementarias en la creación de la buena sociedad, y otras donde son incompatibles y se excluyen mutuamente, y otras aún donde es posible y recomendable una equilibrada atemperación de la una y de la otra. La historia reciente nos ha ofrecido el dramático testimonio de un sistema social donde la persecución de la igualdad no sólo formal sino bajo muchos aspectos también sustancial, se ha conseguido (además sólo en parte y de una manera muy inferior a las promesas) en detrimento de la libertad en todos sus significados (a excepción, quizás, sólo de la libertad de la necesidad). Al mismo tiempo seguimos teniendo siempre presente bajo nuestros ojos la sociedad en que vivimos, donde se saltan todas las libertades y con especial relieve la libertad económica, sin que nos preocupen, o preocupándonos sólo marginalmente, las desigualdades que derivan en este mismo mundo y, aún más visiblemente, en los mundos más lejanos.

Sin embargo no hay necesidad de recurrir a este gran contraste histórico que ha dividido a los seguidores de las dos ideologías dominantes desde hace mas de un siglo, liberalismo y socialismo, para darse cuenta de que ninguno de los dos ideales se puede llevar a cabo hasta sus extremas consecuencias sin que la puesta en práctica de uno limite la del otro. El ejemplo más evidente es el contraste entre el ideal de la libertad y el del orden. No nos podemos permitir negar que el orden sea un bien común en toda sociedad tanto que el término contrario «desorden» tiene una connotación negativa, como «opresión», contrario a «libertad», y «desigualdad», contrario a «igualdad». Sin embargo la experiencia histórica y la cotidiana nos enseñan que son dos bienes en contraste entre ellos, así que una buena convivencia no se puede fundar sino sobre un compromiso entre el uno y el otro, para evitar el límite extremo del estado totalitario o de la anarquía.

No es necesario, repito, remontarnos al gran contraste histórico actual entre comunismo y capitalismo, porque son infinitos los ejemplos que se pueden aportar en pequeños casos o mínimos de disposiciones igualitarias que limitan la libertad y, viceversa, de disposiciones libertarias que aumentan la desigualdad.

Una norma igualitaria, que impusiera a todos los ciudadanos servirse únicamente de los medios de transporte público para aligerar el tráfico, perjudicaría la libertad de elegir el medio de transporte preferido. La escuela primaria, como se ha instituido en Italia para todos los chicos después de la básica para conseguir la igualdad de oportunidades, ha limitado la libertad que existía antes, por lo menos para algunos, de elegir entre distintos tipos de escuela. Aún más limitativa que la libertad de elección sería una mayor puesta en práctica de la demanda igualitaria, a la cual una izquierda coherente no tendría que renunciar, de que todos los chicos, provengan de cualquier familia, sean encauzados en los primeros años a ejercer un trabajo manual además del intelectual. Un régimen igualitario que impusiese vestir de la misma manera, impediría a cada uno elegir la indumentaria preferida. En general, cada extensión de la esfera pública por razones igualitarias, pudiendo ser sólo impuesta, restringe la libertad de elección en la esfera privada, que es intrínsecamente no igualitaria, porque la libertad privada de los ricos es inmensamente más amplia que la de los pobres. La pérdida de libertad golpea naturalmente más al rico que al pobre, al cual la libertad de elegir el medio de transporte, el tipo de escuela, la manera de vestirse, se le niega habitualmente, no por una pública imposición, sino por la situación económica interna de la esfera privada.

Es verdad que la igualdad tiene como efecto el delimitar la libertad tanto al rico como al pobre, pero con esta diferencia: el rico pierde la libertad de la que gozaba efectivamente, el pobre pierde una libertad potencial. Los ejemplos se podrían multiplicar. Cada uno puede constatar en su casa que la mayor igualdad, que más por el cambio de las costumbres que por efecto de normas constrictivas se va poniendo en práctica entre cónyuges, respecto al cuidado de los hijos, ha hecho asumir obligaciones, aunque todavía sólo morales, al marido que restringen su libertad anterior, por lo menos en el seno de la familia.
El mismo principio fundamental de aquella forma de igualitarismo mínimo que es propio de la doctrina liberal, según la cual todos los hombres tienen derecho a igual libertad, salvo excepciones que deben ser justificadas, implica que cada uno limite la propia libertad para hacerla compatible con la de todos los demás, de forma que no impida también a los demás gozar de su misma libertad. El estado de libertad salvaje, que se podría definir como el que una persona es tanto más libre cuanto mayor es su poder, el estado de naturaleza descrito por Hobbes y racionalizado por Spinoza, es un estado de guerra permanente entre todos por la supervivencia, del cual se puede salir sólo suprimiendo la libertad natural, o, como propone la doctrina liberal, reglamentándola.

3. Queda además por precisar el sentido de la expresión «igual libertad», que se utiliza como si fuera clara mientras es genérica y ambigua. Genérica, porque, como se ha observado muchas veces, no existe la libertad en general si no existen diversas libertades, de opinión, de prensa, de iniciativa económica, de reunión, de asociación, y es preciso especificar cada vez a cuál de ellas nos queremos referir; ambigua, porque tener una libertad igual a la de todos los demás quiere decir no sólo tener todas las libertades que los demás tienen, sino también tener igual posibilidad de gozar de cada una de estas libertades. Otra cosa es, en efecto, gozar en abstracto de todas las libertades de las que gozan los demás, otra gozar de cada libertad de igual manera que todos los demás. Hay que tomar en consideración esta diferencia, porque la doctrina liberal mantiene la primera en sus principios básicos, pero la práctica liberal no puede asegurar la segunda, sino interviniendo con disposiciones igualitarias limitativas y por lo tanto corrigiendo el principio general. Con esto no quiero decir que siempre una disposición igualitaria sea limitativa de la libertad. La extensión del sufragio masculino a las mujeres no ha limitado la libertad de voto a los hombres. Puede haber limitado su poder por el hecho de que el apoyo a un determinado gobierno ya no depende sólo de ellos, pero el derecho de votar no ha sido restringido. Así el reconocimiento de los derechos personales también inmigrantes no limita los derechos personales de los ciudadanos. Para conseguir la forma de igualdad en los casos expuestos anteriormente es necesaria una norma que imponga una obligación, y, como tal, restrinja la libertad. En los otros casos es suficiente una norma atributiva de los derechos a quien no los posea.

Finalmente es preciso hacer una observación elemental, que habitualmente no se hace: los dos conceptos de libertad y de igualdad no son simétricos. Mientras la libertad es un estatus de la persona, la igualdad indica una relación entre dos o más entidades. Prueba de esto es que «X es libre» es una proposición con sentido, mientras que «X es igual» no significa nada. Mientras el célebre dicho orwelliano: «Todos son iguales, pero algunos son más iguales que otros», tiene un efecto irresistiblemente cómico, en cambio no suscita ninguna hilaridad, más bien es perfectamente comprensible, la afirmación de que todos son libres, pero algunos son más libres que otros. De manera que tiene sentido afirmar con Hegel que hay un tipo de régimen, el despotismo, donde uno solo es libre y todos los demás son criados, mientras no tendría sentido decir que existe una sociedad donde sólo uno es igual. Lo que puede explicar, entre otras cosas, por qué la libertad se puede considerar un bien individual, diversamente de la igualdad, que es siempre sólo un bien social, y también por qué la igualdad en la libertad no excluye que sean deseables otras formas de igualdad como la de la oportunidad y de la renta, que, requiriendo otras formas de igualamiento, pueden entrar en conflicto con la igualdad en la libertad.

4. Estas consideraciones generales sobre los dos valores sumos de la igualdad y de la libertad, y de su relación, son un paso ulterior que considero necesario para precisar la propuesta de definir izquierda y derecha basándose en el criterio de la igualdad y de la desigualdad. Al lado de la díada, sobre la cual hasta ahora me he detenido, igualdad-desigualdad, de la cual nacen doctrinas y movimientos igualitarios y no igualitarios, es necesario colocar una díada no menos importante históricamente: libertad-autoridad. De ésta derivan doctrinas y movimientos libertarios y autoritarios. Por lo que concierne a la definición de izquierda y derecha, la distinción entre las dos díadas tiene particular relieve, porque una de las maneras más comunes para caracterizar la derecha con respecto a la izquierda es la de contraponer a la izquierda igualitaria la derecha libertaria. No tengo ninguna dificultad en admitir la existencia de doctrinas y movimientos más igualitarios y de doctrinas y movimientos más libertarios, pero tendría alguna dificultad en admitir que esta distinción sirva para distinguir la derecha de la izquierda. Han existido y existen todavía doctrinas y movimientos libertarios tanto a la derecha como a la izquierda. El mayor o menor valor atribuido al ideal de la libertad, que encuentra su puesta en práctica, como se ha dicho, en los principios y en las reglas que están en la base de los gobiernos democráticos, de aquellos gobiernos que reconocen y protegen los derechos personales, civiles, políticos, permite, en el ámbito de la izquierda y de la derecha, la distinción entre el ala moderada y el ala extremista, ya ilustrada en el segundo capítulo. Tanto los movimientos revolucionarios como los contrarrevolucionarios, aunque no teniendo en común el proyecto global de transformación radical de la sociedad, tienen en común la convicción de que en última instancia, precisamente por la radicalidad del proyecto de transformación, esto no puede ser realizado si no es a través de la instauración de regímenes autoritarios10.

Si se me concede que el criterio para distinguir la derecha de la izquierda es la diferente apreciación con respecto a la idea de la igualdad, y que el criterio para distinguir el ala moderada de la extremista, tanto en la derecha como en la izquierda, es la distinta actitud con respecto a la libertad, se puede distribuir esquemáticamente el espectro donde se ubiquen doctrinas y movimientos políticos, en estas cuatro partes:

a) en la extrema izquierda están los movimientos a la vez igualitarios y autoritarios, de los cuales el ejemplo histórico más importante, tanto que se ha convertido en una categoría abstracta susceptible de ser aplicada, y efectivamente aplicada, a periodos y situaciones históricas distintas, es el jacobinismo;

b) en el centro-izquierda, doctrinas y movimientos a la vez igualitarios y libertarios, a los que hoy podríamos aplicar la expresión «socialismo liberal», incluyendo en ella a todos los partidos socialdemócratas, incluso en sus diferentes praxis políticas;

c) en el centro-derecha, doctrinas y movimientos a la vez libertarios y no igualitarios, dentro de los cuales se incluyen los partidos conservadores que se distinguen de las derechas reaccionarias por su fidelidad al método democrático, pero que, con respecto al ideal de la igualdad, se afirman y se detienen en la igualdad frente a la ley, que implica únicamente el deber por parte del juez de aplicar las leyes de una manera imparcial y en la igual libertad que caracteriza lo que he llamado igualitarismo mínimo;

d) en la extrema derecha, doctrinas y movimientos antiliberales y antiigualitarios, sobre los que creo que es superfluo señalar ejemplos históricos bien conocidos como el fascismo y el nazismo.

Obviamente se entiende que la realidad es más variada que lo que refleja este esquema, construido sólo mediante dos criterios, pero se trata de dos criterios, en mi opinión, fundamentales, que, combinados, sirven para designar un mapa que salva la discutida distinción entre derecha e izquierda, y al mismo tiempo responde a la demasiado difícil objeción de que se consideren de derecha o de izquierda doctrinas y movimientos no homogéneos como, a la izquierda, comunismo y socialismo democrático, a la derecha, fascismo y conservadurismo; también explica el por qué, aun no siendo homogéneos, pueden ser aliados potenciales en excepcionales situaciones de crisis11.

NOTAS

1. Retomando el argumento en su último libro, Parole della politica, Dino Cofrancesco, después de haber hecho referencia explícitamente a mi tesis («se atribuye a Bobbio el mérito de haber intentado llevar de nuevo la secular contraposición a un juicio de hecho, según el cual "los hombres son entre ellos tan iguales como desiguales"»), propone un nuevo criterio de distinción, afirmando que el hecho del cual hay que partir es el poder, que puede ser considerado bien como principio de cohesión, bien como fuente de discriminación. La derecha lo entiende de la primera manera, la izquierda de la segunda: «Los de izquierdas están obsesionados por el abuso del poder; los de derechas por su ausencia; los primeros temen a la oligarquía, origen de toda vejación, los otros a la anarquía, fin de toda convivencia civil» (Pág. 17). El análisis de este criterio puede, además, enriquecerse, según el autor, distinguiendo las tres formas clásicas de poder, político, económico, cultural o simbólico. Después de haber ilustrado las ventajas del nuevo criterio, considera probable que el gran conflicto del futuro será entre individualismo y pluralismo (página 18). Retoma la misma tesis más adelante (Págs. 61-63). Del mismo autor véase también «Destra e sinistra. Due nemici invecchiati ma ancora in vita», en Quindicinale culturale di conquiste del lavoro, 17-18 de abril de 1993.

2. Hago constar que entre los autores que se han ocupado de la díada, Revelli es quien mejor que cualquier otro, a mi modo de ver, ha explorado la vasta literatura sobre el tema y ha examinado los argumentos en pro y en contra. Y es también el estudioso de cuyas reflexiones e investigaciones he sacado los mayores estímulos, a través de la mutua colaboración en los seminarios que se han desarrollado, en los últimos años, en el Centro de estudios Piero Gobetti. Los escritos de Revelli sobre el tema son dos, ambos inéditos: el primero, Destra e siniestra: l identitá introvabile manuscrito de 65 páginas, completo, aunque más corto que el segundo; el segundo, con el mismo título, Destra e sinistra. L 'identitá introvabile, edición provisional, Turín, 1990, de 141 páginas, incompleto, mucho más amplio que el anterior en su parte histórica y crítica, pero carente de la parte reconstructiva. Mi exposición de las tesis de Revelli se basa esencialmente en el primer texto, con algunas referencias en las dos notas sucesivas al segundo texto. Espero que los dos escritos vean la luz lo antes posible.

3. En el segundo de los textos de Revelli (cfr. la nota anterior) los motivos de la disolución de la díada se presentan así: las razones históricas, o sea la crisis más discutida de las ideologías; el fenómeno de derivación schmittiana de la despolitización y superación del pensamiento antinómico (Starobinski); el argumento opuesto, «catastrófico», de la politización integral o de la radicalización del conflicto; una razón espacial, según la cual se habría producido el paso de la dimensión axial-lineal a la dimensión esférica del espacio político (Cacciari), donde ya no es posible la distinción entre derecha e izquierda, al haberse convertido en relativas e intercambiables; una razón temporal, que consiste en la cada vez más acertada aceleración del tiempo Jünger y Koselleck); el argumento organicista, según el cual, dada la naturaleza orgánica de la sociedad, ésta no tolera fracturas explícitas ni contraposiciones estables. Finalmente, estos seis argumentos se reducen a dos polos temáticos: por una parte, la crisis de identidad de las familias políticas tradicionales, por otra parte, la idea organicística y totalizadora del orden social, dentro del cual ya no es posible ninguna distinción.

4. En el segundo de los dos textos de Revelli (cfr. la nota 2), incluso desde este punto de vista más definido, se enumeran v examinan los siguientes criterios: temporal, según el cual la distinción entre derecha e izquierda se remonta a la contradicción entre estabilidad y mutación; espacial, al que se refiere la distinción entre principio igualitario y principio jerárquico; el criterio decisionista, según el cual la auto-dirección y la autonomía se contraponen a la heteronimia; el criterio sociológico, que se refiere a la contraposición entre élites en el poder y clases subalternas; el criterio gnoseológico, en el que se inspiraría la contraposición entre Logos y Mythos.

5. Esta idea es ampliamente compartida, incluso por parte de personas que pertenecen a alineaciones opuestas. En un reciente Dialoghetto sulla «sinisteritas», de Massimo Cacciari, que se desarrolla entre Thyciades, el interlocutor, y Filopolis, que expresa las ideas del autor, a la pregunta del primero, sobre qué es lo que debería convencer a las clases acomodadas a aceptar políticas redistributivas, Filopolis da esta respuesta: «La existencia de condiciones de base de igualdad, y por tanto de políticas de defensa de las clases menos protegidas, más débiles, es suficiente para mí como elemento esencial de la calidad de vida». Luego precisa: «La igualdad es un elemento de la calidad de vida, como una cierta renta, como un cierto ambiente, como ciertos servicios (...1 Es la igualdad la que hace posible la diversidad, la que facilita a todos el propio valor como personas -no, desde luego, aquella abstracta idea totalitaria de igualdad que significa eliminación de los no iguales» (MicroMega, 1993, 4, pág. 15). En una entrevista concedida a L'Unitá, del 27 de abril de 1993, donde adelanta la Alianza de derecha, Domenico Fisichella, después de haber declarado que «tiene razón Bobbio, no podemos eliminar la distinción entre derecha e izquierda», aunque admitiendo que «históricamente motivos culturales han transmigrado de una a otra parte», a la pregunta de si existen elementos de distinción constantes entre derecha e izquierda, responde: «Es verdad. Existen constantes que definen una antropología de derecha. Mientras la izquierda está basada en la idea de igualdad, la derecha sobre la de no igualitarismo». En una intervención en L'Unitá del 26 de noviembre de 1992, Ernest Nolte, que desde luego no se puede mencionar entre los historiadores de izquierda, habla de la izquierda igualitaria como de «una izquierda eterna», que compite según los tiempos y las circunstancias históricas con la izquierda liberal. A esta izquierda eterna está abierto ahora el compromiso de luchar en contra de todas las divisiones raciales «a favor de una mezcla de todas las razas y de todos los pueblos». En una entrevista anterior y siempre en L'Unitá (del 11 de julio de 1992), el mismo Nolte declaró que la izquierda continúa expresando las instancias de la igualdad pero que debe reducirlas propias pretensiones, entre ellas la pretensión de integrar de hoy para mañana a millones de inmigrantes en Europa. Pero ¿cuándo ha apuntado la izquierda una pretensión de este tipo? Siguiendo en L'Unitá (28 de noviembre de 1993), en una entrevista con Giancarlo Bosetti, Sartori, respondiendo a Nolte, niega que la idea de igualdad pueda caracterizar a la izquierda porque desde los griegos hasta ahora caracteriza la democracia.

6. En Inequality Reexamined, Oxford University Press, 1991, que cito en la traducción italiana, publicada con el título La Diseguaglianza Un esame critico, Il Mulino, Bolonia, 1992, Amartya Sen, partiendo de la doble constatación de la diversidad de los hombres, que llama «pervasiva», de un lado, y de las múltiples formas con las cuales se puede contestar a la pregunta «¿igualdad en qué?» (equality of what?), por otro, afirma que no existen teorías completamente no igualitarias, porque todas proponen la igualdad en algo, para llevar una buena vida. El juicio y la medida de la igualdad dependen de la elección de la variable-renta, riqueza, felicidad, etcétera -que cada vez es elegida por cada teoría-. Llama a esta variable «focal». La igualdad respecto a una variable no coincide por supuesto con la igualdad respecto a otra. También incluso una teoría que se presenta como no igualitaria acaba siendo igualitaria, aunque respecto a un diferente punto de enfoque. La igualdad en un espacio de hecho puede coexistir con la desigualdad en otro (págs. 39-40). De estas observaciones se puede deducir como consecuencia que es tan irreal afirmar que todos los hombres tienen que ser iguales como que todos los hombres tienen que ser desiguales. Es realista sólo afirmar que una forma cualquiera de igualdad es deseable: «Es difícil imaginar una teoría ética que pueda tener un cierto grado de plausibilidad social si no se determina una consideración igual para todos en cualquier cosa» (Pág. 18).

7. Contra el utopismo igualitario pone en guardia, aunque rechazando cada forma de abdicación al realismo de los escépticos, Thomas Nagel, en el volumen Equality and partiality, Oxford University Press, Oxford 1991. La obra de Nagel, inspirada en «una sana insatisfacción hacia el mundo inicuo en que vivimos>, busca una solución al problema de la justicia en una equilibrada atemperación del punto de vista individual, no suprimible con el punto de vista impersonal. A propósito de la utopía, afirma que ésta sacrifica el primero al segundo v lo juzga peligroso, porque «ejerce una presión excesiva sobre las motivaciones individuales» (Pág. 34). Es necesario además observar que también en las teorías de los utópicos el principio «igualdad de todos en todo» tiene que ser siempre acogido con la más amplia cautela. También la igualdad propuesta por el discípulo de Babeuf, Filippo Buonarroti, en la Congiura degli eguali, uno de los textos donde el igualitarismo es más exaltado, la igualdad, la «santa igualdad», como se la llama, está prevista específicamente respecto al poder y a la riqueza, y por igualdad de poder se entiende la sumisión de todos a las leyes emanadas por todos (aquí la inspiración de Rousseau), y por igualdad de riqueza, que todos tengan bastante y nadie demasiado (principio también rousseauniano). Por lo que concierne a la respuesta a la pregunta «¿igualdad entre quién?», de «todos» se excluyen hasta las mujeres.

8. Es un viejo argumento de los igualitarios el relieve otorgado a lo que une a todos los hombres. Para rebatir las ideas de los oligarcas el sofista Antifonte afirma: «Por naturaleza somos totalmente iguales, sea griegos sea bárbaros. Es suficiente observar las necesidades naturales de todos los hombres (...] Nadie de nosotros puede ser definido ni bárbaro ni griego. De hecho todos respiramos el aire con la boca y la nariz». Citado por L. Canfora, «Studi sull' Athenaion Politeia pseudo-senofontea», en Memorie dellAccademia dell Scienze de Turín, s. V, IV (1980), en Classe di Scienze natural¡, storicha, e filosofiche, Pág. 44.

9. «Todos los ciudadanos tienen paridad social y son iguales ante la ley, sin distinción de sexo, de raza, de idioma, de religión, de opiniones políticas, de condiciones personales y sociales». Las categorías aquí enumeradas son las que nuestra constitución considera irrelevantes como criterio de división entre los seres humanos y representan bien las etapas que ha recorrido la historia de los hombres en el proceso de igualdad. No está dicho que éstas sean las únicas. En un' artículo de hace unos años adopté estos dos casos: discriminaciones ahora todavía no previstas y que podrán llegar a ser relevantes en un futuro próximo, y discriminaciones que siguen siendo relevantes. Por lo que concierne al primer caso, establecía la fantástica hipótesis de que un científico (todo es posible) considerase haber demostrado que, por ejemplo, los extravertidos fueran superiores por naturaleza a los introvertidos, y que un grupo político (también esto es posible) propugnase que los extravertidos estuviesen autorizados a tratar mal a los introvertidos. Esta sería una buena razón para disponer legislativamente que también las diferencias psíquicas fueran, como todas las hasta ahora enumeradas, irrelevantes para discriminar a un hombre o a una mujer de otro o de otra. Con respecto al segundo caso, la distinción entre niños y adultos es aún, con respecto al reconocimiento de algunos derechos, relevante (Lguaglianza e dignitá degli uomini, 1963, ahora en Il Terzo Assente, Sonda, Turín, 1989, Págs. 71-83).

10. En el texto de la primera edición escribía que el criterio de la libertad «sirve para distinguir el universo político no tanto respecto a los fines como respecto a los medios, o al método, por emplear lo que hay que emplear para alcanzar los fines». Me refería especialmente «a la aceptación o al rechazo del método democrático» (Pág. 80). E. Severino ha observado («La libertá é un fine. L'uguaglianza no», en Corriere delta Ser¢, 9 de junio de 1994) que «el medio es inevitablemente subordinado al fin. Si el fin es la igualdad, la libertad, como medio, está subordinada a la igualdad. Los medios, en general, se pueden lograr y sustituir. Y no es tan fácil demostrar que la libertad no es un medio que se puede lograr y sustituir». La observación es pertinente. La diferencia entre libertarios y autoritarios está en la distinta apreciación del método democrático, fundado a su vez en la distinta apreciación de la libertad como valor.

11. Entre los diferentes intentos de redefinir la izquierda me parece sensato y útil el de Peter Glotz, «Vorrei una sinistra col muso piú duro», en L'Unitá, 30 de noviembre de 1992. Refiriéndose a su libro Me Linke nach dem Sieg des Westens (Deutsche Verlag Anstalt, Stuttgart, 1992), escribe: «He definido la izquierda como la fuerza que persigue la limitación de la lógica de mercado o, más prudentemente, la búsqueda de una racionalidad, compatible con la economía de mercado; la sensibilización por la cuestión social, o sea el apoyo al estado social y a ciertas instituciones democráticas; la transposición del tiempo en nuevos derechos de libertad; la igualdad cíe hecho (te las mujeres; la huela (le la vida y de la naturaleza; la lucha contra el nacionalismo».

Elías Díaz («Derechas e izquierdas», en El Sol, Madrid, 26 de abril de 15191) considera como signos de identidad de la izquierda «tina mayor predisposición para políticas económicas redistributivas y de nivelación proporcional, basadas más en el trabajo que en el capital; un mayor aprecio en la organización social hacia lo público y común que sólo hacia lo privado e individual; prevalencia de los valores de cooperación y colaboración sobre los de confrontación y competición; más atención hacia los nuevos movimientos sociales y sus demandas pacifistas, ecologistas, feministas, etcétera; preocupación por la efectiva realización de los derechos humanos, muy en especial de los grupos marginados, la tercera edad, infancia, etcétera; insistencia en la prioridad para todos de necesidades básicas como las de una buena sanidad, escuela, vivienda, etcétera; mayor sensibilidad y amistad internacional hacia los pueblos de las áreas pobres, dependientes y deprimidas; autonomía de la libré voluntad y del debate nacional tanto para tomar decisiones políticas mayoritarias y democráticas como para construir éticas críticas y en transformación, no impuestas por argumentos de autoridad o por dogmas de organizaciones religiosas dotadas de un carácter carismático y / o tradicional».
Quería también volver a llamar la atención sobre el artículo de Giorgio Ruffolo «IL fischio di Algarotti e la sinistra congelata», en MicroMega, 1992, 1, Págs. 119-145. Observa precisamente que el partido de la izquierda, abandonado el mensaje mesiánico, ha caído en un pragmatismo político sin principios. La izquierda está congelada, pero no está muerta, siempre y cuando sepa todavía reconocer los motivos ideales, siempre actuales, de los que ha nacido.
Finalmente Claus Offe toma como punto de partida la caída del sistema soviético para denunciar un «acentuado desplazamiento del espectro político hacia la derecha-. Por mucho que el fin del socialismo, supuesto por muchos, pudiera derivar de una falta de ofertas y correspondientemente de demandas, concluye considerando que precisamente por la importancia de los desafíos ante los cuales se encuentra Europa «hará que también en el futuro los ánimos políticos se dividan en izquierdas y derechas» (del resumen de la intervención en el seminario «Marxismo e liberalismo alta soglia del Terzo Millennio», que tuvo lugar en el Goethe Institut de Turín en noviembre de 1992, publicado en L'Unitá del 19 de noviembre de 1992, con el título «Dopo 1'89 sinistra tra miseria e speranza»).

DEMOCRACIA - Norberto Bobbio

Etimológicamente, democracia significa "poder" (krátos) del "pueblo" (démos). Los griegos, de cuya lengua derivó el vocablo, la distinguían de otras formas de gobierno: aquella en la que el poder pertenece a uno solo, "monarquía" en sentido positivo, "tiranía" en sentido negativo, y aquella en la que el poder pertenece a pocos, "aristocracia" en sentido positivo, "oligarquía" en sentido negativo. El significado general ha permanecido sin cambios durante siglos, si bien entre nuestros escritores políticos de los siglos XV y XVI se usaba fundamentalmente la expresión latina "gobierno popular", diferente del "principado" y del "gobierno de los notables". También hoy se entiende por democracia la forma de gobierno en la que el pueblo es soberano. El Artículo 1 de la Constitución de la República italiana señala: "La soberanía pertenece al pueblo".

La democracia de los modernos se distingue de la de los antiguos por la manera en que el pueblo ejerce el poder: directamente, en la plaza o ágora entre los griegos, en los conzitia de los romanos, en el arengo de las antiguas ciudades medievales, o indirectamente, a través de representantes, en los Estados modernos. Todavía Montesquieu, a mediados del siglo XVIII, en las páginas dedicadas a la democracia, citando a Atenas y Roma como ejemplo de esa forma de gobierno, escribe que el pueblo que goza del poder supremo debe hacer por sí solo todo lo que pueda efectuar bien y confiar a sus ministros únicamente lo que no pueda realizar por sí mismo. Algunos años después, Rousseau, al exaltar la democracia de los antiguos, rechazaba el gobierno representativo prevaleciente en Inglaterra, sosteniendo que los ingleses eran un pueblo libre sólo el día en que votaban. Hoy, en cambio, los Estados democráticos están, si bien en diferente medida y matiz, gobernados bajo la forma de la democracia representativa, sólo en algunos casos combinada con elementos de democracia directa, como el referéndum. El instituto de la representación es a tal punto connatural a la democracia moderna que, cuando se dice que los Estados Unidos o Italia son países democráticos, se sobreentiende que la democracia que hay en ellos es representativa.

La democracia directa, es decir, el sistema en el que los ciudadanos tienen el derecho de tomar las decisiones que les atañen, y no sólo el de elegir a las personas que decidirán por ellos, ha quedado corno un ideal límite, cuya fuerza propulsiva no ha decaído, en especial desde que la cada vez más rápida difusión de las computadoras permite que un gran número de personas voten a distancia sin que sea necesario que se reúnan en una plaza pública o en una asamblea, eliminando de golpe el límite, del que estaban conscientes los partidarios de la democracia directa como el propio Rousseau, para el que esta forma de democracia era posible sólo en los Estados pequeños. Se ha dicho, aunque de manera paradójica, indicando más una inclinación que una verdadera propuesta institucional, que la democracia del futuro podría asemejarse a la democracia del pasado más que a la del presente.

Así y todo, la democracia directa y la representativa tienen en común el principio de legitimidad o, en otras palabras, el fundamento de la obligación política, esto es, el principio según el cual un poder es aceptado como legítimo y como tal debe ser obedecido. Son dos los principios fundamentales de legitimidad del poder: aquel por el cual es legítimo el poder que descansa en última instancia en el consenso de quienes son sus destinatarios, y aquel por el cual es legítimo el poder que deriva de la superioridad —que puede ser, según las diversas teorías, natural o sobrenatural— de quien lo detenta. En el primer caso tenemos un poder ascendente, o sea, que procede de abajo hacia arriba; en el segundo un poder descendente, es decir, que se mueve de arriba hacia abajo. Al imaginar el sistema de poder como una pirámide, se puede pensar que fluye de la base al vértice o viceversa. Tanto la democracia directa como la indirecta reconocen su principio de legitimidad en la forma de poder ascendente. La diferencia está en el hecho de que en la primera el consenso se expresa sin mediaciones, y en la segunda lo hace a través de intermediarios que actúan en diferentes niveles a nombre y por cuenta de quienes están en la base de la pirámide.

A partir de esta diferencia entre dos principios opuestos de legitimidad, la tradicional distinción de las formas de gobierno, proveniente de un criterio meramente cuantitativo y como tal extrínseco —uno, pocos, muchos—, es sustituida por otra, que se ha vuelto predominante, entre democracia y autocracia, en la que la forma de gobierno democrática, sea directa o indirecta, se opone a todas las demás en cuanto precisamente es la única en la que el poder se transmite de abajo hacia arriba. Teniendo en cuenta la separación entre democracia y autocracia hay quien ha hecho, con conocimiento de causa, corresponder la distinción, bastante conocida en la filosofía moral, entre normas autónomas, en las que el que fija la norma y quien la recibe son la misma persona, y normas heterónomas, en las que quien pone la norma es diferente del que la recibe. Se puede decir, si bien idealmente y en última instancia, que la democracia es el sistema de la autonomía y la autocracia el de la heteronimia.

Lo que en el paso de la democracia directa a la representativa cambia o, mejor dicho, debe ser subsecuentemente especificado, es el concepto mismo de pueblo. "Pueblo" designa un ente colectivo, y la palabra corresponde al conjunto de personas que se reúnen en una plaza o en una asamblea. En la democracia representativa de los grandes Estados, los que gozan de los derechos políticos, esto es, del derecho a participar aunque indirectamente en la definición de las decisiones colectivas, jamás se congregan al mismo tiempo en una plaza o en una asamblea para deliberar. Valiéndose del hecho de reunión, se pueden juntar en una plaza o en una asamblea sólo parcialmente y, de cualquier manera, no para deliberar. En una democracia representativa el individuo generalmente no es el que decide; casi siempre es tan sólo un elector. En cuanto tal realiza su tarea normalmente solo, un singulus, en una casilla separado de los demás sujetos. El día de la elección, es decir, del evento constitutivo de la forma de gobierno representativo, no existe pueblo alguno corno ente colectivo: sólo hay muchos individuos cuyas determinaciones son contadas, una por una, y sumadas. Una democracia de electores como lo es la representativa, no recibe su legitimidad del pueblo, que, como entidad colectiva, no existe fuera de una plaza o asamblea, sino de la suma de individuos a quienes les ha sido atribuida la capacidad electoral. De hecho, en los cimientos de la democracia representativa, a diferencia de lo que sucede con la directa, no está la soberanía del pueblo, sino la de los ciudadanos.

Además de la titularidad del poder y la manera en que se ejerce, las formas de gobierno también han sido distinguidas a lo largo de la historia con base en los principios éticos en los que se han inspirado y a partir de los cuales han sido justificadas o juzgadas. La historia del pensamiento político conoce, junto a las tipologías de las formas de gobierno, el debate sobre cuál es la mejor forma de gobierno. Este debate toma en consideración los diversos principios éticos que cualquier forma de gobierno representa. Desde la Antigüedad, la democracia ha sido contrapuesta a los otros regímenes con base en el principio de la igualdad. No por casualidad en sus orígenes el sinónimo de democracia es "isonomía", que significa igualdad ante la ley. En un famoso capítulo de los Discursos (1, 55), Maquiavelo sostiene como condición para la existencia y supervivencia de una república la "equidad"; en cambio, donde hay desigualdad entre nobles y plebeyos no es posible otra forma de gobierno más que el principado. Montesquieu distinguió las formas de gobierno no sólo con base en los criterios tradicionales del número de gobernantes y su manera de gobernar, sino también con base en los principios que las orientan. Consideró como principio inspirador de la democracia la virtud que definió como "amor a la igualdad" (IV, 3). El advenimiento al mismo tiempo irresistible y temido de la democracia significa para Tocqueville la llegada de una sociedad igualitaria. Uno de los grandes contrastes que recorren la historia del pensamiento político es el que pone frente a frente a quienes piensan que los hombres nacen iguales y, en consecuencia, la mejor forma de gobierno es la que restablece la igualdad de condiciones, y a quienes estiman que los hombres nacen desiguales y que la pretensión de hacerlos semejantes es absurda y perniciosa. Los escritores democráticos son igualitarios; los antidemocráticos, no igualitarios. Más aún, una de las razones por las que a lo largo del tiempo la democracia ha sido con frecuencia calificada como la peor forma de gobierno es precisamente su tendencia a la igualdad. En el siglo pasado, después de la Revolución francesa, en el país galo y por reflejo en Italia el partido liberal y el democrático se contraponen, por lo menos hasta la aparición de los socialistas, como el partido de la libertad y el de la igualdad. Al confrontar la escuela democrática y la liberal, Francesco De Sanctis definió la primera como "basada en la justicia distributiva, en la igualdad de derecho, la que, en los países más avanzados, también es igualdad de hecho".

Conforme avanza la época contemporánea, la contraposición entre liberalismo y democracia tiende a desaparecer, y los regímenes democráticos se vuelven, o son cada vez más interpretados, como la continuación de los Estados liberales, tanto así que de hecho en el mundo actual no existen Estados democráticos que no sean al mismo tiempo liberales. La famosa contraposición entre libertad de los antiguos, entendida como autogobierno, y libertad de los modernos, como goce de las libertades civiles, viene a menos toda vez que la primera es insertada en un sistema político que comenzó a garantizar la segunda. Mientras en el mundo de las ideas el liberalismo y la democracia se muestran todavía durante un buen lapso como doctrinas opuestas, en la realidad sobreviene el paso del reconocimiento de los derechos de libertad a la admisión de los derechos políticos mediante los cuales el Estado liberal se transforma paulatinamente —con la progresiva ampliación del voto hasta llegar al sufragio universal masculino y femenino— en Estado democrático entendido como aquel en el cual los individuos gozan no sólo de las llamadas libertades negativas, sino también de las positivas, de participar, directa e indirectamente, en los asuntos públicos. Hoy la interdependencia entre la libertad liberal y la democrática es tal que hay buenas razones históricas para considerar que: a) la participación democrática es necesaria para salvaguardar las libertades civiles; y b) la protección de los derechos de libertad es necesaria para una correcta y eficaz participación.

Ideales liberales y democráticos se han entrelazado a tal punto que si es verdad que el reconocimiento de los derechos de libertad fue en un principio el presupuesto necesario para un ejercicio correcto de la participación popular, también es cierto que la inversa, el ensanchamiento de la participación se ha vuelto el principal remedio contra la subversión de los principios del Estado liberal. Hoy sabemos que sólo los Estados que brotaron de la revolución liberal se transformaron en democráticos, y que sólo los Estados democráticos son capaces de proteger los derechos civiles. Prueba de ello es que todos los Estados autocráticos que existen —y forman la mayoría— son antiliberales y antidemocráticos. Comenzando por el surgimiento de los regímenes fascistas en la primera posguerra hasta llegar a las dictaduras militares, la historia nos ha enseñado que la libertad y la democracia caminan de la mano y, cuando caen, caen juntas.

La idea de la igualdad sustancial, por encima de la puramente formal o jurídica, fue asumida por los movimientos socialistas que se opusieron tanto al liberalismo como a la democracia o dieron vida a una nueva concepción de la democracia, la democracia social, propuesta y guiada en la práctica por los partidos socialdemócratas o laboristas desde la segunda mitad del siglo pasado hasta nuestros días. Así sucedió que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, el contraste entre el liberalismo y la democracia, que paulatinamente fue amainando, fue superado por la contraposición entre los defensores de la democracia liberal, por una parte, y los socialistas, por otra; democráticos y no democráticos. Estos últimos se dividieron no tanto por la oposición al liberalismo, común a todos ellos, sino por el diferente juicio que debía emitirse sobre la validez y eficacia del método democrático o gradualista como medio de conquista, primero, y luego del ejercicio del poder.

Entre tanto, la controversia sobre el método, en torno a la cual discreparon los simpatizantes del tránsito pacífico de una condición social a otra, cuyas formas institucionales son las ofrecidas por la democracia, y los partidarios de la subversión violenta, terminó por acentuar el valor instrumental de la democracia sobre el finalista y lo hizo paulatinamente predominar. En el contraste entre la democracia y la autocracia deben tomarse en consideración elementos sustanciales corno la idea de igualdad, asumida por unos y rechazada por otros; en cambio, en la contraposición entre las vías democrática y revolucionaria se plantean en primer lugar elementos de procedimiento. Es preciso remontarse a este contexto histórico, o sea, al surgimiento, dentro de los Estados democráticos, de movimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios que se fijan propósitos de transformación radical —no alcanzables mediante los mecanismos con los que son tomadas las decisiones colectivas en una democracia—, para darse cuenta del rotundo cambio de significado de la democracia que tuvo efecto, no por casualidad, después de la primera Guerra Mundial y la aparición de esos movimientos que derivaron de ella. Esta mutación de significado ha dado origen a la llamada concepción procedimental de la democracia, que hoy es abrazada por la mayoría de los estudiosos de política y puede echar mano de la autoridad de Schumpeter, Kelsen, Popper y Hayek, aunque pertenezcan a diferentes tendencias políticas. Schumpeter definió la democracia como un modus procedendi a partir del cual individuos específicos obtienen el poder mediante una competencia que tiene por objeto el voto popular. De acuerdo con Kelsen, la democracia es esencialmente un método para seleccionar a los jefes, y su instituto fundamental es la elección. Es más que conocida la definición que Popper dio de la democracia como la forma de gobierno caracterizada por un conjunto de reglas que permiten el cambio de los gobernantes sin necesidad de usar la violencia. Finalmente, Hayek escribió que el mayor abuso que se puede hacer de la definición de democracia es el no referirla a un procedimiento para alcanzar el acuerdo sobre una acción común, y a cambio llenarla de ~ un contenido sustancial que prescriba cuáles deben ser los fines de esta acción.

Todo grupo social, por grande o pequeño que sea, requiere tomar decisiones colectivas, vale decir, determinaciones que atañen a toda la colectividad, independientemente del número de las personas que las toman. Para que una decisión sea considerada colectiva, y como tal válida y obligatoria para todos, se precisa de reglas que establezcan quién está autorizado a tomarlas y de qué modo. Las diversas formas de gobierno pueden ser distinguidas precisamente con base en las diferentes reglas que establecen quién decide y de qué manera. Con arreglo a este criterio, entre todas las definiciones que se pueden dar y han sido dadas de la democracia la más simple es la siguiente: es la forma de gobierno en la que rigen normas generales, las llamadas leyes fundamentales, que permiten a los miembros de una sociedad, por numerosos que sean, resolver los conflictos que inevitablemente nacen entre los grupos que enarbolan valores e intereses contrastantes sin necesidad de recurrir a la violencia recíproca. Estas reglas son primeramente las que atribuyen a los representantes de los diferentes valores e intereses el derecho de expresar libremente sus opiniones, incluso las opuestas a los gobernantes en turno, sin correr el riesgo de ser arrestados, exiliados o condenados a muerte, y el poder de participar directa o indirectamente, mediante delegados o representantes, en la formación de las decisiones colectivas, con un voto calculado de conformidad con el principio de mayoría. Que este principio derive de un acuerdo, el cual no asegura que la decisión sea la mejor solución, no cambia en nada el hecho de que tal cosa permite a personas que tienen valores e intereses diferentes llegar a una deliberación colectiva sin que haya necesidad de aniquilar al adversario. En esta competencia incruenta, los oponentes son vencidos en el cómputo de votos: consecuencia muy diferente de la que surge de la derrota en un duelo o en una guerra. Al margen de las llamadas reglas del juego democrático, los conflictos sociales por el predominio, o sea, para señalar quién tiene el poder de decidir por todos, no pueden ser resueltos más que con la preponderancia de una parte sobre la otra. El orden democrático es aquel sistema de convivencia entre quienes son diferentes que, más allá del plano moral (válido en pequeños grupos como el familiar o en asociaciones voluntarias de tamaño reducido), permite a esos que son diferentes vivir juntos sin (o con un mínimo de) violencia y transmitir el poder último, que es el de tomar las decisiones colectivas obligatorias, de manera pacífica.

Con base en la reconstrucción clásica de la manera en que brota un gobierno, efectuada por las doctrinas contractualistas, que constituyen un punto de referencia permanente para los simpatizantes de la democracia, un régimen así nace, en primera instancia, de un pacto de no-agresión puramente negativo entre individuos y grupos en conflicto, consistente en el compromiso recíproco de excluir el uso de la fuerza en sus relaciones, y de un segundo pacto positivo a partir del cual los mismos contrayentes concuerdan en establecer reglas para la solución pacífica de las controversias futuras. En fin, con el propósito de que este pacto sea garantizado contra posibles violaciones se requiere un contrato subsecuente por el que, siempre los mismos contrayentes, coinciden en atribuir a un tercero por encima de las partes la capacidad de hacer respetar, respaldado por la fuerza, los convenios anteriores. Este poder común es el que caracteriza al gobierno democrático cuando el pacto que lo origina prevé que sea limitado por los derechos inviolables de la persona ~ se ejerza con el máximo de participación y, por consiguiente, de consenso de los involucrados. No existe Estado sin monopolio de la fuerza legítima; pero a diferencia de lo que ocurre en los Estados autocráticos, el ejercicio exclusivo de la fuerza por parte del Estado democrático debe servir para garantizar el uso pacífico de las libertades civiles y políticas, y, a través de ellas, la definición de las decisiones colectivas mediante el debate libre y el conteo de los votos. En rigor, el derecho de reunión está garantizado con tal de que los convocados no porten armas. El derecho de asociación está reconocido con excepción de las sociedades militares y paramilitares. La libertad de expresión y la libertad de prensa son reconocidas a condición de que no sean usadas para instigar a la violencia. La principal forma de oposición de masas, que es la huelga, es una típica forma de oposición no violenta. La misma desobediencia civil en casos extremos puede ser tolerada si se lleva a efecto por medio de manifestaciones pacíficas o como resistencia pasiva.

El haber subrayado los aspectos de procedimiento del gobierno democrático, de suyo suficientes para caracterizarlo y diferenciarlo de la autocracia, no excluye la referencia a valores, implícitos en la selección misma de un procedimiento en lugar de otro. Se trata de que estos valores se hagan explícitos: en la insistencia de que en la definición mínima de democracia se ponga en primer lugar el tema de la no-violencia aparece el valor fundamental del derecho a la vida, y estrechamente ligado a éste el valor de la paz contrapuesto al antivalor de la guerra; en uno de sus institutos fundamentales, el sufragio universal, la democracia incluso solamente formal se inspira en el valor de la igualdad y por tanto en la exclusión de discriminaciones tradicionales entre los miembros de una misma sociedad con respecto al censo, la cultura, el sexo o las opiniones políticas y religiosas; el régimen democrático, como condición del ejercicio mismo de los derechos políticos, debe asegurar, como se ha dicho, algunas libertades fundamentales, como las de opinión, reunión y asociación, sin las cuales falta la dialéctica de las ideas que permite alcanzar la decisión a la que se debe someter toda la colectividad mediante el control recíproco de las opiniones. En los cimientos de la democracia moderna está una concepción individualista de la sociedad. Según esa concepción, la sociedad se instituye para bien del individuo, y no a la inversa. Tal idea recibe su fuerza de un presupuesto ético que, como todos los presupuestos éticos, puede ser justificado con argumentos más que demostrado racionalmente. Se trata del presupuesto de acuerdo con el cual el ser humano es una persona moral que tiene un fin propio y no puede ser tratado como un medio; tiene una dignidad y no un precio. A la persona en cuanto tal le son inherentes ciertos derechos que sin recurrir a postulados metafísicos pueden ser interpretados y justificados como pretensiones, que emergen progresivamente en el curso de la historia, de los hombres y de las mujeres de ser tratados de forma que no sean sometidos a sufrimientos inútiles, humillaciones, sumisiones prolongadas o marginaciones, y a gozar de un mínimo de bienestar.

Mientras los procedimientos universales y los valores que portan consigo, o que presuponen, permiten diferenciar a los gobiernos democráticos de los autocráticos, se pueden distinguir varias formas de democracia tanto con base en criterios procedimentales como teniendo en cuenta la mayor o menor aproximación a la realización de los valores fundamentales.

En referencia a la primera distinción, son dos los principales criterios según si se tiene en cuenta el nivel institucional más alto o el más bajo. En el primero de ellos se ubica la diferencia entre las formas de gobierno presidencial y parlamentaria. La distancia entre las dos radica en la distinta relación entre el legislativo y el ejecutivo. Mientras en el régimen parlamentario el grado de democracia del ejecutivo depende de ser una emanación del legislativo, el que a su vez descansa en el voto popular, en el segundo el jefe del ejecutivo es electo directa y periódicamente por el pueblo, y por tanto responde de sus actos de gobierno no ante el parlamento, sino frente a los electores. En el nivel institucional más bajo se plantea la distinción entre la democracia mayoritaria y la consensual, que se apoya principalmente en la distinta formación de los grupos políticos luego de la adopción de dos diferentes sistemas electorales, el de colegio uninominal y el proporcional. En la democracia mayoritaria existe la posibilidad de alternancia en el gobierno entre los dos grupos políticos principales, y la mayoría está constituida por un solo partido o por la alianza del partido que obtuvo más votos con un partido minoritario; en la democracia consensual, donde la fragmentación de los grupos políticos generada por el sistema electoral de representación proporcional sólo permite gobiernos de coalición, la formación de un gobierno siempre es producto de compromisos entre distintos partidos, es menos fácil la alternancia total y los gobiernos tienden a ser menos estables.

Por lo que atañe a los principios inspiradores, las democracias se distinguen a partir del mayor o menor éxito en la tendencia a eliminar toda forma, incluso esporádica, de violencia política (terrorismo de derecha o izquierda, intentos recurrentes de golpes militares); con base en la mayor o menor amplitud del espectro en el que se colocan los derechos de libertad y la mayor o menor protección por parte del Estado de las libertades personales; con base en la mayor o menor dimensión del igualitarismo que se extiende de la igualdad formal o ante la ley a las varias Formas de igualdad sustancial, propias del llamado Estado social. Se pasa de formas de democracia imperfecta o cuasidemocráticas como son aquellas en que el recurso a la violencia política nunca es eliminado del todo, a través de las democracias más o menos liberales, a las formas más avanzadas de la democracia social, que es la que realiza con más amplitud el ideal ético de la democracia.

El diferente grado de democracia depende de varias razones vinculadas a la historia y a la sociedad de cualquier país. El orden político es una parte del sistema social en su conjunto y está condicionado por éste. Entre esas razones se encuentran las: a) históricas, referentes a la mayor o menor continuidad de una tradición democrática (hay países en los que el gobierno democrático no ha sufrido interrupciones, y otros en los que los regímenes democráticos se han alternado con gobiernos autocráticos); b) sociales, que dependen de la mayor o menor heterogeneidad de la composición de los grupos étnicos, raciales, de donde proviene el diferente grado de integración; c) económicas, concernientes a la mayor o menor desigualdad de riqueza, de lo que proviene la marginación también política de las masas más pobres y la no-correspondencia entre los derechos formalmente reconocidos y los que realmente se ejercen; y d) políticas, relativas a la mayor o menor amplitud de las clases dirigentes, por una parte, y a la mayor o menor dificultad de los estratos más débiles de la población, en cuanto más numerosos, de organizarse políticamente y de poder influir en las decisiones que les interesan.

En el nivel más alto encontramos las democracias que poseen raíces históricas profundas, tienen una población socialmente más homogénea, son capaces de adoptar progresivamente disposiciones para corregir las desigualdades económicas mediante diversas medidas redistributivas, tienen una clase política extensa, diferenciada y competitiva, y favorecen la organización de todos los intereses mediante la formación estable de grupos de presión, sindicatos según el oficio y partidos. En el nivel más bajo se ubican las democracias en las que están presentes sólo algunos de estos requisitos. Donde ninguno de ellos existe, cualquier intento por instituir un gobierno democrático encuentra graves dificultades y la construcción que deriva de ese esfuerzo no está destinada a durar.

Extraído del Diccionario de Política de Norberto Bobbio

La crisis integral del modelo energético neoliberal

“Un hombre honrado y con escrúpulos dentro de la industria petrolera es un fenómeno tan raro que merecería figurar en un museo”. Harold L. Ickes – Administrador del Petróleo para la Guerra del Presidente Franklin D. Roosevelt

“Si se está en contra de los trusts petroleros es imposible llegar al gobierno, pero luego es aún más difícil gobernar con ellos”. Franklin D. Roosevelt.

“Ningún país puede pensar en desarrollarse sobre bases coloniales.” “No hay país soberano que resigne el control de sus recursos energéticos a manos de las leyes del mercado, a sabiendas de que ello significa hipotecar su crecimiento y desproteger a sus futuras generaciones”. Arturo Illia.

“Mi más completa decepción es frente a algunas situaciones ni fu ni fa, de las cuales creía que se podía sacar algo; ahora me convenzo, terminantemente, de que los términos medios no pueden significar otra cosa que la antesala de la traición”. Ernesto “Che” Guevara.

PRIMERA PARTE.-

I.- Ratificación del Diagnóstico General.-

En el anterior Informe Energético de Agosto del 2003 titulado “El Modelo Prolijo y el Progresismo Cosmético – Petróleo y Servicios Públicos”, señalamos con la mayor objetividad que todo indicaba que la administración del Presidente Kirchner continuaba con las mismas políticas socioeconómicas neoliberales –la energética incluida- aplicadas por sus antecesores, siendo la única diferencia aquella que surge de los discursos oficiales. En política, es lo que se conoce como “el doble discurso”.

El acatamiento, verbalmente disimulado, a las directivas del FMI y a las instrucciones de los EEUU y del G7 así lo muestran, mientras lo confirman la inexistencia de cambios estructurales al modelo implantado desde 1989, la profundización del la regresividad impositiva, la protección de los negocios de un sistema bancario irrecuperable (las AFJP, en especial) y, recientemente, el proyecto del Ejecutivo en tratamiento Legislativo, de Ley de Responsabilidad Fiscal, que subordina el federalismo constitucional al Ministerio de Economía, haciendo realidad el antiguo sueño del FMI de tratar con un solo interlocutor válido. Por otra parte, los grandes números de la economía también lo certifican, pues mientras aumenta el PBI, disminuye la participación del sector trabajo en el ingreso. Consecuentemente, cabe interrogarse sobre quienes se apropian de las mayores riquezas generadas y, sin dudas, podemos señalar al agro y a los petroleros, más concretamente y en especial, a los concesionarios de producción de la Ley de Hidrocarburos. Las ilegales ventas externas, la indexación de sus precios internos, el no ingreso al país del 70 % de sus divisas generadas, la redolarización del precio interno del gas, la novación de sus contratos que incluyen el perdón de sus incumplimientos y vicios de origen, el bajo porcentual, la mala liquidación de las regalías y el mantenimiento de situaciones de privilegio contrarias a la Ley nº 17.319, siguen siendo sus mecanismos principales de generación de utilidades. Tal como decía el Presidente Perón, “La única verdad es la realidad” y ante la misma, nadie puede seguir creyendo que nos encontraos ante un gobierno progresista.

II.- Balance a la fecha del presente Informe.-

La vigente Ley de Emergencia Pública Nº 25.561, sancionada en enero del 2002, contiene disposiciones positivas, entre las que destacamos por tener relación con el sector energético a: la ratificación de la prohibición de indexar cualquier precio de la economía dispuesta por la Ley de Convertibilidad; la extensión de similar prohibición sobre las tarifas de los servicios públicos, la potestad otorgada al Ejecutivo de fijar precios a cualquier tipo de bien comercializable considerado crítico, la creación del derecho a las exportaciones de bienes energéticos y la obligatoriedad de revisar en profundidad los contratos de las privatizadas celebrados por la Administración Pública bajo normas de derecho público, estableciendo pautas específicas para las prestadoras de servicios públicos. El párrafo marcado en negrita, significa que entran todos los contratos regidos por la Ley de Hidrocarburos y también aquellos referidos a la generación de energía eléctrica.

En sus inicios, con la finalidad de proceder a la revisión dispuesta por la Ley, la actual Administración contrató a FLACSO y dio participación a algunas ONG representativas de los usuarios, pero, al mismo tiempo excluyo de la revisión a los contratos “no regulados”, es decir, los más importantes, a saber: los correspondientes a los concesionarios de producción de la Ley de Hidrocarburos y los de los generadores de energía eléctrica. Al poco tiempo, fueron excluidos FLACSO y las ONG de los usuarios y el PE obtuvo la sanción de una Ley modificatoria de la Nº 25.561 que le permite otorgar incrementos tarifarios sin necesidad de revisar íntegramente los contratos. En base a esta última Ley, es que se han sancionado los recientes aumentos.

Desde la sanción de la Ley 25.561 y de la devaluación del peso, las empresas petroleras “no reguladas” siguieron ajustando los precios de los combustibles líquidos (GLP, es decir, garrafas y tubos incluidos) en base al precio internacional; de tal forma, al seguir desconociendo la vigencia de la prohibición indexatoria; provocaron que la Administración Duhalde decretara la declaración de la emergencia de abastecimiento; de allí parte el convenio entre refinadoras, productoras y el PE que fijaba para el petróleo en boca de pozo un valor de U$S 28,50 el barril, recientemente desconocido (aumentos del gasoil) ante la indiferencia gubernamental. Al mismo tiempo, tampoco respetaban el control de cambios impuesto por la Administración De la Rúa, y continuaron manteniendo en el exterior el 70 % de las divisas que les generan sus exportaciones, situación que les fue convalidada por el Presidente Duhalde al final de su mandato. Éstas concesionarias de la Ley de Hidrocarburos han ido aumentando sus presiones tendientes a obtener, por lo menos, el mismo precio en dólares que el gas en boca de pozo tenía en diciembre del 2001.

Por su parte, las generadoras eléctricas han sido beneficiadas con subsidios y habían asumido mantener sus precios a las distribuidoras. Uno de los objetivos que se fijaron fue el mantenimiento de las normas que regulan el funcionamiento del Mercado Eléctrico Mayorista, que les permiten generar ganancias extraordinarias mediante la aplicación del método consistente en aplicar a todas las unidades ofertadas, el precio de la última, que invariablemente es el más caro. Tanto las generadoras eléctricas, como las transportistas y distribuidoras del sector y las transportadoras y distribuidoras de gas natural, iniciaron una campaña que perseguía la obtención de incrementos tarifarios que les permitieran recomponer sus utilidades en dólares, al mismo nivel predevaluatorio.

En resumen, podemos decir que los:

a) concesionarios de producción siguieron indexando los precios de los combustibles líquidos y, mediante los Decretos Nº 180 y 181 y sus normas complementarias, han redolarizado el precio del gas, que pasará en breve tiempo, de U$S 0,40 a U$S 1,50 medido en millones de BTU (275 % de aumento en dólares); Tampoco han visto limitadas sus exportaciones de petróleo y apenas lo han sido solamente los “excedentes” de los ilegales contratos de exportación de gas. Los compromisos de inversión en exploración son misérrimos y los de desarrollo de los actuales yacimientos destinados a incrementar la oferta de gas, son dudosos, porque al ser el petróleo y el gas productos asociados, cabe preguntarse que han hecho en los primeros meses de este año con el gas, cuando han seguido extrayendo la misma cantidad de petróleo;

b) las generadoras eléctricas han mantenido inalterable el funcionamiento del Mercado Mayorista y han conseguido que les subsidien la compra de combustibles sustitutivos del gas natural faltante (es el caso del fuel-oil comprado a PDVESA), a causa de los incumplimientos de provisión incurridos por las productoras y de las transportadoras de gas;

c) las licenciatarias del servicio público de transporte, tanto eléctricas como gasíferas han sido liberadas de construir a su costo las obras infraestructurales –gasoductos troncales y líneas de alta tensión- y de afrontar el costo de sus incumplimientos, que debido a la gravedad de los mismos podría haberes costado la nulidad de sus contratos. El Estado Nacional se hará cargo de las obras, ya sea por medio de ENARSA o a través de extraños fideicomisos que nadie sabe bien como funcionan o cuales son las normas que regulan su accionar. Es lícito preguntarse lo siguiente: si las Leyes Regulatorias las obligan a prestar un servicio público de buena calidad y, al mismo tiempo, los respectivos contratos las liberan de concretar las inversiones necesarias para prestar el servicio licenciado, ¿en base a qué normas legales el Ejecutivo ha privilegiado las cláusulas contractuales por sobre las disposiciones de las Leyes que les dieron origen?. Además, serán premiadas a la brevedad con aumentos tarifarios de importancia;

d) ninguna de las empresas involucradas ha sido auditada por el Estado Nacional; en otras palabras, los usuarios y contribuyentes seguimos sin saber cuales son los costos reales de todos los servicios privatizados. El estudio de costos, utilizado por la Secretaría de Energía para justificar los aumentos del precio del gas, carece de seriedad pues no indica cuales son los criterios seguidos para distribuir los costos indirectos y conjuntos, es decir, que corresponden a productos asociados, como lo son el gas y el petróleo;

e) la totalidad de los beneficios que de una forma u otra percibirán las empresas, serán afrontados por los argentinos, ya sea en forma directa, a través de los precios y tarifas, o indirecta, por medio de la vía impositiva.

III.- Aspectos generales de la crisis.-

Hidrocarburos y servicios públicos.-

En el Informe de Agosto del 2003, señalábamos la necesidad de separar los análisis referidos al sector de hidrocarburos de aquellos destinados a la prestación de los servicios públicos de gas y electricidad, sin desconocer la interdependencia entre los campos propios donde se manifiestan los problemas, pues los precios del petróleo en el yacimiento y del gas en el punto de ingreso a la red troncal, vulgarmente llamados en boca de pozo, constituyen los precios estructurales o básicos de la economía. No son lo mismo las guerras del Golfo Pérsico y del Asia Central, donde las grandes potencias luchan para asegurarse reservas de hidrocarburos que les garanticen el abastecimiento de sus economía por los próximos 30 ó 40 años, que los regímenes de prestación de servicios públicos, por más importantes que estos sean. Mantenemos la misma advertencia conceptual.

El contexto internacional y la imprevisión nacional.-

La situación internacional es altamente preocupante. De acuerdo a estudios de técnicos prestigiosos e independientes, existe la posibilidad cierta de que en un plazo aproximado de cuarenta años, las actuales reservas mundiales de hidrocarburos se agoten. Además, por estar ubicadas las reservas mayoritariamente en países musulmanes, se potencia la aparición de conflictos internacionales de magnitud.

La reciente reunión del G7 más Rusia pero sin China, donde sin consultar a los dueños de los reservorios, se sentaron las bases del reparto de los mismos entre los concurrentes. El agravamiento de los conflictos bélicos y de las situaciones internas de los principales productores, especialmente de Arabia Saudita, deberían preocupar seriamente al Gobierno Nacional que, cuanto menos, tendría que pensar que ante una situación futura de escasez internacional creciente, no puede seguir ignorando el nivel de nuestras reservas y permitiendo a las petroleras continuar con su espectacular negocio de las exportaciones, al costo de explotar intensiva y depredatoriamente los yacimientos.

El reconocido especialista británico Jeremy Sampson (autor de “Las siete hermanas”) sostiene en Página 12 del 30/05/04 que “La guerra en Irak, con todos sus errores y horrores, sigue distrayendo a Occidente de la crisis en Arabia Saudita, que fue la consecuencia más seria del 11 de septiembre, y de las ambiciones de Osama Bin Laden. Una guerra civil en Arabia Saudita brindaría una mayor amenaza a la seguridad de Occidente que Irak o Afganistán. Porque si los fundamentalistas llegan en el futuro a tomar el poder en Arabia Saudita no sentirán la misma necesidad que los otros productores de vender su petróleo para financiar su desarrollo. Ellos creen que es la riqueza la que corrompió a su país y que se pueden arreglar sin el petróleo. Esa es la peor pesadilla para los consumidores occidentales: darse cuenta que el mayor exportador de petróleo no necesita exportar” (La negrita es propia).

La actual administración justicialista actúa como si el contexto externo nos resulta ajeno y siguen pensando que los hidrocarburos revisten la categoría de “commodity”, tal como lo sostienen las grandes petroleras multinacionales y sus “abrepuertas” locales (lobbyist) a los cuales el Presidente Kircher brinda un privilegiado trato.

Previsibilidad de la crisis – Criterios generales para superarla. Su continuidad.-

La actual es una situación crítica previsible e ineludible: sí o sí iba a suceder. Un sistema energético en que sus actores productivos sobreexplotan incontroladamente los viejos yacimientos sin invertir en exploración; donde los concesionarios o licenciatarios de servicios públicos tampoco lo hacen en obras destinadas a asegurar la prestación normal de la que son legalmente responsables; que está casi totalmente extranjerizado con lo cual pensar que tengan algún compromiso con nuestro país es una fantasía irrealizable; que genera altísimas utilidades que son giradas libremente al exterior, incluso en las actuales circunstancias y ante la complacencia de un Ministerio de Economía que, sumiso al FMI, privilegia sus problemas de caja y se ha convertido en un “lobbyist” de las privatizadas.; donde la planificación y el control estatal han estado premeditadamente ausentes, no puede tener otro fin distinto al que estamos y seguiremos padeciendo: el colapso del modelo energético neoliberal.

Podemos describir la crisis diciendo que los argentinos hemos vendido las joyas de la abuela, nos endeudamos para seguir la fiesta y, como no invertimos en mantener, mejorar y ampliar nuestros activos físicos, se nos cayó la casa encima.

El sistema anterior, estatal nacional, racional, solidario, súperavitario en rentas y puesto al servicio del desarrollo económico-social autónomo, nos dejó una infraestructura física que aún disponemos, sin olvidar que los servicios públicos derivados permitían el acceso y la permanencia de los argentinos, sin que fueran aspectos descalificatorios su nivel de ingreso o su lugar de residencia.

No está de más recordar que fue iniciado por el Presidente Yrigoyen y la creación de YPF en 1922. La designación al frente de la misma del Coronel e Ingeniero Enrique Mosconi por parte del Presidente Alvear y la formulación y ejecución de un plan de crecimiento empresario cuya finalidad era el desplazamiento de los trusts internacionales del petróleo que dominaban el mercado interno, donde, al igual que en estos días, regía en los surtidores el precio internacional o precio del golfo. Ese plan culminó el 1 de agosto de 1929 con la “Toma del Mercado de los Combustibles Líquidos”. En palabras de Mosconi, de ahora en más, serían los gobiernos de la República los que fijarían los precios de los combustibles y las riquezas antes que tomaban el camino del mar quedarán en el país. Todos los mencionados consideraron a esa decisión como la continuidad económica del 9 de Julio de 1816, cuando proclamamos la independencia política. En una situación internacional tan difícil como la actual, Argentina había decidido, soberanamente, utilizar las riquezas que el petróleo general en beneficio de los intereses de su pueblo.

A partir de esa postura, y especialmente a través de impuestos específicos –los Fondos Energéticos y Viales- cargados al precio de venta de los combustibles y al petróleo crudo procesado localmente, fue que la Nación, y también las Provincias, construyeron y mantuvieron toda la red vial nacional y provincial, la red de gasoductos troncales (una de las más extensa del mundo), los grandes oleoductos troncales, la totalidad de las grandes represas hidráulicas nacionales y muchas provinciales, las líneas eléctricas troncales de alta tensión, la construcción de los polos petroquímicos de San Lorenzo, Ensenada y Bahía Blanca, sin olvidar las obras de colonización que YPF, Gas del Estado, Agua y Energía Eléctrica e Hidronor, hicieron realidad en todo el territorio nacional. Desde 1967, también se cargaba al precio de los combustibles el Impuesto a la Transferencia (ITC), sumándose posteriormente el IVA y en 1985 el 10 % destinado a las Cajas de Previsión Social. Además, YPF financiaba a las otras empresas del Estado y a actividades productivas de importancia, como el agro, por ejemplo.

Esa inversión infraestructural fue prevista y ejecutada con un horizonte de crecimiento de largo plazo y el grado de desarrollo logrado hasta julio de 1989, cuando comenzó a privatizarse y desregularse el sector energético, es exactamente el mismo de que disponemos a la fecha, al que debemos sumar que nuestras reservas de gas y de petróleo alcanzaban a 37 y 23 años, respectivamente. El logro de Yrigoyen, Alvear y Mosconi de 1929 fue revertido por la más pronunciada involución socioeconómica que registra la historia nacional, plasmada por la gestión presidencial de Menem, conservada y profundizada por todos sus sucesores. Consecuentemente, las riquezas generadas por los hidrocarburos retomaron el camino del mar y no se transforman en inversiones internas. Somos el único país autoabastecido donde sus habitantes pagan por sus combustibles el precio internacional. Este es la causa principal del colapso energético y, sin dudas, de la pobreza extrema en que viven más de la mitad de los compatriotas.

También se han manifestado problemas en las relaciones con organismos internacionales que, insolentemente, ante la pasividad de un Gobierno que ha olvidado que somos socios de los mismos y no mendicantes, exigen desde la supresión de los derechos a las exportaciones de petróleo hasta desmedidos y nunca estudiados incrementos de tarifas. Como novedad, se ha visto afectada la relación con países limítrofes, que no son más que otras derivaciones de la resignación de la soberanía nacional incurrida desde los años 90’, donde los intereses particulares y lucrativos fueron puestos por encima de los nacionales. Este último es el problema generado con las exportaciones de gas natural a Chile, donde el Presidente Lagos ha demostrado estar más informado sobre la crítica situación hidrocarburífera argentina que nuestras autoridades.

En cuanto a las medidas adoptadas para superarla, es menester tener en claro los criterios rectores a los que el Gobierno ha ajustado sus medidas, a saber:

a) Aceptación del Modelo Neoliberal. Ha respetado la propuesta electoral oportunamente presentada a la ciudadanía, pero muy poco divulgada (puede leerse en Internet en www.kirchnerpresidente). En la misma, que competía en cuanto a liberal se refiere, con las de Menem y López Murphy, se ratificaba y profundizaba el Modelo vigente implantado desde julio/89, aunque se prometía la recuperación de la renta petrolera (transcurrido más de una año de gobierno, ha sucedido todo lo contrario) y de la acción de oro de YPF S.A. (algo muy difícil de concretar porque nunca se perdió); también se criticaba la venta a Repsol del paquete mayoritario de acciones de YPF. Consecuentemente, el Presidente Kirchner ha sido coherente –salvo con la venta a Repsol- con sus conductas de apoyo al sistema colapsado, en especial con:

1) las privatizaciones de las empresas energéticas, especialmente YPF donde contribuyó a la obtención del quórum mínimo requerido para iniciar su tratamiento, circunstancia que implicaba su segura aprobación;

2) al copamiento de YPF por parte de Repsol, que importó para la Argentina la “liquidación” del 20 % del capital social (sólo se conservan 1.000 acciones que le permiten nombrar un director y un síndico y sus respectivos suplentes, y ejercer el poder de veto en las especiales circunstancias determinadas en la Ley de Privatización). En este caso, oportunamente, en el momento del copamiento, el entonces Gobernador santacruceño se alegraba de que la empresa española se integrara verticalmente, expresando al diario Crónica de Comodoro Rivadavia (10/05/99) “Es una de las operaciones más importantes para la Argentina”.”Repsol es una empresa que refina petróleo, no produce crudo, ni explora…y con la compra de YPF va a combinar la refinación de los productos de petróleo con la producción de crudo, con lo que va a llegar a ser una de las empresas más importantes del mundo”

3) al mantenimiento del criterio del precio internacional para el mercado interno y seguir considerando a los hidrocarburos como una simple mercancía comercializable.

b) Justificación de incumplimientos empresarios. A pesar de las altisonantes declaraciones presidenciales y ministeriales, el Gobierno ha aceptado la falacia empresaria de que las causas del colapso hay que buscarlas solamente en el congelamiento de tarifas de la energía eléctrica y el gas natural y, por ende, de los precios relacionados son ellas como el del gas en boca de pozo, cuyas tarifas debieron ser revisadas en su totalidad. En términos económicos, las empresas y la derecha política –Macri, López Murphy y Menem, Terragno, entre otros- han sostenido que la crisis ha sido consecuencia de la alteración del funcionamiento normal del mercado, dando por supuesto que éste funciona en el área de los hidrocarburos en forma similar a la compra venta de acciones en la Bolsa de Comercio; ante semejante afirmación habría que preguntarle a los iraquíes si tienen alguna opción de no vender su petróleo a los EEUU, o sea ¿cuál es la libertad de que goza la oferta en este caso?

De esta forma, se blanquea la falta de inversiones en el desarrollo de áreas o pozos gasíferos, en la construcción de nuevos gasoductos troncales y líneas de la red nacional de alta tensión. Tal conducta sólo puede entenderse si se trata de justificar el pasado aunque se lo denigre verbalmente, entendiendo que el modelo ha sido exitoso para todos, cuando en realidad, lo ha sido sólo para las empresas beneficiarias del proceso privatizador. Significa también olvidarse de la historia internacional reciente que nos muestra el colapso de sistemas eléctricos similares en California y la Costa Este de los EEUU y Canadá, donde no hubo congelamiento tarifario, con niveles de ingreso son, por lo menos, cinco veces mayores que el de los argentinos y con una administración pública más eficiente y menos corrupta. Al mismo tiempo se libera a las empresas de las penalidades que sus incumplimientos le han ocasionado y, como se verá, también del cumplimiento de lo no concretado.

c) Mantenimiento de situaciones de privilegio ilícitamente obtenidas. Tal es el caso, por ejemplo, de no ingresar al país el 70 % de las divisas, seguir indexando los precios internos, continuar con la operación de áreas obtenidas en contradicción a la Ley de Hidrocarburos, mantener exportaciones a pesar de no estar asegurado el consumo interno y menos aún el autoabastecimiento a mediano plazo, etc…

Tampoco el Poder Ejecutivo ha demostrado el menor interés en investigar hechos paradigmáticos de corrupción, tales como la prórroga de la concesión de explotación de Loma de La Lata, y las dos ventas de YPF. Casualmente, en el tema de Loma de La Lata y en la segunda venta del capital social de YPF, aparece Repsol.

Lo expuesto nos lleva a la conclusión de que las medidas adoptadas por el Gobierno, lo han sido dentro del irracional sistema energético vigente. Por consiguiente, nada tienen que ver con una solución definitiva del problema; todo indica que serán paliativos que transformarán en crónicos los desequilibrios sectoriales y cuyo costo no será absorbido por las empresas sino por todos los argentinos, según el Modelo Privatizador K, ya aplicado en los ferrocarriles y el peaje. El justicialismo gobernante pretende resucitar un sistema energético que al haber fracasado puesto al servicio de un modelo socioeconómico neoliberal, menos puede servir a una política económica que persiga objetivos diametralmente opuestos, dentro de un contexto de independencia política, soberanía económica, equidad social y equilibrio regional.

Al proceder en la forma señalada, la Administración Kirchner ha perdido la oportunidad de dar inicio a la reestructuración total del sector, aprovechando no solamente los incumplimientos contractuales sino también las manifiestas transgresiones empresarias e incumplimientos de sectores del la Administración, a las Leyes de Hidrocarburos, Convertibilidad, Marcos Regulatorios del Gas y de la Energía Eléctrica, Reforma del Estado, Emergencia Económica, Defensa de la Competencia y del Consumidor, de Abastecimiento, Emergencia Pública Nº 25.561 y Administración Financiera y Sistemas de Control del Sector Público Nacional. Por ejemplo, resulta difícil de entender, como la disminución premeditada de los volúmenes de gas destinados al mercado interno, llevada a cabo por los concesionarios de producción de la Ley de Hidrocarburos en marzo del corriente año –inicio público de la crisis- que fuera denunciada en un país extranjero por el Presidente Kirchner, no haya sido penalizada y por el contrario sus responsables hayan sido acreedores a la reinternacionalización del precio del gas en boca de pozo, que implica incrementos en dólares del 275 %.

En otras palabras, en lugar de seguir los lineamientos reestructuralistas propuestos por técnicos no vinculados a las empresas y por el MORENO (Movimiento para la Recuperación de la Energía Nacional Orientadora ) por ejemplo, el Gobierno ha preferido, a costa del bolsillo de los argentinos, “emparchar” el irracional modelo que rige desde julio de 1989.

Con su conducta, desconoce claras disposiciones de la Constitución Nacional; ésta, en su Preámbulo establece como objetivos fundantes de la República “proveer a la defensa común” y “promover el bienestar general”; ambos objetivos fueron utilizados por el Presidente Illia como Considerandos en los Decretos de anulación de los contratos petroleros firmados por el Presidente Frondizi. Cabe preguntarse si con la beligerante situación internacional por todos conocida, Argentina puede seguir permitiendo una explotación incontrolada de un bien no renovable, estratégico y muy escaso, como también si, ante la situación de extrema pobreza en que se encuentran muchos compatriotas, es posible seguir observando pasivamente que las rentas hidrocarburíferas tomen, en las palabras de Mosconi, el camino del mar. A su vez, el Art. 41 de la Carta Magna, obliga “a la utilización racional de los recursos nacionales” y a que las actividades productivas del presente deben preservar la calidad del ambiente y no deben “comprometer las de las generaciones futuras”. Si algo puede afirmarse sobre el desarrollo interno de las actividades productivas referidas a los hidrocarburos, es su irracionalidad que, entre otros daños, implica la depredación ambiental; como ejemplo de lo afirmado, cabe mencionar a los dos yacimientos más importantes: Loma de la Lata y Rincón de los Sauces.

Trascendencia política, económica y social del colapso

La dimensión de la crisis estructural, a las que deben sumarse las contradictorias e intrascendentes declaraciones de los funcionarios que insisten en negarla–en realidad, verdaderos relatores de la misma- han generado lógicos temores en gran parte de la población, que van desde el vislumbrar el corte de los servicios de luz y gas, o suponer fuertes incrementos de tarifas que, en el caso de la industria y especialmente en sectores PYMES, como el del GNC por ejemplo, ya se han materializado, preanunciando fuertes traslados a los costos.

La provisión de energía eléctrica, dentro de parámetros normales de riesgo se ha normalizado en gran parte, gracias a las lluvias que han mejorado la oferta hidroeléctrica; pero el futuro sigue incierto, tanto en volúmenes como en precios, con la importancia que esto último tiene para las previsiones empresarias. El abastecimiento de gas natural funcional al máximo de la capacidad de transporte disponible de la red troncal; por consiguiente, se siguen produciendo cortes; la Secretaría de Energía ha dispuesto aplicarlos a las usinas en primer lugar, pero, lamentablemente, privilegia a las refinadoras en desmedro de las pymes; en este caso, las refinadoras que son las que tienen el combustible sustituto a mejor precio y con menos problemas deberían ser las primeras a las que se le corte el suministro; al no hacerlo, se les permite comprar gas natural que, a pesar de los últimos aumentos, les resulta un buen negocio pues los combustibles líquidos sustitutos los venden al mercado interno o externo al precio internacional. Resulta imprescindible retirarles a las distribuidoras el poder de policía que ilegalmente les fuera delegado por el ENARGAS; este poder de control, está siendo utilizado para afectar con los cortes a aquellas empresas medianas y pequeñas que no aceptaron en su momento pasar de la categoría interrumpible a no interrumpible y, por supuesto, pagar bastante más por el suministro.

Las dificultades presentes y futuras han obligado a la mayoría de los habitantes a plantearse interrogantes que exceden los límites a que las falacias neoliberales nos tenían acostumbrados. Del creciente cuestionamiento a las privatizaciones, gran parte de los argentinos ha pasado a tener conciencia de la importancia que tenía el accionar de las grandes empresas públicas en el desarrollo de su vida cotidiana, presente y futura y, de cómo la afecta negativamente su privatización y extranjerización.

Paralelamente a la profundización de la crisis –cortes de gas con altas temperaturas e interrupciones en el servicio eléctrico – las ya señaladas ambiguas y esotéricas declaraciones oficiales, fueron mellando la decreciente credibilidad del Presidente, a pesar de que aun no se han trasladado a los precios la totalidad de los incrementos en el precio del gas y la electricidad y tampoco se han incrementado las tarifas domésticas, cosa que sucederá en los próximos meses.

La SEGUNDA PARTE del presente informe será dada a conocer en los próximos días. Estará referida a las medidas adoptadas por el Gobierno Nacional, en forma detallada, como por ejemplo ENARSA y el Plan Energético; también se analizan distintas opiniones, entre ellas, el Plan del Comité Nacional de la UCR.

El presente informe fue preparado por la Comisión especializada que funciona en el Instituto de la Energía y la Infraestructura de la Fundación Arturo Illia para la Democracia y la Paz, que dirige el Cr. Gustavo A. Calleja

Cumplimos 1 año!

El viernes 9 de julio los esperamos en nuestra casa para juntos compartir los festejos de la independencia y nuestro primer año creyendo firmemente que los ideales que nos dieron origen siguen siendo los principios de la lucha en el presente para que en el futuro se concreten nuestras utopías.

17:00
Inauguración de la Muestra Fotográfica
Constituyentes de 1994
Amancio Alem (Reportero Gráfico - Diario El Litoral)

19:00
Homenaje a Carlos Spina
Convencional Constituyente
Militante radical.

20:30
Charla - Debate
Crónica de la Reforma Constitucional de 1994
Rogelio Alaníz (Periodista)

22:00
Cena Aniversario
Reservar con anticipación

Firmas contra la ley de Lemas

Firmas contra la ley de Lemas

En una mesa instalada en San Martín y la cortada Falucho, comenzó hoy la campaña de recolección de firmas para derogar el sistema electoral en vigencia, vulgarmente conocido como ley de Lemas.

La convocatoria surge de partidos políticos (como la UCR y el Socialismo) y diferentes organizaciones ciudadanas. Los organizadores explicaron que las acciones continuarán, "tanto a nivel local como provincial". Uno de los impulsores de la medida, el diputado radical Hugo Marcucci, manifestó que en la campaña "se está trabajando en el mismo sentido en que la gente lo demanda".

Diario El Litoral - Viernes 18 de junio de 2004

Cumplimos 1 año!

El próximo 9 de julio cumplimos un año y lo festejamos en nuestra casa con actividades culturales y un día vestido e celeste y blanco.

100 consensos básicos para fundar La Cantera

En el día de la fecha los abajo firmantes, jóvenes militantes de la Unión Cívica Radical, nos damos cita a los efectos de constituir una organización política nacional, bajo los fundamentos, principios y objetivos, que a continuación detallamos.

1) Declaramos como nuestro principal objetivo la conquista del poder político por vía de las instituciones democráticas, por parte de una nueva generación de argentinos, que superando los errores del pasado, se proponga reinsertar a la Nación en el camino de la igualdad, la libertad, la justicia social, el desarrollo económico, el progreso social y la soberanía política.

2) Nuestro ideario se vincula al pensamiento de la social democracia, es decir, a combinar Libertad con Igualdad, promover la solidaridad, profundizar la democracia y procurar la paz.

3) Estamos convencidos que la única consolidación posible de la democracia en América Latina, es mejorando sustancialmente el reparto de la riqueza, y afirmando el papel del estado en las áreas de educación y salud, así como en la preservación de los recursos nacionales estratégicos.

4) Creemos que las libertades no pueden ser sólo formales o abstractas, deben corporizarse en una ampliación permanente de la participación de todos los sectores sociales en las decisiones políticas, en la afirmación de los rasgos culturales y en el disfrute de la riqueza nacional.

5) Los grandes problemas nacionales nos convocan: el quiebre productivo que implicó el cierre de cientos de empresas en la última década, el peso de una deuda externa agobiante y mayoritariamente ilegítima, una tasa de desempleo sin precedentes, la creciente informalidad del trabajo, la caída de ingresos de los asalariados y el aumento de la desigualdad social, la crisis de valores, la falta de perspectiva y retroceso de las clases medias y el crecimiento de la violencia social e institucional, así como la corrupción y el individualismo que afecta a la sociedad en su conjunto, expresada dramáticamente en su clase dirigente.

6) También, la desaparición de la educación pública como política de Estado, la sistemática destrucción de nuestro aparato científico tecnológico, la expulsión de niños y ancianos de toda cobertura de salud, la enajenación del suelo y el subsuelo, la sumisión humillante a la potencia hemisférica y mundial, entre otras calamidades.

7) Somos conscientes que la virtual inexistencia de Estado converge en una pérdida creciente de capacidad de decisión estatal soberana frente a los sectores dominantes y un achicamiento de su capacidad de gestión.

8) Esta brutal transformación, sumado a la cooptación que sus beneficiarios han derramado sobre el conjunto de la clase dirigente, ha afectado a la política y sus instituciones produciendo la crisis de legitimidad de los partidos más profunda de la historia, letal para la continuidad del sistema democrático.

9) Frente a este diagnóstico, afirmamos que en la recuperación del Estado radica buena parte de la resolución de los problemas nacionales. Pero para ello se requiere recuperar la política y contar con partidos y organizaciones vigorosas y renovadas.
10) Tenemos la convicción de que el futuro de un pueblo está íntimamente vinculado a la calidad de sus ciudadanos y por ende de sus dirigentes. Así, un pueblo libre necesita de dirigentes que asuman el contrato establecido con sus representados.

11) Consideramos que la democracia requiere ineludiblemente de partidos políticos para su funcionamiento y que frente a la crisis de representación de éstos, es indispensable recuperarlos, o crear nuevos partidos o coaliciones de partidos que reemplacen a los que mueren. La certeza de la imprescindibilidad de los partidos políticos, no va en desmedro de las nuevas formas de participación que la sociedad va gestando y que integran el sistema democrático.

12) Entendemos posible la paz social basada en la permanente inclusión de los marginados, a través del acceso a la educación pública en todos sus niveles, a la dignidad que otorga el trabajo debidamente remunerado, a la salud pública de calidad, a la cultura y al bienestar general.

13) Descreemos de los falsos antagonismos destinados a dividir y enfrentar a los sectores populares para allanar así el camino a los intereses concentrados del capital especulativo (en ocasiones también el productivo, cuando éste está concentrado en pocas manos).

14) En cambio, depositamos en la idea superior de justicia la resolución de las controversias derivadas de intereses sociales antagónicos; creemos preciso dar prioridad a los postergados a la hora de gobernar, legislar o dictar justicia, sin por ello poner en riesgo la paz social que, de romperse, acaba perjudicándolos aún más.

15) Impulsamos para ello la construcción de un Estado fuerte, capaz de hacer posible en el marco de la convivencia pacífica las demandas de las grandes mayorías a partir de ese ideal de justicia. Creemos que ese Estado es imposible concebirlo desvinculado del equilibrio que otorga la división republicana de poderes.

16) Resulta imperioso para hacer posible un gran país restaurar la confianza del pueblo en los jueces y magistrados de la nación; así como en la Constitución Nacional como pacto de convivencia del que deriva la paz y el progreso social.

17) Creemos que en la actual crisis del país, con la amenaza cierta de desintegración y fragmentación política, cultural y territorial, la principal tarea es preservar las pocas organizaciones de carácter nacional y popular que subsisten.

18) Es por todo ello que quienes nos damos cita hoy aquí elegimos, por definición ideológica, a las formas democráticas para la concreción de nuestros objetivos, y a la Unión Cívica Radical como instrumento válido aún de nuestra acción política.

19) Estamos convencidos que en los valores y principios históricos del Partido Radical, encontramos suficientes razones para abocarnos a la tarea de su reconstrucción, que nos permita rescatar la concepción de partido de masas de sus orígenes y ofrezca un programa de paz, bienestar y justicia para las grandes mayorías. Elegimos por tanto, el camino de la recuperación del radicalismo.
20) Si lo recuperamos de manos de quienes se sirven de su historia y sus principios para beneficio personal, el radicalismo puede todavía hacer un aporte singular a la resolución de la crisis del país.

21) Observamos con disgusto el desencuentro e incomprensión mutua de quienes dicen representar a los sectores populares. El radicalismo, que alguna vez supo representar la causa contra el régimen, agoniza y sus dirigentes más encumbrados aparecen ante la opinión pública disputándose sus despojos, poniendo al partido al borde de la ruptura, sin que ello sea al menos por razones ideológicas.

22) El peronismo, depositario aún de una importante cuota de respaldo popular, desiste de ponerse al frente de un proyecto de recuperación nacional y se sumerge en interminables internas sin poder resolver la crisis de liderazgo e identidad que le provocó el haber abrazado la doctrina neoliberal en los noventa.

23) Los dirigentes que encarnan la “renovación”, empezando por el propio presidente de la República, están demasiado comprometidos con aquel proceso de destrucción nacional, como para ser depositarios de una renovado confianza popular.

24) Otras expresiones legítimas de los sectores progresistas, como el sindicalismo democrático (CTA), el socialismo unificado o el ARI de Elisa Carrió, son con frecuencia ganados por la especulación, el egoísmo, la exclusión o el individualismo, que le impiden hasta acá construir una fuerza política transformadora capaz de reunir en su seno identidades valiosas y necesarias para su consecución.

25) Frente a ellos reafirmamos nuestra vocación de trabajar por la unidad de los sectores populares desde la recuperación de nuestra propia identidad, vinculada a los sectores progresistas del Partido Radical, sin por ello negar la existencia de otras expresiones con las cuales aspiramos, más tarde o más temprano, confluir.

26) Es en la construcción de un moderno programa político orientado a incluir a los sectores expulsados del sistema por el neoliberalismo, que entendemos reside buena parte de la posibilidad de convocar a cientos de militantes radicales diseminados por toda la república presa del desencanto y la frustración, traicionados por sus dirigentes y descalificados por la sociedad.

27) Si el programa además es capaz de ser comprendido y enriquecido por la sociedad y produce un paulatino acercamiento de la gente al partido, habremos emprendido el camino de su recuperación. Ya lo intentaron los jóvenes de la Declaración de Avellaneda en 1945; ya lo intentaron los jóvenes de la Coordinadora en las décadas del sesenta y setenta.

28) Ese es entonces nuestro desafío principal en el mediano plazo: Ofrecer y aplicar un programa político progresista al partido, encolumnando detrás de él a vastos sectores de la vida partidaria misma y de otros sectores de la sociedad.

29) Pero al mismo tiempo ir desarrollando poder político real que nos permita en un futuro no tan lejano ser los principales ejecutores de ese programa. Para ello debemos proponernos en el corto y el mediano plazo la conquista del poder formal del partido, desalojando a numerosos sectores políticos que impiden o retardan estos objetivos, de su control mayoritario.
30) Cabe aquí distinguir entre aquellos sectores que viven de sus restos de prestigio y fundamentalmente de su historia, y aquellos otros que se ubican ideológicamente en el “centro” político.

31) A los primeros hay que desalojarlos del seno del partido (asumiendo que no se trata de sectores débiles en la vida interna de éste). En cuanto a los segundos, debemos ser certeros en el diagnóstico: el radicalismo dista mucho de ser un partido ideológicamente definido, por lo cual, para romper su tradición de partido de centro, debemos generar una mayoría que respalde nuestro proyecto, y eventualmente convivir con los sectores “moderados”.

32) Entendemos equivocada la estrategia de cierto progresismo partidario de intentar construir la alternativa a partir de la exclusión sistemática de grupos y dirigentes que se ubican en el centro político. Todo lo contrario, el objetivo debe ser liderarlos, nutriéndose al mismo tiempo de la fuerte identidad que suelen tener principalmente en el interior del país.

33) En todo caso, lo que no nos puede suceder a quienes conformamos La Cantera es que el “centro” partidario nos colonice lentamente a medida que vamos acercándonos al poder. Para ello debemos establecer para nosotros mismos pautas de conducta irreprochables que concilie las prácticas políticas con los valores que pregonamos.

34) Creemos que la tarea más inmediata es constituirnos en todo el territorio del país, convocando a todos aquellos jóvenes militantes del radicalismo que estén dispuestos a sumarse a una construcción colectiva, alejada de los personalismos y de las formas de construir tradicionales en el partido. Debemos tensionar al interior del radicalismo para atraer a la mayor parte de la militancia radical (la que está y la que se fue), así cómo a nuevos militantes en forma simultánea.

35) También a quienes no militando en la Unión Cívica Radical coincidan en la necesidad de construir una gran fuerza política progresista que permita refundar la nación.

36) No se trata de convocar a nadie a un salto al vacío. Nuestro movimiento se nutre esencialmente de las construcciones locales, y auspicia solidariamente la acumulación de poder político local de sus integrantes. En ello va a radicar la capacidad de ser exitosos en el objetivo primario de ser actores centrales en la vida partidaria.

37) Se trata de no servirse de la construcción colectiva para la realización de proyectos individuales. Es vital el imperio de la solidaridad recíproca entre las construcciones locales y la comunidad nacional. Quien no esté preparado para asumirlo no debe embarcarse en este proyecto, sin desmedro de que en el futuro se incorpore.

38) Creemos que nuestra consolidación va a depender centralmente de cinco factores: la fuerza de las convicciones de nuestros cuadros y dirigentes; la solidez de la organización; el nivel de los recursos materiales de que dispongamos; el nivel de los apoyos (y la legitimidad que vayamos cosechando en la militancia y la sociedad) y la estrategia de alianzas que nos planteemos.

39) El primer factor se vincula a la capacidad de construcción de una identidad colectiva a lo largo y a lo ancho del país, racional, en el sentido que cada uno de los militantes sepa que se suma a un proyecto político concreto, basado en un ideario y un programa particular.

40) El segundo se trata de nuestra convicción de constituirnos nacionalmente, con criterio territorial y desarrollo de militancia local, con una organización nacional que facilite esa construcción y no la retraiga.

41) Creemos que esa construcción se edifica fundamentalmente sobre los valores de solidaridad militante y lealtad con la organización.

42) El financiamiento de la organización es central en el éxito de los objetivos; sin embargo deberemos procurar financiamiento genuino y transparente, para lo cual entendemos necesario el rol de una Fundación, como así también el desarrollo de emprendimientos productivos.

43) El cuarto factor tiene que ver con la estructuración de acciones que inviten a la militancia y a la sociedad a sumarse en la consecución de los ideales generales y específicos, movilizando capacidades ciudadanas.

44) Finalmente, debemos construir poder funcional y para ello poseer instancias que lo vinculen y le permitan la interlocución con organizaciones empresarias, sindicales, educativas, comunicacionales, entre otras.

45)El debate con las organizaciones de la sociedad civil, la programación de actividades conjuntas, las acciones de proveer formación e información a los ciudadanos, la movilización para presentar exigencias, son tareas cotidianas que debemos encarar para construir la base de apoyo o el poder político necesario para realizar las transformaciones contenidas en este ideario.

46) Desde la fundación debemos desarrollar las políticas tendientes a contar con cuadros técnicos trabajando en la elaboración del programa, y estrategias de formación política intensivas para los integrantes de nuestra organización.

47) Finalmente es desde ella que nos proponemos “tejer” relaciones con otros movimientos y organizaciones sociales representativas de sectores populares. Pero fundamentalmente desde allí generar las propias políticas de inserción social y construcción territorial con programas propios al estilo del Plan de Alfabetización.

48) Nos planteamos convocar a un amplio espectro de intelectuales y pensadores nacionales que compartan la necesidad de recuperar la capacidad de lucha del pueblo argentino a partir del encuentro de los diversos sectores que pretendemos representar.

49) Es decir, ser facilitadores de la generación de pensamiento crítico que permita ir encontrando las soluciones a los problemas del país, generando nuestros propios cuadros técnicos e intercambiando opiniones con otras organizaciones que se aboquen al mismo objetivo.

50) Nacemos también como una organización de cuadros, para lo cual nos planteamos desarrollar estrategias tendientes a captar, incorporar, contener y formar a las actuales y futuras generaciones de la militancia juvenil del radicalismo, vinculadas a la Juventud Radical y la Franja Morada.

51) A partir de ello establecer lazos con las diferentes estrategias de construcción del poder académico que el radicalismo ha edificado en el seno de las universidades públicas. Depositamos en la Universidad un rol estratégico principal en la consecución de nuestro proyecto y de ella pretendemos extraer y movilizar recursos humanos y técnicos fundamentales.

52) Declaramos que nuestra construcción no se agota en el objetivo partidario mismo sino en el proyecto de transformación radical de las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales inauguradas por la dictadura militar en 1976 y continuadas por acción, omisión o derrota, por los sucesivos gobiernos democráticos desde 1983.

53) Políticas, porque el poder económico concentrado, nacional y transnacional, superada la etapa de control del desarrollo de nuestro capitalismo por vía de los golpes de estado, optó por el mecanismo de la cooptación de las clases dirigentes en general, y la de los grandes partidos nacionales, en particular.

54) Se trató de inaugurar una nueva forma de dominación con el objetivo de impedir que los sectores populares se organicen. Si en el pasado se asesinaba y torturaba o se asaltaba el poder del Estado mediante las armas, hoy el poder financiero nacional y transnacional coopta a la dirigencia y la transforma en gerenciadora de sus intereses.

55) De esta manera matan de manera silenciosa, a la luz del día y legitimados por las instituciones democráticas, condenando al hambre a miles de compatriotas que observan desesperados que la herramienta del voto no les permite modificar la realidad. Así fue como se gestó la crisis de representación más grande de la historia nacional, generando un vacío de poder y legitimidad que amenaza a la democracia.

56) Pero además porque ello fue completado por una sistemática destrucción del Estado, desapareciendo con él sus niveles de autonomía para la utilización de herramientas de política económica, haciendo que aquellos dirigentes honestos que no estuvieran dispuestos a acordar con los sectores dominantes, fracasaran en el Gobierno, aumentando la desazón de la población que llegó a cambiar honestidad por “eficiencia”.

57) Económicas, en tanto existe un claro hilo de continuidad, interrumpido sin suerte durante el gobierno de Raúl Alfonsín (particularmente en la primer etapa del mismo), entre las políticas económicas de la dictadura y las pergeñadas durante la década menemista y los dos años del trágico gobierno de Fernando de la Rúa y el gobierno actual de Eduardo Duhalde.

58) Sociales, en tanto la nueva estructura económica basada en el predominio del capital financiero por sobre el productivo, la concentración de la riqueza en pocas manos y la destrucción de las instituciones emparentadas con el estado de bienestar, forjó un paisaje inédito para los argentinos que hasta la década del setenta habían gozado de altos niveles de inclusión social, y que ahora se vieron obligados a convivir con la desocupación masiva y la indigencia de millones de compatriotas.

59) Culturales, porque el neoliberalismo atravesó a la sociedad argentina llegando incluso a gozar de altísimos niveles de adhesión y que hoy, más allá de un momentáneo desprestigio, vive agazapado en las propuestas de los diversos representantes de la derecha, la cual muta de caras pero mantiene una fenomenal cohesión programática.
60) La remoción de estas condiciones estructurales y su suplantación por otras basadas en la recuperación de la capacidad de decisión nacional, la reconstrucción del Estado y la consolidación de una democracia con igualdad, son nuestros objetivos centrales, los cuales superan obviamente los límites mismos del radicalismo.

61) Ello implica, por un lado, que aquellos que hoy constituimos este movimiento contemplamos la posibilidad de fracasar en la tarea de recuperar al radicalismo, lo cual no agota en absoluto nuestros objetivos, que lo trascienden y tienen en los intereses de la Nación su finalidad última.

62) Por otra parte, implica una constante política de acercamiento e intercambio con otros sectores del campo popular, que no es otra cosa que la ratificación de nuestra vocación de generar coaliciones progresistas, y que de ninguna manera se produce en desmedro de nuestra identidad política primaria, vinculada a la Unión Cívica Radical.

63) Ese acercamiento debe trascender incluso las propias fronteras del país, en el convencimiento del destino común de los pueblos de Latinoamérica en la lucha por su definitiva liberación. Es decir, la definición del conjunto de actores sociales, nacionales e internacionales con los cuales coligarnos y trabajar juntos en un objetivo común.

64) Pondremos especial énfasis en alianzas con sectores democráticos y progresistas de Latinoamérica que se planteen la liberación de nuestros países. Nacemos entonces con profundo sentido de unidad latinoamericana, proponiéndonos la consecución del sueño sanmartiniano y bolivariano.

65) Ello implica nuestra vocación de insertarnos en el mundo globalizado a través de la concertación de intereses con los países de la región, apostando de manera definitiva y sin contradicciones al Mercosur y rechazando el proyecto colonial Alca.

66) Reiteramos nuestro propósito de acumular desde la acción política y desde la formulación de un programa de gobierno. Este último se basa en algunas convicciones básicas e innegociables, como el respeto inclaudicable a nuestra Constitución Nacional, el respeto a las instituciones de la República.

67) Así mismo, la distribución equitativa de la riqueza, la instauración definitiva de la educación pública y gratuita en todos sus niveles, con calidad y adecuado presupuesto.

68) También, la defensa y promoción de la banca nacional y el crédito público, la defensa de nuestros productores y la industrialización vía la sustitución de las importaciones, la implementación de una reforma productiva que grave al gran capital y a los sectores improductivos de la economía, el seguro de desempleo y la erradicación de la desocupación.

69) En lo referido a nuestro sistema de educación básica, es imprescindible revertir la actual situación. Este se encuentra hoy transferido irresponsablemente a los gobiernos de provincia sin el financiamiento adecuado, potenciando además sistemas educativos disímiles en un sistema federal que no funciona y que es desde siempre inequitativo desde el punto de vista de la distribución de los recursos.

70) Transformación de la escuela pública, en tanto dure la actual emergencia económica y social, en la principal herramienta del Estado (no la única, pero sí la más idónea y transparente), para la atención de nuestros niños y jóvenes, hoy perseguidos por el fantasma del hambre, la desnutrición, las adicciones, el círculo nefasto de la violencia y la muerte temprana.

71) Definitiva reparación a nuestros ancianos mediante la nacionalización del sistema de previsión social que además de ser un fenomenal saqueo nacional por parte de las AFJP hoy deja a la intemperie a varias generaciones de argentinos.

72) Revalorización del hospital público como la columna vertebral de nuestro sistema de salud. Obligación del Estado de producir medicamentos básicos para la salud de la población, con la colaboración de las Universidades Nacionales.

73) Servicio Social Obligatorio de jóvenes que durante un período determinado deban cumplir con un servicio social en el marco de la crisis profunda que vive el país.

74) Reforma profunda de nuestro sistema de justicia, juicio político a la Corte Suprema y eliminación de la facultad del Presidente de proponer al Senado las vacantes en la misma. Instauración del concurso público y la participación popular para la designación de los jueces.

75) Vocación universalista y humanista que, combinada con la doctrina de libre determinación de los pueblos, signará nuestra propuesta de inclusión en el mundo a través de una política exterior autónoma y soberana.

76) Repudio al rol de policía global planetaria que pretende arrogarse la primera potencia mundial, arrastrando al mundo, en pleno siglo XXI, a una guerra planetaria que nos pone a las puertas de un desastre mundial sin precedentes.

77) Rechazamos la idea de “guerra preventiva” en la lucha contra el terrorismo, a la instauración de bases militares en países libres, a la intervención norteamericana en Colombia y Venezuela (aunque de formas distintas), así como en cualquier lugar del planeta.

78) Condenamos a las instituciones financieras creadas o desvirtuadas a los efectos de subyugar a las naciones en desarrollo, responsables directas del desastre político, económico y social que hoy rige la vida de nuestros países.

79) Observamos la necesidad de restaurar el equilibrio en las Naciones Unidas, hoy apéndice vergonzoso del poder imperial, para lo cual llamamos a los pueblos libres del mundo (particularmente a las naciones europeas vinculadas a la socialdemocracia) a abandonar la humillante subordinación actual a los dictados de Estados Unidos.

80) Nos comprometemos a luchar contra la destrucción del planeta, que pone en riesgo el futuro de la humanidad mediante el agotamiento y contaminación de sus recursos naturales.

81) Quienes nos convocamos es este espacio no dudamos que la Unión Cívica Radical ha constituido en la historia política argentina un valuarte en la defensa de la libertad individual de los ciudadanos y colectiva de la sociedad.

82) Nos identificamos con el partido que ha sabido representar a los que no aceptaron ni aceptan las conductas irresponsables, facilistas, autoritarias, transgresoras o depredadoras, que han sido características de otras fuerzas políticas, sociales o económicas.

83) Partimos sin embargo de la más profunda autocrítica del rol que el partido ha tenido a lo largo de la historia, que nos permite rescatar sus logros y reconocer sus fracasos.

84) El último de ellos ha sido la defraudación masiva que el partido produjo en la sociedad argentina a partir de su última experiencia de gobierno (la Alianza), trágica en sus resultados y devastadora en la frustración de la esperanza colectiva que significó.

85) Reiteramos como a lo largo de todo este manifiesto, nuestra convicción de la responsabilidad que en ese sentido nos cabe a los sectores progresistas del partido, que fuimos incapaces de imponer un programa a favor de los sectores populares, ya sea durante la construcción de la coalición, como en los debates partidarios que le dieron origen, y en la gestión de gobierno mismo.

86) Denunciamos que en el pasado más cercano fuimos tentados y atravesados por la lógica de la acumulación mediática y de las encuestas.

87) Fue en ese marco que aceptamos sin más, el discurso de la salida única que nos llevó inexorablemente a ejercer el continuismo y perpetuar así el modelo neoliberal.

88) Asumimos en el gobierno la peor de las opciones: representar a los sectores dominantes, internos y externos, poniendo en marcha así la profunda y vasta crisis de credibilidad y representación que hoy sufrimos aquellos que abrazamos la política.

89) Fue entonces que desistimos como partido y como gobierno de recurrir a la militancia, al no movilizarla en defensa del programa que el pueblo había votado. En cambio se optó por recetas y hombres foráneos al partido, continuadores del modelo neoliberal, sumiendo a los radicales en el desconcierto más absoluto.

90) Es por ello que hoy la sociedad, no sin razón, nos ubica en el mismo lugar de la consideración pública que a aquellos que ejecutaron de manera consciente y deliberada la traición a nuestros más caros principios.

91) Por tal motivo los sectores progresistas corremos el riesgo de equivocarnos si emprendemos la tarea de reconstrucción de nuestro partido priorizando la revancha a la honesta convocatoria a todos quienes de buena voluntad, de una u otra manera, pudieron equivocarse en el pasado.

92) Pero no más; los jóvenes militantes que nos convocamos hoy no estamos dispuestos a repetir los errores del pasado. Es por ello que declinamos encolumnarnos detrás de toda referencia partidaria y elegimos en cambio la construcción de un movimiento nacional que tenga la fuerza de movilizar a la militancia. No lo hacemos en contra de nadie aunque sí reclamamos nuestro derecho a hacernos cargo de la recuperación del partido y del país.

93) No rechazamos la necesidad de un liderazgo, por el contrario observamos que ningún país de la tierra se libró de sus yugos, sin una referencia ideológica y ética que sintetizara la voluntad de sus mayorías.

94) Sin embargo entendemos que ese liderazgo aún no asoma, ni dentro de nuestro devastado partido, ni fuera de él. No vamos a quedarnos de brazos cruzados, vamos a prepararnos de la manera que venimos expresando a lo largo de este documento: elaborando un programa de gobierno y actuando directamente sobre la realidad, desarrollando actividades que nos acerquen a nuestro pueblo y sus diversas organizaciones, hoy mayoritariamente distanciadas entre sí.

95) En tanto, observaremos con atención y profunda humildad el desarrollo de experiencias de resistencia y organización popular que se vayan generando, así como el surgimiento de nuevos liderazgos que merezcan nuestra confianza.

96) No emprendemos una carrera desenfrenada hacia el poder. No seremos gestores de una nueva frustración de los argentinos. Aspiramos a prepararnos concienzudamente, y a elegir los caminos más idóneos para, una vez alcanzado aquel, gobernar con lealtad a nuestros principios.

97) Quizás sea por ello que no nos apresuramos a renunciar a nuestros orígenes: vamos a dar pelea por construir el radicalismo de los marginados, los desposeídos, los trabajadores, las clases medias, es decir las grandes mayorías postergadas y golpeadas por el triunfo neoliberal.

98) Pero también el radicalismo de los hombres y mujeres capaces de gobernar con eficacia y responsabilidad, sin travestismos políticos y sin falsos antagonismos. Asumimos entonces la tarea de prepararnos sin descanso en los próximos años para la consecución de nuestros objetivos.

99) Somos plenamente conscientes que no es con voluntarismo político que seremos exitosos en la tarea de reconstruir nuestra nación en un marco de libertad e igualdad. En definitiva, vamos hacia la construcción de un movimiento, superador de las viejas y nuevas estructuras, de las individualidades egoístas y de las prácticas que destruyen la política.

100) Nuestro principal objetivo es acceder al poder para refundar la Nación. Una profunda renovación de la Unión Cívica Radical, de hombres, prácticas y objetivos, es nuestro primer gran desafío en ese camino.